Elon Musk es la primera figura supraestatal

No puedo parar de pensar en Elon Musk, lo reconozco. Lo hago poniendo cierta distancia, como me ocurre cada vez más con todo, quizá por los años cumplidos, inhibiéndome de la opinión inmediata. Pero, por primera vez en la historia contemporánea, existe una figura que opera de manera efectiva por encima del Estado-nación clásico. No es una exageración ni una boutade periodística. Es una constatación empírica: las estructuras estatales empiezan a quedársele pequeñas.

La reacción habitual del común de los mortales cuando escucha algo así es automática: “¡Que caiga sobre él el peso de la ley! ¡Que se le meta en el redil!”. El problema es que los Estados necesitan a Elon Musk. No como persona, sino como proveedor de capacidades estratégicas que ya no controlan plenamente.

Musk no es solo un empresario de éxito con rasgos excéntricos. Controla infraestructuras críticas que hasta hace poco eran patrimonio exclusivo de los Estados: acceso al espacio, redes globales de comunicación, plataformas de expresión pública con impacto político directo. Cohetes, satélites, redes sociales, inteligencia artificial, automoción, neurotecnología. No son sectores cualquiera: son vectores de soberanía futura, los resortes del poder del mañana. Y los controla porque los ha concebido, diseñado y construido.

Impacta lo que hace, pero mucho más lo que puede hacer. Ya estamos en un momento en el que si un Estado le amenaza con multas, Musk tiene margen para moverse entre jurisdicciones, alargar litigios durante años o deslocalizar operaciones en semanas. Si se plantea un bloqueo territorial de sus redes sociales, aparece Starlink, que rompe el concepto clásico de frontera digital. Si es necesario, proporciona cobertura en escenarios de guerra o conflicto. El Estado juega con regulaciones; Musk juega con arquitectura global.

Es el gran diseñador de arquitecturas, frase que a casi nadie le impacta. No inventa PayPal, Tesla o los cohetes, pero es quien ve el potencial, sabe cómo hacer realidades esos proyectos en tiempo récord y con costes mínimos.

Por eso es ingenuo analizar su figura como la de un simple “magnate excéntrico”. Musk no necesita el mercado de un país concreto, no depende de financiación pública europea y no está sometido a la presión de los mercados bursátiles tradicionales. Su margen de maniobra no se parece al de ninguna gran empresa del siglo XX.

Y en estas, ya no busca al mercado: el mercado le busca a él. En breve colocará Space X y nadie acierta a pensar cuánto puede llegar a valer. Pero es que está pensando en Marte.

¿Cuál sería entonces la respuesta extrema? ¿Prohibir sus productos, expulsarlo, expropiarlo? Son escenarios teóricos que, llevados a la práctica, tendrían consecuencias sistémicas. Caerían X, Starlink, Neuralink, SpaceX… Es difícil imaginar a los propios Estados asumiendo ese coste.

Este nuevo equilibrio de poder se refleja también en la política. Donald Trump no estaría donde está hoy sin el ecosistema tecnológico, comunicativo y simbólico que Musk ha construido. No como asesor formal, sino como interlocutor estratégico informal, como actor con capacidad real. No es casual que, tras episodios geopolíticos relevantes, Musk aparezca siempre en la ecuación. Sin ir más lejos, tras la captura de Nicolás Maduro, la primera reunión del presidente americano fue con Elon. 

¿Podemos decir que a Trump lo ha puesto Musk? Posiblemente.

Esto ayuda a entender algo que desconcierta a muchos analistas: Musk no evita el conflicto; a veces parece buscarlo y con precisión quirúrgica. Su actual foco en Pedro Sánchez no es una cuestión personal. Sánchez no es el objetivo; es el síntoma.

Algunos expertos advierten de que ese enfrentamiento engrandece al presidente español y le permite desviar la atención sobre otros asuntos. Puede ser cierto si se analiza desde la lógica política tradicional. Pero Musk opera con otra lógica.

Para él, el conflicto no es electoral, es estructural. No compite por votos; compite por marcos de poder. Cuestionar a un gobierno no es un error de comunicación, es una forma de demostrar que el Estado ya no es el actor dominante en determinados ámbitos.

En el pasado, al menos en España, figuras que amenazaron el statu quo —me vienen a la cabeza Mario Conde o Ruiz-Mateos— fueron neutralizadas. Pero aquello era otra cosa. Operaban dentro del sistema. Musk opera fuera.

(Por cierto, que el presidente despache con rechifla que “menos Marte y más inmigrantes” recuerda mucho a los debates de finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando buena parte de la opinión pública y de la prensa veía el automóvil y la incipiente aviación como una excentricidad peligrosa y defendía, muy seriamente, que el progreso pasaba por criar mejores caballos. Mientras Karl Benz, Gottlieb Daimler o Wilhelm Maybach desarrollaban los primeros motores de combustión, y emprendedores como ArmandPeugeot, LouisRenault o Andre Citroen daban sus primeros pasos, no faltaban artículos y discursos que advertían de que aquellos artilugios ruidosos jamás sustituirían al caballo. Incluso en el mundo anglosajón, mientras Charles Rolls y Henry Royce se aplicaban, se consideraba el motor una moda pasajera frente a la tracción animal y la agricultura tradicional.)

La furia mostrada con los regímenes autoritarios no es casual. Conviene subrayarlo: no estamos ante un villano de manual. Musk es indiscutiblemente inteligente y no muestra una pulsión autoritaria concreta. Su discurso suele ir en dirección contraria: menos censura, más libertad de expresión, menos intermediación política. Más certificación de la verdad. El problema no es su intención, sino su capacidad. Donde antes el Estado tenía el monopolio, hoy aparece él, con los gobiernos a rebufo.

Elon está dejando entrever que la arquitectura clásica del poder estatal es obsoleta. No porque la ataque, sino porque la supera. El Estado europeo, especialmente, llega mal preparado: fragmentado, burocratizado, dependiente tecnológicamente y convencido de que regular equivale a mandar. El resultado es previsible: ansiedad regulatoria y gestos grandilocuentes con poca ejecución real.

La pregunta ya no es si Musk es peligroso o beneficioso. La pregunta es mucho más incómoda: ¿están los Estados preparados para convivir con actores que no pueden controlar?

Probablemente su figura se analizará mejor dentro de cien o doscientos años. O cuando no esté, porque no imaginamos qué tiene en mente en cuanto a expectativa de vida. Tampoco sabemos si surgirán más como él ni cómo convivirán entre sí.

Yo, de momento, lo miro con simpatía prudente, la de los que estamos hartos del peso de lo público y consideramos que esta primera parte del Siglo XXI ha sido de regresión.

Pero me acuerdo de Sting, cuando cantaba en plena Guerra Fría aquello de “I hope the Russians love their children too”. Ojalá quienes hoy concentran tanto poder quieran bien a la gente. Es una pregunta que me hago mucho también, últimamente, al ver a tal o cuál político: “¿este personaje quiere de verdad a su gente o sólo quiere el poder?”. Casi siempre, la respuesta es lo segundo.

Ojalá Musk nos quiera bien a todos.