La sucesión de crisis económicas es lo que mejor resume el año 2015. Como es obvio, desconocemos lo que nos sorprenderá este año. No cabe duda de que nos regiremos por la vigilancia y la flexibilidad. En resumen, esperamos que este año siga, en buena medida, la estela del año anterior en cuanto a ciclos económicos, si bien con una diferencia de peso: prácticamente todos los riesgos serán en diminución.
 

 
En lo que respecta a la zona euro y Estados Unidos, nuestro escenario principal para este año indica que el factor determinante del crecimiento en la zona euro y Estados Unidos sigue siendo básicamente el mismo: el consumo del sector privado tiene visos de seguir creciendo, en consonancia con la coyuntura del mercado laboral. Tanto en Estados Unidos como en la zona euro, la recuperación se ha visto apuntalada fundamentalmente por el consumo. La in­versión, el componente más volátil, ha permanecido anémico, y las exportaciones netas han sido débiles tanto en Europa como en Estados Unidos, a pesar de una diferencia notable en lo que respecta a las divisas. Pero esperamos que el mercado laboral estadounidense mantenga su dinamismo, si bien de forma distinta. En un entorno en el que el desempleo permanece en un relativo equilibrio, resulta más complicado contratar nuevos trabajadores y los salarios deberían comenzar a aumentar de forma gradual.

Las estadísti­cas muestran que se ha iniciado el movimiento hacia una cierta subida salarial. Con este telón de fondo, prevemos que el consumo manten­drá su solidez en 2016, siempre y cuando la pérdida de fuelle en la creación de puestos de trabajo se vea compensada por las subidas salariales y el crédito al consumo. Queda por ver la manera en que discurrirá esta transición. Desde nuestro punto de vista, la creación de puestos de trabajo y el consumo han alcanzado su mayor ritmo posible y es probable que en el próximo año experimenten una lenta desaceleración.

La Reserva Federal seguirá muy de cerca este acontecimiento. Las subidas salariales y un consumo robusto que derive en un nuevo crecimiento moderado formarían el caldo de cultivo idóneo para una postura más restrictiva de la Reserva Federal. Anticipamos que esta transición discurrirá de forma gradual, y que la Reserva Federal también subirá los tipos de forma paulatina, a saber, dos veces en 2016. De hecho, la Fed tendrá que lidiar con fuerzas contradictorias. Por un lado, las subidas salariales (especialmente en el caso de la pres­identa de la Reserva Federal, Janet Yellen, una economista laboral) constituyen la antesala de la subida de la inflación y, por tanto, un motivo para agilizar el endurecimiento de la política monetaria, pero esta aceleración reforzaría un dólar estadounidense ya sobrevalorado, lo que a su vez conllevaría una posible desaceleración económica y, por ende, inflación.

En la zona euro, la situación es distinta, puesto que el ciclo económico está unos años por detrás de Estados Unidos. Por ejemplo, ni el PIB ni el empleo han superado los niveles anteriores a la crisis, mientras que en Estados Unidos, estos dos parámetros superan con creces los máximos anteriores. La recuperación de la demanda en los países de la periferia, la mejora del empleo y una cierta relajación de la política fiscal deberían propiciar el crecimiento de la zona euro este año. Obviamente, la zona euro es un conjunto heterogéneo de economías y abundan las diferencias. Por ejemplo, el desempleo en Francia ha aumentado de manera ininter­rumpida desde la crisis financiera mundial, mientras que, en Alemania, este dato se encuentra en mínimos después de la reunificación. In Italia y, más concretamente, en España, el desempleo es elevado, si bien evoluciona a la baja.

Una vez más, nuestras perspectivas económicas de la zona euro para este año son positivas en líneas generales. Como en Estados Unidos, nuestro escenario se encuentra profun­damente arraigado en una nueva mejora del mercado laboral y el consumo. La inversión podría depararnos una grata sor­presa. A pesar de que, en la práctica, las inversiones brillaron por su ausencia el año pasado, los indicadores de la demanda crediticia ya muestran señales de recuperación en los últimos dos meses. Si las señales son correctas, podríamos contar con una segunda fuente de crecimiento. Los indicadores adelantados de la producción en la zona euro están repuntando, lo que viene también a señalar la mejora del volumen de inversiones que se augura para el año que viene.

En la zona euro, además, los riesgos políticos están todavía presentes y podrían reaparecer en cualquier momento. En la última reunión de 2015 sobre política monetaria, el BCE relajó nuevamente las condiciones monetarias de forma notable, si bien las fluctuaciones de los precios en la víspera de la resolución mostraban la clara decepción de los partici­pantes del mercado. Según nuestro escenario de crecimiento y estabilidad de la inflación subyacente en la zona euro, no vemos la necesidad de seguir relajando la política monetaria europea en el futuro. Alcanzamos el «momento Draghi», es decir, el momento de máxima laxitud.
 
En lo que respecta a la inflación, la «baja inflación» es un fenómeno a escala mundial. Desde que se inició la con­vergencia de la inflación mundial a mediados de los años 90, los movimientos de los precios han discurrido de forma sincronizada y la inflación se ha mantenido en cotas bajas. A pesar de las significativas oscilaciones de los precios de las materias primas y una política monetaria acomodaticia sin precedentes en los 15 últimos años, la inflación apenas se ha inmutado. Desde nuestra óptica, la estrecha relación que existe entre el dólar y los precios mundiales resulta sorprendente. Creemos que un dólar fuerte es una fuente de presión deflacionaria internacional, así como una rémora para el crecimiento mundial. Y puede que el dólar estadounidense no sea demasiado robusto para su economía nacional, ya que la Fed ha decidido endure­cer su política monetaria, pero no cabe duda de que su valor es demasiado fuerte para el resto del mundo, especialmente para aquellos países cuya divisa se ha apreciado frente al billete verde, como el renminbi chino.