Aunque parezca una contradicción, es como si te encantase un palacete del centro de Madrid que te lo dejan regalado. Pero para poder acceder a él tienes que reformarlo por un importe multi millonario. Pues estamos casi en las mismas. Lo seguirás viendo bonito, pero ni te vas a acercar a comprar la ganga que en realidad no es tal.

Como ya explicamos en otro artículo, la intervención en Venezuela no parece que haya sido por un móvil petrolero. No lo sé, no estoy en la cabeza de Trump. Pero desde luego, atendiendo a los datos, parece muy complicado. Insisto en que ya hicimos cálculos, pero te voy a dar otros nuevo para confirmar lo que ya veníamos diciendo.

Fuente: Carlos Arenas Laorga

Si lo vemos con cifras quizá sea más explícito. Se estima que poner en marcha de nuevo la industria petrolera venezolana requeriría una inversión de unos 100.000 millones de dólares, casi el equivalente a su PIB. Ni siquiera empresas con bolsillos gordos como ExxonMobil o Shell quieren entrar. Y es lógico. Es mucho dinero. Si la recompensa fuese más dinero todavía, veríamos qué esfuerzo hacer, pero es que ni siquiera está tan clara la ganancia. Ya empieza mal con una inversión tan desmesurada, pero vamos a los datos.

Al precio actual del barril (uno 60$), y con costes de extracción cercanos a los 30$, el margen por barril es de solo 20 dólares. Si hacemos una simple operación de payback, nos vamos, a 13,7 años solo para recuperar la inversión. Repito, solo para recuperar. Ni siquiera estoy hablando de ganar cantidades estratosféricas. Solo es para recuperar una inversión. Piensa tú si lo harías… Un private equity muy interesante en el que tienes tu capital casi 14 años y te da una rentabilidad de 0%. ¿Te animas? Yo tampoco.

1.000.000 barriles/día×20 $/barril = 20.000.000 $/día

100.000.000.000/20.000.000 = 5.000 días y 5.000/365 = 13,7 años

Y, claro, no hablemos de los posibles riesgos -más que posibles, diría yo- en este periodo de tiempo de casi 15 años. Ya sabemos cómo se las gasta Venezuela, por mucho que pueda tener detrás ahora a Estados Unidos. Si no, que se lo pregunten a Repsol (YPF), o a ExxonMobil, que ya ha sido expropiada allí dos veces en 50 años. Y cuidado, que hablo de Venezuela, pero Trump se las gasta también sin anestesia. Suelta una declaración en el avión o en alguna red social y te destroza una industria.

Podríamos incluso lanzarnos a un plan de 30 años, lo cual es arriesgado, claro. Pero si tenemos en cuenta además el riesgo país, o la incertidumbre reinante y futura, el peligro es muy grande.

Algunos podrían argumentar que si Chevron sigue operando allí, no todo está perdido. Y es cierto. Chevron mantiene operaciones junto a PDVSA, pero lo hace porque ya está dentro. En economía, hay algo que se llama sunk cost fallacy —la falacia del coste hundido. A veces sigues porque no puedes salir.

Por su lado, las pequeñas petroleras podrían asumir ciertos riesgos a cambio de una potencial recompensa elevada. Pero ni con todas juntas llegarían al volumen de capital necesario. Las grandes ligas son las únicas con capacidad para liderar un relanzamiento del sector, y hoy por hoy están mirando lejos de Venezuela.

El petróleo venezolano es un tesoro dentro de un volcán. Y tener unas reservas tan espectaculares no sirve de nada si la industria está rota y si la seguridad jurídica e institucional cuelgan de un hilo. Sin confianza no habrá capital. Y sin capital no habrá ni inversiones ni producción. Al menos, por el momento, tal y como han dicho las petroleras americanas.