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El Ministerio de Economía llevaba tiempo trabajando en una cuenta que movilizara el ahorro hacia la inversión, en línea con el movimiento europeo de Savings and Investments Union y con el diagnóstico de Draghi y Letta por bandera. La CNMV también venía reclamando instrumentos de este tipo.
El ministro y vicepresidente estaba por la labor, con todo el ejercicio de diagnosis institucional al más alto nivel servido (también BME, la OCDE) y el esfuerzo coaligado de los ministros europeos de Economía, pero ningún apoyo mediático, ni sociológico. Europa tiene unas necesidades de inversión adicionales de entre 750.000 y 800.000 millones de euros anuales para afrontar los retos de la IA, los centros de datos, la energía, la defensa y otras muchas cuestiones estructurales, para no quedarse definitivamente a años luz de EE. UU., donde también se manejan planes de inversión de magnitudes billonarias.
Lo malo es que eso "no vende", políticamente hablando. El presidente del Gobierno no tenía la menor gana de ponerse con eso, pese a que sea una cuestión estructural, porque estamos en un mundo en el que hay que prometer bienes universales y gratuitos, no mejoras estructurales.
Por otro lado, está la eterna reticencia de Hacienda, a la que se le erizan los pelos ante todo lo que no sea incrementar la recaudación. ¿Deducciones o diferimientos? ¡Jamás! ¿Y si son buenos para la economía? ¡Jamás!
Exagero… pero poco.
Así las cosas, ha habido poco menos que "colar" el proyecto en un vehículo legislativo que difícilmente podía resultar más extravagante para una medida pro market: el decreto MariCarmen. Entre prórrogas de contratos de alquiler, prohibiciones de desahucios y límites varios apareció una cuenta destinada precisamente a incentivar la inversión privada en los mercados de capitales. Draghi infiltrado en el BOE por la puerta de atrás.
La primera intentona duró poco. El decreto cayó por el rechazo de Junts (junto a PP y Vox, por supuesto) y Financia Europa con él. Sin embargo, Economía no soltó la presa y volvió a incluir la cuenta en el nuevo decreto aprobado el pasado 6 de octubre, cuya convalidación corresponde a la Diputación Permanente. Eso permite hacerse una idea bastante aproximada del empeño de Cuerpo en sacar adelante el proyecto. No estamos ante la enésima ocurrencia anunciada en una rueda de prensa para desaparecer seis meses después, sino ante una medida por la que Economía ha luchado.
Queda por ver ahora si los bancos estarán por la labor. Son pieza clave, desde luego. El dinero que se pretende movilizar está en buena medida en sus depósitos y cuentas, incluyendo saldos a la vista que llevan años sin encontrar otro destino. Ésa es simultáneamente la gran oportunidad y la gran contradicción de Financia Europa: para conseguir que el dinero salga del depósito hay que contar con las mismas entidades que captan esos depósitos.
No significa que la banca tenga interés en boicotear el invento. Al contrario. El cliente puede sacar 50.000 euros de un depósito y meterlos en una Cuenta Financia Europa sin abandonar el perímetro comercial de su banco. La entidad pierde depósito, sí, pero conserva al cliente, custodia sus valores, ejecuta operaciones y puede cobrar por los servicios de inversión. El dinero cambia de sitio dentro de la relación financiera con el cliente. Ahí estará una de las claves: qué negocio encuentran los bancos en Financia Europa y cuánto interés tendrán sus redes comerciales en colocarla.
Y tampoco es que el diseño les facilite demasiado las cosas. La cuenta exige una cartera con al menos un 50% de renta variable y un 70% de inversión en el Espacio Económico Europeo. Inverco ha advertido de que apenas el 5% del patrimonio actual de los fondos españoles cumple simultáneamente esas condiciones, ya que tenemos un sistema en el que la principal bolsa es la americana y hay un gran peso de fondos de renta fija. Para los grandes bancos, acostumbrados a comercializar sus propios fondos, no es precisamente una invitación a seguir vendiendo el catálogo de siempre: tendrán que adaptarlo. Además, quedan fuera las SICAV, las socimis y los derivados. No parece que el legislador haya pensado precisamente en facilitar la vida a los departamentos comerciales.
