El club de las mayores potencias económicas pasa por momentos de suma debilidad. No sólo se ha adentrado en la segunda recesión sincronizada, sino que, en esta ocasión, revela un profundo bache de actividad. La Gran Pandemia les está pasando una dura factura. Ni los ingentes planes de estímulo fiscal y monetario, de una dimensión inalcanzable para otras latitudes del planeta, con la excepción de China, han logrado contener una contracción que ha sido agudizada por el desplome del PIB estadounidense, del 31,4%, y de Reino Unido, del 20,4%, entre abril y junio, el trimestre de los primeros confinamientos y de la paralización brusca de la producción. Aunque también de los socios europeos, porque la zona del euro descendió un 14,7%.

La recesión sincronizada se agrava entre las economías del G-7

“Es la peor de las depresiones económicas del G-7 y de sus integrantes desde la Segunda Guerra Mundial”, dice un reciente estudio de Deloitte que bucea en las fragilidades de los daños colaterales que deja a este selecto club la epidemia del coronavirus. Aunque en el tercer trimestre hayan recuperado parte de la recesión técnica en la que se adentraron -todos ellos registraron números rojos en el primer y segundo trimestre de 2020, dos periodos trimestrales consecutivos- la segunda oleada de contagios les conduce casi irremediablemente a otro periodo contractivo en el último tramo del año. El dato más espectacular, en su primera versión preliminar, de la capacidad de despegue de la actividad es el del PIB estadounidense, que la Oficina de Análisis Económico (BEA por sus siglas en inglés) ha situado el repunte estival en el 33%, lo que corregiría substancialmente la brecha en la primera economía global.

Pero la incertidumbre sobre la reactivación persiste. En varios parámetros, explican los expertos de la firma de servicios profesionales, que desvelan que la Gran Pandemia traspasa
con creces las recesiones de cada uno de los miembros del G-7 de 2009. El receso de los gastos de consumo ha sido de suma gravedad. La paralización de los negocios -salvo los servicios no esenciales- en la primavera y el deterioro de sus mercados laborales desde entonces dejaron un rango de caída del consumo que va del 8,2% en Japón, pasando por el 23,1% en Reino Unido, hasta el 49,5% en EEUU. Con descensos de gastos de transporte del 36,7% y de los servicios de alimentación del 34,2%. Las ventas minoristas restablecieron el ritmo en el tercer trimestre, pero fueron todavía un 6,3% inferiores a febrero en Japón, y un 2,7% en Italia.

También la actividad manufacturera se paralizó entre marzo y mayo, aunque sus Índices de Gestores de Compras de agosto revelaban una expansión en el conjunto del G-7, especialmente en Japón y Francia, si bien se mantienen en cotas por debajo de las figuras de diciembre del año pasado. El diagnóstico de Deloitte habla de que el Covid-19 todavía pasa factura al consumo, a la salud de las finanzas de los hogares y a la demanda en las siete grandes economías, que culminarán 2020 con ostensibles retrocesos de sus PIB.

 

 

El panorama de recesión ha podido ser aún más complejo. De no mediar los notables programas de estímulo fiscal y monetario. Con tres planes de ayudas presupuestarias en
EEUU destinados a ciudadanos, sanidad, educación y a subsidios laborales. Además de avales a empresas. Y otros recursos encauzados a la investigación de la vacuna del Covid-19. El resto de sus socios también han movido ficha. Con cambios en el orden fiscal, facilidades crediticias, transferencia de fondos al sector privado y nacionalizaciones de compañías en dificultades que empujaron la actividad.

 

 

En Japón, por ejemplo, el esfuerzo económico ha rozado el 40% de su PIB. Incluidas las medidas de incentivación del crédito. Mientras que, en Europa, el Mecanismo de Estabilidad Europeo dio fondos por valor de 540.000 millones de euros de gastos directos, mientras el llamado programa Next Generation o de Reconstrucción, puso en liza 750.000 millones de euros para coordinar la recuperación del mercado interior. Incentivos a los que hay que sumar los del terreno monetario porque sus bancos centrales han focalizado sus arsenales en evitar el estrés financiero y proveer de créditos accesibles al sector privado.

Marzo y abril fueron los meses de mayor tensión en la liquidez de las empresas. Los instrumentos de compras masivas de deuda desde la Fed bajo las directrices de la Term Asset-Backed Securities Loan Facility (TALF), norma establecida en 2008, han consolidado el funcionamiento de los mercados. Con la tutela del Tesoro americano, que ha jugado un papel esencial en el precio de las cotizaciones trasladando la confianza a los mercados de capitales.

