A finales del pasado mes de septiembre la Fed de Estados Unidos dio a conocer su último plan de estímulo económico denominado “Operación Twist”, con el que pretendía modificar el vencimiento de 400.000 millones de la deuda americana mediante la emisión de bonos a corto plazo, hasta tres años, para después usar esa liquidez en adquirir bonos a seis y diez años.

La principal ventaja de esta operación es que no inyecta liquidez directamente en el sistema, lo que reduce la posibilidad de generar inflación. Sin embargo, la reacción de los mercados no ha sido la esperada e igual que se hizo en 2008 y en noviembre de 2010, se demanda una política de relajación cuantitativa mucho más agresiva, el famoso QE3. Todavía se sigue esperando y aunque los efectos de las dos operaciones anteriores permitieron salir al país de la recesión, no han logrado un crecimiento sostenible que empuje a las economías occidentales a superar el bache ya que los esfuerzos se han visto truncados por los tremendos problemas de sobreendeudamiento que azotan a la Unión Europea.

Pero pongámonos ahora en el hipotético caso de que la Fed pone todas las cartas sobre la mesa y lanza un Quantitative Easing como último recurso para estimular el crédito e impulsar el consumo y la inversión. ¿Cómo afectaría esto a las divisas de todo el mundo tal como está el panorama económico y financiero? Pues en primer lugar, una inyección de liquidez al sistema tan descomunal daría cierta tranquilidad a los mercados y posiblemente veríamos una reducción de la volatilidad que alcanzó máximos el pasado verano. La unión de esta política monetaria y los tipos de interés tan bajos que hay en EEUU desde hace más de dos años (0,25%), hace que el rendimiento de los bonos americanos sea menos atractivo. Esta pérdida de rentabilidad desplazaría el capital hacia zonas donde ofrezcan mayores ganancias lo que desembocaría en una reducción de la demanda de dólares y la depreciación de la moneda americana con respecto al euro, por ejemplo.El mayor banquero de EEUU, China, que posee 1,15 billones de dólares de su deuda, se vería perjudicado ya que el rendimiento de sus bonos caería y por otra parte sus exportaciones se verían mermadas con un dólar tan débil, lo que llevaría a una apreciación del yuan con respecto al billete verde. El país asiático, que lleva años manteniendo un tipo de cambio artificial para mejorar sus ventas internacionales, vería como su inflación continúa elevándose y tendría que tomar la decisión de subir tipos si no quiere tener serios problemas. Si decidiera amarrar el valor del yuan durante mucho más tiempo y dado que Japón y Suiza, más recientemente, están influyendo también en la cotización de sus monedas, podría desencadenar en un nuevo episodio de “guerra de divisas” donde las políticas de empobrecimiento del vecino y las tensiones sociales presentes en la mayoría de países, auguran un futuro convulsionado donde las crisis se suceden en períodos de tiempo muy cortos.

Por otro lado, el incremento del crédito, del consumo y la inversión tiraría de los precios al alza, lo que se traduce en una reducción del poder adquisitivo del ciudadano estadounidense a corto plazo. El debilitamiento del dólar mejoraría la balanza comercial americana por lo que el anterior efecto salida de capital se vería parcialmente compensado con una mayor demanda de dólares por el lado de las exportaciones. El endeudamiento actual de EEUU roza los 1,60 billones de dólares lo que supone más del 100% del PIB. Con un nivel de deuda tan elevado y un déficit de 46.600 millones de dólares, la emisión de nuevos bonos con rentabilidades tan bajas haría más difícil la captación de financiación, por no decir que es posible que se incremente el riesgo de crédito. Sin embargo, la economía del país americano ha demostrado ser más fuerte que la de sus homólogos europeos y este debilitamiento del dólar y la relajación cuantitativa influirían en las subidas de los mercados de capitales atrayendo inversores por esta vía. Las salidas de divisa americana por falta de rentabilidad de sus bonos, se compensarían parcialmente por otras vías anteriormente comentadas.

A corto plazo, ante un panorama como este, el dólar se depreciaría frente a otras divisas como el euro, yen, franco suizo y yuan; todo esto, si no se imponen medidas de ajuste artificial en la flotación de las mismas. Sin embargo, a medio-largo plazo creemos en la fortaleza del dólar. Las consecuencias de un aumento de la inflación deben ser atajadas si no quieren que los ciudadanos americanos pierdan capacidad adquisitiva a largo plazo, por lo que los tipos de interés de la Fed deberán alcanzar un nuevo equilibrio e incrementarse para atajar este problema. Por lo tanto, abogamos por un dólar fuerte y veremos en qué posición se sitúa el euro tras la resolución de la crisis griega, ya que si no se soluciona pronto este problema, peligra su estabilidad y la fortaleza de la que ha gozado en los últimos años. Por último, cabe destacar que si países emergentes como China, Brasil e India continúan con su senda de desarrollo e incrementan tanto el consumo interno como la inversión en infraestructuras, verán como sus tipos de interés se elevan para controlar los precios. Hay que tener cuenta también cómo es el camino de recuperación de las economías occidentales de las que dependen la producción de bienes y exportación de materias primas de las economías en desarrollo. Un estancamiento de Europa o EEUU, significaría una disminución de la demanda de petróleo, de biocombustibles y de la mayoría de materias primas en general, por lo que a su vez se reduciría la demanda de divisas de los países poseedores de las mismas que acabaría por debilitar el poder adquisitivo de estas monedas.