La pandemia ha dañado al 90% de la economía: ¿un vestigio para cambiar el patrón de crecimiento?

Pero, tras nueve largos meses de confinamientos civiles, hibernación económica, serpenteantes desescaladas y suma incertidumbre sobre el inicio del ciclo de negocios post-Covid, algo se mueve en los resortes de la estructura económica global. Dañada hasta en un 90% por la mayor recesión mundial en tiempos de paz. La economía del planeta está en un periodo de rápidos cambios, convienen en señalar las instituciones multilaterales. Nuevas fuerzas del mercado han irrumpido en escena y el centro de gravedad del dinamismo se desplaza de Occidente a Asia. En plena revolución digital, cuyo impacto sobre la prosperidad está todavía por calibrar y determinar. Es uno de los factores de las incipientes agendas reformistas que tratan de modificar los patrones de crecimiento que han regido en las últimas décadas. Junto a la sostenibilidad, que se incorpora a los tejidos productivos de las potencias globales a distintos ritmos y objetivos. Es tiempo de remodelar los cimientos de la recuperación y de asentar un nuevo modelo de generación de riqueza. Porque, pese a la luz que se vislumbra al final del túnel, con la aparición de las primeras vacunas y su alta eficacia anunciada, la reactivación será en forma de K, lo que presagia un aumento de la disparidad entre industrias vencedoras y perdedoras de la crisis y, sobre todo, otro nuevo retroceso de poder adquisitivo de las clases medias.

La fórmula del despegue de la economía global -o, dicho de otro modo, la senda de reactivación de la Gran Pandemia- está dando resultados ambiguos y contradictorios. La jerga de los expertos ha ido modificándose a medida que la crisis sanitaria dominaba la coyuntura internacional, con las grandes potencias sumergidas en periodos contractivos de calado, en función de la duración e intensidad de las desescaladas que los distintos gobiernos han instaurado según las diferentes y leves treguas que el Covid-19 ha concedido a sus sociedades. La retórica de los analistas se ha convertido en una auténtica sopa de letras. De una recuperación en V, de grave recesión inicial, pero de rápida reanimación, se pasó a otra en forma de L, de más lento restablecimiento, a una V asimétrica -gradual- a una W, con dobles caídas y salidas de los números rojos. La penúltima de las teorías habla de una transición al crecimiento en forma de K, que propiciará una brecha de ingresos entre sectores y empresas perdedoras y ganadoras. Y lo que es peor, un nuevo retroceso del poder adquisitivo -y, por ende, de la capacidad de compra- de las clases medias. Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia-Pacífico en el banco de inversión Natixis e investigadora en el Instituto Bruegel, think tank de marcado perfil paneuropeísta, es una de sus defensoras. Pero en un reciente análisis en Bruegel admite que, en realidad, la incógnita es aún más compleja de despejar, porque se trata de una raíz cuadrada, cuyo cálculo revela un fulgurante dinamismo en su fase inicial, “como el que experimenta las economías en la actualidad, incluso con la epidemia intensificando sus latigazos” en la segunda oleada. Aunque también traslada una ralentización posterior de carácter estructural: “en otras palabras, el problema no es tanto el súbito colapso de la actividad, sino el impacto negativo que le sucederá”. Un interrogante aún sin resolver, a la espera de que las vacunas contengan la catástrofe sanitaria, y que no dependerá exactamente del éxito de su comercialización y de sus aplicaciones masivas a la población mundial. Pero que, a su juicio, deja entrever una reactivación de escaso vigor. 

La economía mundial se ha adentrado en un océano turbulento, que exige cambios de timón de gran brusquedad, y que entrado en un rumbo incierto. En Science Direct, base de datos abierta a académicos e investigadores, explican la complejidad del Cuaderno de Bitácora que debe sacar a la economía global de la tormenta perfecta en la que navega. En medio de la Gran Pandemia, “han emergido nuevas fuerzas del mercado y el centro de gravedad económico se ha desplazado todavía a mayor celeridad de Occidente a Asia”, mientras “avanza a una velocidad vertiginosa una transformación tecnológico-digital de una dimensión y con un impacto muy superior sobre la economía global al de cualquiera de las otras revoluciones industriales”. De ahí que García-Herrero afirme que “es el momento de repensar y replantear los principios básicos de nuestro modelo económico”, con objeto de “mitigar el daño colateral de la epidemia del Covid-19” y de “eludir el bajo crecimiento que se avecina”. Porque las señales de alarma ya han sonado. El peor día de la pandemia, en términos económicos, aconteció el Viernes Santo. El pasado 10 de abril, los confinamientos sociales se expandían por la mayor parte de los países del planeta y el PIB de todo el planeta fue un 20% más bajo que cualquier otra debacle. Al inicio del trimestre perdido, le ha seguido otro periodo -entre julio y septiembre- con fases de desescalada, en el que la tasa de actividad global apenas crecerá un 7% en comparación con el hundimiento registrado entre abril y junio. Tal y como refleja un elocuente gráfico de The Economist a partir de los datos de Goldman Sachs que revela, al mismo tiempo, la complejidad de que la economía mundial siga la trayectoria de una V asimétrica, como todavía espera una muestra substancial de los análisis del mercado. El retorno a la normalidad económica debe esperar algún tiempo. 

