En Europa, el riesgo sistémico fue mitigado por la decisiva intervención del Señor Draghi, quien se comprometió a comprar de forma ilimitada deuda pública de los países que soliciten ayuda al Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF). Este salvavidas lanzado por el BCE dio lugar a un descenso inmediato de la prima de riesgo que exigen los mercados para invertir en bonos públicos de países como Italia o España.

Aunque las condiciones asociadas a esta medida conllevan un riesgo político en cuanto al momento en que los países más débiles deben pedir ayuda al FEEF, la garantía de que el mencionado salvavidas estará disponible constituye un hecho de gran importancia. Esta situación nos permite anticipar una reasignación de activos por parte de los inversores que, en lo que respecta al mercado de renta fija, justifica la liquidación el pasado agosto de posiciones con menor riesgo a favor de una selección rigurosa en deuda pública y bonos corporativos en algunos países periféricos. Asimismo, reafirma la conveniencia de la reexposición mundial a la renta variable y, en particular, a las acciones europeas que realizamos a principios del mes de agosto.

No obstante, esta posición más favorable a los activos a largo plazo no debe ser entendida como la consecuencia de un entusiasmo desmedido respecto a la salud del sector privado. En este caso, se trata de sacar provecho de una legítima revalorización como resultado del descenso de la prima de riesgo de estos activos, mientras que al mismo tiempo el crecimiento de los beneficios será limitado, dado el entorno recesivo imperante en Europa. Las reformas estructurales y los planes de austeridad puestos en marcha en todos los países europeos reforzarán las presiones deflacionistas que sufrirá la economía real de la zona del euro.

En este contexto, ¿existe el riesgo de deriva inflacionista como consecuencia de la actuación del BCE? A corto plazo, pensamos que no. Por una parte, las operaciones que el BCE realice en última instancia serán neutralizadas y, por lo tanto, no deberían conducir a un aumento descontrolado de la masa monetaria, la cual registra un crecimiento anualizado de tan sólo un 4 % (M3). El volumen de préstamos de los bancos, aparte de su compra de deuda pública, está cayendo, lo que merma la velocidad de circulación del dinero. En un contexto en el que el nivel de desempleo es elevado y la presión fiscal es acusada, nos cuesta imaginar un impacto positivo en la demanda capaz de crear las condiciones para una verdadera deriva inflacionista.