Mientras tanto, los neobancos, las plataformas digitales y los roboadvisors están muy contentos. Lógico. Parten de estructuras comerciales mucho más acostumbradas a trabajar con ETF, fondos indexados y clientes que ya toman decisiones de inversión desde una aplicación. Eso sí, una cosa es atraer al inversor que ya compra ETF y otra bastante distinta convencer al cliente que lleva veinte años renovando el depósito en la sucursal de la esquina. Para eso, la banca de siempre continúa teniendo una ventaja formidable.
Hay una segunda cuestión bastante más técnica y posiblemente más importante. Los depósitos no son sólo dinero aburrido de clientes conservadores: son financiación para la banca y forman parte de las métricas de liquidez y financiación que vigilan los supervisores. Si Financia Europa funciona extraordinariamente bien y empieza a trasladar cantidades importantes desde depósitos hacia valores, ¿cómo reaccionarán los bancos? ¿Y los supervisores?
Ahí aparece el conocido loan-to-deposit ratio, la relación entre los créditos concedidos y los depósitos captados. Si un banco mantiene su cartera de préstamos mientras pierde depósitos, el ratio sube y aumenta su necesidad relativa de financiarse por otras vías. No es un requisito regulatorio de capital, ni su subida implica automáticamente una penalización, pero sí es un termómetro de la estructura de financiación de una entidad. Y junto a él están los indicadores regulatorios de liquidez y financiación estable, LCR y NSFR, que pueden verse afectados de manera distinta según la situación de cada banco.
Desde Economía confían en que esto no termine generando presión supervisora que desincentive precisamente el trasvase que se pretende conseguir. En Europa no serán tan quijotes de recomendar que el dinero de los depósitos entre en el mercado y entonces torcer el gesto porque los bancos tengan que sustituir una parte de esa financiación o reforzar sus colchones de liquidez. Aunque, visto lo visto, tampoco conviene descartar nada.
Porque el espíritu del proyecto puede resumirse de manera mucho más sencilla que sus decenas de páginas de BOE: poner el dinero a trabajar y conseguir que trabaje en Europa. No basta con tener ahorro. Hay que conseguir que ese ahorro termine financiando empresas, innovación, energía, inteligencia artificial, centros de datos e infraestructuras europeas en lugar de permanecer inmóvil o financiar el crecimiento de otros mercados. Y para ello no basta con que cambie de manos una acción que ya cotiza: hace falta también más liquidez bursátil, más emisiones, más ampliaciones de capital y más empresas capaces de acudir al mercado para financiarse.
Aparece aquí el fantasma de las líneas ICO lanzadas durante el Covid. El Estado puso avales públicos para que la banca mantuviera abierto el crédito a empresas y autónomos, pero en Economía recuerdan aquella experiencia como un fiasco en su ejecución: las entidades, que asumían parte del riesgo y decidían a quién prestar, tendieron a concentrar la financiación en clientes que ya consideraban solventes, dejando fuera precisamente a parte de quienes más necesitaban aquella liquidez. El Gobierno diseñaba el instrumento, pero los bancos conservaban buena parte de la capacidad efectiva para decidir a quién llegaba.
Con Financia Europa el mecanismo es distinto, pero la dependencia vuelve a ser la misma. Economía puede diseñar el producto, vencer las resistencias de Hacienda, introducirlo dos veces en el BOE y poner sobre la mesa un incentivo fiscal. Lo que no puede hacer es obligar a una red comercial a entusiasmarse con él. Y, además, cada banco tendrá que hacer sus cuentas: unos preferirán conservar depósitos; otros verán más negocio en la custodia, la intermediación y las comisiones. Los nuevos operadores intentarán aprovechar el hueco.
Por eso la Cuenta Financia Europa empieza ahora su verdadero examen. El examen es ver si un español con 50.000 euros muertos de risa en una cuenta recibe el mensaje de que quizá debería poner una parte de eso a trabajar. Y, sobre todo, si el gestor que tiene delante dispone de algún incentivo para proponérselo, aunque el banco pierda un depósito.
En cualquier caso, la cuenta es una agradable noticia. No de volverse loco, pero sí en la dirección correcta. La ha tomado el PSOE, además, por lo que, si llega un Gobierno conservador a finales de noviembre, tendrá la parte mollar realizada. Sólo tendrá que aplicarle mejoras.
Tengo mis dudas: en Génova, nadie recuerda que, en el siglo pasado, el PP aplicó un programa reformista. Por lo que me dicen, el gabinete de Feijóo no tenía sobre la mesa la aprobación de esta cuenta, sino subir más los impuestos. Como hizo Rajoy.

