El mismo problema existe también en Europa, a dos niveles. El primero es paneuropeo. El riesgo es que la crisis sanitaria (retraso en las vacunas) reavive el euroescepticismo, que había disminuido en los últimos años. El otro es nacional, con las elecciones generales que se avecinan en Alemania (septiembre de 2021) y Francia (abril-mayo de 2022). 

El euroescepticismo relacionado con la salud: una nueva variante. La culpa es de la Unión Europea, la culpa es de Bruselas... Este es el tipo de argumentos que se escuchan cuando surge un problema en la región. En algunos casos, estas críticas tienen cierta justificación, pero lo más frecuente es que esta cancioncilla sirva para apoyar un proyecto político (el último ejemplo es el Brexit) o para que los estados se desentiendan. Se trata de una aplicación de la teoría del chivo expiatorio al ámbito político. Esta tendencia a culpar a la UE, que aquí llamaremos euroescepticismo, ha tomado muchas formas en el pasado. 

La crisis del Covid-19 le ha dado recientemente una nueva dimensión. Esta vez, se acusa a la UE de graves deficiencias en el acceso a las vacunas, lo que hace necesario prolongar las medidas de restricción sanitaria con innumerables efectos adversos en los ámbitos económico, social, educativo, psicológico y financiero, entre otros. Para examinar esta crítica, es necesario observar el sentimiento de los ciudadanos (y votantes) europeos hacia la UE antes del comienzo de la pandemia.

Las encuestas del Eurobarómetro que se realizan dos veces al año en cada país miembro arrojan una luz útil. A finales de 2019, la imagen de la UE había mejorado considerablemente en comparación con unos años antes. Según la encuesta más reciente de noviembre de 2020, este sentimiento se había calentado aún más. Esta recuperación corrigió dos fases de fuerte declive: una en los años 2010-2012, correspondiente a las crisis de la deuda soberana en varios países de la eurozona, y la otra en 2015-2016, periodo dominado por la crisis de los refugiados y la cadena de atentados cometidos en nombre del islamismo radical.

En resumen, los europeos tenían una mala opinión de la UE cuando observaron que ya no proporcionaba ni prosperidad ni seguridad. En consecuencia, la confianza en el futuro de la UE se debilitó hasta 2016 (gráfico a la derecha). 

En ese momento, las fuerzas políticas que pedían la salida de la UE o del euro ganaban terreno en casi todas partes. Es cierto que el Brexit salió adelante, pero fue un proceso doloroso. En otros lugares, los movimientos antieuropeos demostraron principalmente su incapacidad para gobernar bien (por ejemplo, en Grecia e Italia) o incluso para ser elegidos (Francia). En consecuencia, el euroescepticismo fue en descenso.

La crisis del coronavirus ha reavivado los antiguos argumentos contra la UE, al tiempo que ha añadido los nuevos sobre las vacunas. A continuación, repasamos cinco dimensiones del euroescepticismo. 

Euroescepticismo político

Es la forma histórica del fenómeno, que ve a la UE -no sin cierta justificación- como un sistema que obliga a los Estados miembros a ceder soberanía en cierta medida. El Brexit y su lema Take Back Control es la ilustración perfecta de esto. La ironía es que el Reino Unido fue el país de la UE que disfrutó del mayor número de exclusiones. 

Euroescepticismo monetario

Desde la desastrosa experiencia de Grecia en 2015 bajo un gobierno de izquierda radical, la posición antieuro, una variante de la posición antiUE, ha perdido su brillo. Abandonar el euro para volver a una moneda nacional es una propuesta de campaña que puede surtir efecto mientras nadie se fije demasiado en las cuestiones logísticas y en el análisis coste-beneficio. Sobre todo, se corre el riesgo de un colapso total del sistema financiero y de los ahorradores en el caso de Grecia, Italia o incluso Francia, o una apreciación insostenible de la moneda en el caso de Alemania. Cuando los políticos presentaron el euro como una calamidad de la que había que deshacerse, no consiguieron convencer a mucha gente, ni mucho menos. Por ello, salir del euro ya no es una prioridad en los programas del partido RN en Francia o de la Liga en Italia. Perderían votantes si lo hicieran.

