El apetito de los inversores por la renta fija se mantiene insaciable y el volumen de las últimas emisiones resulta impresionante.

Así, hace unos cuantos días, Danone emitió más de 6.000 millones de euros en deuda con vencimientos que oscilaban entre los dos y los 12 años, un cómodo colchón que permite al director financiero del grupo alimentario dormir plácidamente, pues remunerará a sus prestatarios con un 0,17% anual durante cuatro años y hasta un 1,20% durante los 12 próximos años, por lo que podrá capear el temporal durante bastante tiempo. Los Gobiernos tampoco se quedan atrás; por ejemplo, Austria está sacando partido de este benévolo entorno para los prestatarios para emitir con éxito obligaciones a 70 años a un tipo, ni más ni menos, del 1,55%.
 
Esta búsqueda de rendimiento con un riesgo tan reducido se ha tornado tan rutinaria que los más sagaces no tardarán en calificarla de comportamiento de alto riesgo. Siempre podremos argumentar que puesto que el dinero depositado en el banco se remunera a un tipo negativo del -0,40%, toda subida de tipos (incluso de un punto básico) resultará beneficiosa. Recordemos que esta situación de tipos cero o negativos constituye una anomalía que desemboca en comportamientos cada más peligrosos a medida que nos vamos acostumbrando a ella. Los factores que aquí operan se asemejan muchísimo al mecanismo que desencadena las burbujas bursátiles: «sé que el precio de este activo resulta absurdo, pero como la situación continuará, yo también me subo al carro.» Esta actitud evoca los mejores momentos de la crisis de las puntocom, cuando menos el entusiasmo de la estampida bursátil.
 
Esta extravagancia en el universo de la renta fija se desmarca del resto principalmente porque se trata de una actuación «pilotada» por los bancos centrales. Ahora bien, ¿podemos realmente «pilotar» tales excesos? Una cosa es cierta: estas instituciones han decidido, en la actualidad, llevar a los participantes del mercado hacia una nueva realidad a base de frases cortas en las que han escogido sabiamente tanto las palabras como el momento de pronunciarlas. Así pues, no hace mucho, el Banco Central Europeo (BCE) dejó caer la palabra «tapering»(1), mientras que el estadounidense Richard Fisher (2) declaraba: «Policymakers did not anticipate the scope of easy money on the financial service.» En román paladino: no cabe duda de que hemos ido un poco demasiado lejos con las políticas monetarias, y ya es hora de que los tipos retornen a unos niveles más razonables.
 
Las consecuencias derivadas de una subida de los tipos revisten una vital importancia para la gestión de la renta fija —hemos tomado la delantera al reducir de manera significativa las duraciones de nuestras carteras—, pero hay que tener cuidado, pues dichas consecuencias se propagarán a otras clases de activos, ya que la mayor parte de estas se evalúan siguiendo modelos de actualización extremadamente sensibles a las fluctuaciones en los mercados de renta fija.
 
La brutal caída que ha experimentado recientemente el estilo «Growth» (penalizado por la subida de los tipos) con respecto al estilo «Value» (donde la caída ha sido menos notoria y, en el caso de los bancos y las aseguradoras, este movimiento ha resultado incluso favorable) representa un buen ejemplo de esta rotación vinculada a un ajuste de las previsiones. Se trata de una señal que no ha de ignorarse, una traducción bursátil del mensaje de los bancos centrales que acabamos de mencionar.
 
En la actualidad, resulta muy complicado prever si seremos testigos de una corrección paulatina o drástica de los mercados de crédito. El primer escenario es infinitamente más favorable a nuestros mercados de renta variable, si bien los dos escenarios tienen algo en común: la necesidad de imponer una nueva vigilancia en nuestras proyecciones, en nuestras futuras actualizaciones. La música del BCE sigue sonando, aunque no debemos dejarnos embriagar por este vals de tipos bajos. Huyamos de la rutina y actuemos ya como si el dinero tuviese un precio.

Didier Le Menestrel, presidente de La Financière de l’Echiquier