La Reserva Federal ha lanzado varios planes de emergencia crediticia por un total de 2,3 billones de dólares para cubrir las necesidades financieras de empresas, estados y entes
municipales. Mientras el Bundesbank habilitaba fondos adicionales que han logrado refinanciar las provisiones de liquidez a corto plazo de sus bancos y empresas. El Bando de Inglaterra se ha unido también a compras de activos y ha completado su estrategia con garantías del Tesoro. “Las autoridades monetarias han instaurado arsenales agresivos para
contener las recesiones en el territorio G-7”, afirman desde Deloitte.

 

 

El horizonte que atisban los analistas de la firma estadounidense aparece sombrío. Su indicador de prospección State of the Consumer Tracker revelaque los consumidores del G-7 mantienen percepciones de ansiedad sobre su salud y la conservación de sus empleos en el futuro a corto plazo. Preocupaciones que tendrán un peso específico en las decisiones de compra este ejercicio y el siguiente. Mientras, en el lado empresarial, el negocio de sectores como el turismo, aviación, restauración y hoteles o servicios de alimentación, atravesarán por nuevas dificultades. En este sentido, resaltan que la llegada de turistas entre los siete mercados del club ha sido casi cero. A pesar de la política de fronteras abiertas que ha regido en Europa durante buena parte de la fase de verano.

 

 

Destacan el dato de España. Con una caída de los flujos turísticos del exterior de un 97,7% en junio respecto al mismo mes del año precedente. Según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, la demanda de billetes para el conjunto de 2020 retrocederá un 52,6% en el área de Norte América y del 56,4% en Europa. “Dada la drástica caída de la demanda, los riesgos de bancarrotas en este segmento han aumentado, con las pequeñas compañías en situación de mayor vulnerabilidad, especialmente si los apoyos fiscales y monetarios decaen”. Motivo por el que, a juicio de Deloitte, la consolidación presupuestaria en todos ellos tendrá que producirse a medio y largo plazo. El balance fiscal del G-7 se va a deteriorar en 13,3 puntos porcentuales, tal y como reflejan los cálculos del FMI, en 2020.

De manera más contundente en EEUU (el déficit subirá hasta el 23,8% del PIB desde el 6,3%) y en Canadá (hasta el 12,6%, desde el 0,3%) y en un país de demostrada disciplina presupuestaria como Alemania, cuyo desequilibrio escalará hasta el 10,7% después de registrar un superávit del 1,5%. Y en Italia, que sufrió las embestidas de la crisis de la deuda europea en 2012, se espera que la deuda crezca hasta niveles preocupantes. Estas presiones se traducirán en paulatinos recortes de ayudas públicas y subidas de impuestos si no se quiere trasladar a generaciones más jóvenes la inmensa factura del Covid, lo que añade incertidumbres en naciones con poblaciones especialmente envejecidas como Japón, Alemania o Italia.  

 

 

Los poderosos estímulos monetarios también han contribuido de forma decidida a que la caída del PIB del G-7 no haya sido aún mayor durante la primera oleada de contagios. A pesar de que los balances de activos de sus bancos centrales fueran ya elevados por efecto de la crisis de hace un decenio. Entre febrero y julio, el total de pasivos (obligaciones) de la Fed se elevó en un 67,7% y los del BCE en un 45,7%. Dentro de una política de tipos de interés próximos a cero en todas y cada una de sus zonas monetarias. Una coyuntura, la del bajo precio del dinero, que no resultan buenas noticias ni para ahorradores, ni para pensionistas con fondos privados ni para inversores, como anticipa la rentabilidad del mercado de bonos. Si persiste en este descenso, podrían darse situaciones de retraso en la edad de jubilación, pagos de mayores impuestos y caída de poderes adquisitivos que se trasladarán también a generaciones jóvenes. Y lo que es más importante, tal y como enfatizan los expertos de la firma de servicios profesionales: “los bajos tipos de interés, junto a los excesivos déficits y endeudamientos, restringen el margen de maniobra de la gestión monetaria y fiscal para responder a futuras crisis”. 

 

 

El club de las economías más industrializadas surgió en 1973, a petición del secretario del Tesoro estadounidense George Shultz, y reunió a los ministros de finanzas de EEUU, Japón, la antigua Alemania Occidental, Francia y el Reino Unido. Dos años después, a instancias de los entonces jefes del Estado francés, Valéry Giscard d’Estaing y del Gobierno alemán, el canciller Helmut Schmidt, se unió al grupo Italia, los seis mayores PIB del momento en una cita en Chateau de Rambouillet, un castillo majestuoso a 50 kilómetros de París que fue durante siglos residencia oficial de la realeza gala, donde dieron carta de naturaleza al club y dieron cumplimiento a la idea de que las principales potencias se congregaran para deliberar y tomar decisiones. De índole económica, al principio, aunque, con el paso del tiempo, también geopolíticas. En 1976, un año más tarde, se incorporó a ellos Canadá, por expreso deseo de la Casa Blanca, que veía en el foro un reparto con demasiado peso de países europeos. Ni siquiera en las largas décadas de la Guerra Fría, el G-7 certificó receso económico colectivo alguno.