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El euroescepticismo monetario está muy arraigado en los círculos financieros y académicos anglosajones. Tras más de 20 años de existencia, el euro ha ganado cierta legitimidad. Ha demostrado sobre todo su utilidad en tiempos de tensión. Desde su transformación radical bajo el mando de Mario Draghi, el BCE ha contribuido a flexibilizar las condiciones financieras hasta un punto que sería inalcanzable para un país que saliera de la eurozona. 

Euroescepticismo relacionado con la inmigración

Esta crítica resurge cada vez que la presión migratoria se intensifica en los distintos puntos de entrada de la UE, en la frontera turca o en el Mediterráneo. La crisis sanitaria no deja de tener repercusiones en este ámbito. En todos los países, la libertad de circulación se ha restringido en cierta medida durante el último año para frenar la propagación del virus.

Aunque el cierre de las fronteras interiores es excepcional y se justifica en el marco del estado de emergencia, esto da un argumento a los partidos políticos que desearían que la UE adoptara medidas similares en las fronteras exteriores para controlar la inmigración ilegal. 

Euroescepticismo fiscal

En el pasado, esta crítica a la UE ha adoptado dos formas radicalmente distintas. En los años 2010-2015, varios partidos políticos opinaron que se imponían políticas fiscales demasiado restrictivas a los países en dificultades en virtud de los criterios de Maastricht. En cambio, otros consideraron que los planes de rescate creaban solidaridad entre los países, algo que no estaba previsto en los Tratados. Esta es la línea divisoria entre los llamados países frugales y los laxos. Esta línea divisoria resurgió el año pasado en los debates sobre el plan de recuperación de la UE. Los mismos que se opusieron a la creación del MEDE impugnan este plan. La crisis sanitaria ha impulsado un cambio en la doctrina fiscal de la UE hacia una mayor flexibilidad.

Los criterios de déficit y deuda pública se han suspendido en 2020 y 2021 y probablemente seguirán suspendidos en 2022, ya que los niveles de actividad anteriores a la crisis no se habrán restablecido totalmente. En el futuro, la Comisión tiene previsto revisar sus normas fiscales. No se trata de restablecer la ortodoxia del pasado de forma idéntica. Incluso el BCE, que no es tradicionalmente partidario de un enfoque laxo, considera que los esfuerzos de estímulo fiscal podrían ser más fuertes o más rápidos. La esperanza es que el problema de la deuda pública pueda controlarse mediante un mayor crecimiento del PIB y no, como en 2011, recortando el gasto público.

Euroescepticismo sanitario

Los fallos de vacunación de la UE son patentes en comparación con otros países desarrollados. Tres o cuatro meses después del inicio de la campaña, Estados Unidos ha vacunado a cerca del 30% de su población adulta, el Reino Unido al 45% y la UE al 11% de media. Los líderes de la UE se sienten claramente humillados por el Reino Unido después de tener las cartas en las negociaciones del Brexit durante cinco años. Las cuestiones relacionadas con la salud son de competencia nacional. Poner en común la decisión sobre la vacunación tenía sentido en teoría, ya que la alternativa era la competencia entre los países de la UE.

No es difícil imaginar las disparidades que habrían existido entre los países en función de su tamaño, su peso político o su renta per cápita, una fuente potencial de resentimiento duradero. Aun así, la aplicación de una política coordinada fue decepcionante. Es difícil decir hasta qué punto el retraso se debió a una serie de circunstancias excepcionales y hasta qué punto refleja una deficiencia fundamental de la UE. Los dirigentes europeos se mostraron escépticos (y se equivocaron) sobre la posibilidad de descubrir una vacuna rápidamente, se preocuparon por el coste de la vacuna mientras gastaban libremente para estabilizar sus economías, y fueron extremadamente cautelosos con las autorizaciones de vacunas hasta el punto de alimentar las críticas de los antivacunas.

El programa de vacunación europeo lleva un retraso de varias semanas o meses. En este momento no hay razón para poner en duda la hipótesis de una amplia reapertura de la economía cuando la mayor parte de la población de riesgo ha sido vacunada. Pero lo que se esperaba en el segundo trimestre no se espera ahora hasta el verano. Los contratiempos de la campaña de vacunación europea son temporales y no hay certeza de que vayan a infligir un daño duradero a la imagen de la UE.

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