En este tenso compás de espera, los gobiernos continúan pergeñando programas de estímulo a cargo de sus cuentas públicas. Es la consigna que, además, sigue emitiendo las instituciones de carácter multilateral. Con el FMI a la cabeza. Y aplicando restricción de medidas que prohíben la asistencia de aficionados a los eventos culturales y deportivos masivos o que han reducido listas de comensales en restaurantes en todo el mundo. La incertidumbre económica se ha apoderado de los índices de confianza de consumidores y empresarios, en parámetros históricos, lo que, en una muy alta probabilidad, acabará mermando sus planes de inversión. Los cálculos de Goldman Sachs anticipan que las normas de distanciamiento social continuarán restando un 7% o un 8% al PIB global. Obstáculos que afectan, más directa o indirectamente, al 90% de la economía. Es decir, que la Gran Pandemia ha tocado la sala de máquinas de la práctica totalidad de la actividad mundial. ¿Es tiempo de reestructurar un sistema al que ha perjudicado casi en su totalidad una recesión sincronizada de tal calibre? Los defensores de un cambio de paradigma alertan de que, en la actualidad, la economía opera a un 90% de su capacidad, pero sin lograr reanudar la riqueza y con una notable contrariedad del ritmo de crecimiento, según industrias y países. Los expertos de JP Morgan destacan, por encima de cualquier otro, el comercio minorista. El único segmento que restableció, ya en julio, el nivel de ventas previo a la Gran Pandemia. Es el canal al que han acudido los consumidores; muy en especial, los que han mantenido -o corregido ligeramente- su capacidad de gasto; muchos de ellos, mediante las ayudas oficiales a hogares y trabajadores, que se cifra en 2 billones de dólares en todo el planeta. Mientras la vuelta al pleno rendimiento de las factorías ha sido un fenómeno reciente. Y la actividad del sector servicios evoluciona por debajo de sus registros de febrero, por ser negocios altamente sensibles hacia la predisposición al gasto de sus consumidores. Los restaurantes mantienen una actividad entre un 30% y un 40% inferior, según OpenTable, una plataforma de gestión de reservas, y el número de vuelos sigue a medio gas; a menos de la mitad de sus desplazamientos e itinerarios.    

Por si fuera poco, los preparativos para el despegue varían ostensiblemente entre territorios, en los que, sin excepción, han penetrado las dudas sobre recaídas de actividad. Tanto el FMI como la OCDE -pero también el BCE y la Reserva Federal- han mostrado su alta preocupación sobre el devenir de la economía. Es como si le costara recuperar el aliento tras atravesar un corto periodo de resuello. El diferencial entre el G-7 y el resto de economías será de 6,7 puntos básicos este ejercicio; de lejos, una brecha más profunda que la ocasionada por el credit-crunch de 2008, en la que fue la primera de las recesiones sincronizadas del club más selecto del planeta. La Gran Pandemia le ha llevado a registrar “la peor de las depresiones económicas, no sólo del G-7, sino de todos y cada uno de sus integrantes, desde la Segunda Guerra Mundial”, asegura un reciente estudio de Deloitte. Aunque en el tercer trimestre hayan recuperado parte de la recesión técnica en la que se adentraron -todos ellos registraron números rojos en el primer y segundo trimestre de 2020, dos periodos trimestrales consecutivos- la segunda oleada de contagios les conduce casi irremediablemente a otro periodo contractivo en el último tramo del año, dicen en Deloitte. Por si fuera poco, sus rivales en la globalización, los grandes mercados emergentes, tampoco se han aprovechado de las circunstancias. El decoupling -diferencial a su favor de crecimiento con respecto a las naciones de rentas altas- en el que se instalaron el lustro previo y posterior a la crisis financiera de hace algo más de un decenio, no se ha producido en esta ocasión. Y el Covid-19 ha magnificado la distancia entre los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. La mayor de sus economías, China, está solidificando su liderazgo entre ellos, después de certificar una de las más espectaculares y fulgurantes dinamismos de la historia económica reciente: de nada menos que un 979,9% desde 2001, año en el que se acuñó el término BRICS para identificar a las naciones con más opciones de encaramarse al club de las potencias industrializadas. No en vano, será la única potencia global que eludirá la recesión en el conjunto de este ejercicio. 

“La Gran Pandemia reforzará la tendencia al distanciamiento de China respecto al resto de los integrantes del BRICS”, explica Joydeep Mukherji, director gerente y especialista económico en América de S&P Global Ratings, para quien “las naciones del club con buenos parámetros previos a la epidemia del Covid-19 tendrán mayores posibilidades de encauzar la recuperación en el ciclo de negocios que surja con el final de la crisis sanitaria”. Según el FMI, el PIB chino aumentará su tamaño en un 1,9% en 2020, tras certificar una contracción del 6,8% durante el primer trimestre. Frente a la recesión que marcarán los PIB de India (del 10,3%), de Sudáfrica (8%), de Brasil (5,8%) y de Rusia, de un 4,2% este año. 

Un largo año de reactivación económica

El diagnóstico más reciente de este tránsito de la economía global, pese a la ráfaga de optimismo de la aparición de las primeras vacunas contra el Covid-19, que podrían estar en el mercado en las primeras semanas de enero, para su inmediata comercialización y inoculación en la población de mayor riesgo -inicialmente- es el de la OCDE. A juicio del club de las potencias industrializadas, el PIB global no alcanzará los niveles previos a la epidemia hasta finales de 2021. Pero advierte que la recuperación será divergente por países y conducirá “a cambios a largo plazo en el orden económico internacional”. Sus pronósticos sitúan el dinamismo del próximo año en el 4,25%, el registro en el que coloca el calibre de la recesión global este ejercicio, para prever otro aumento del 2,75% en 2022. “El peor escenario se ha evitado, porque la actividad fabril se ha preservado y está en disposición de volver a registrar, con el avance de 2021, su plena capacidad productiva; sin embargo, la coyuntura será aún precaria para muchas familias, empresas y naciones bajo un clima de alta vulnerabilidad”, explicaba su economista jefe, Laurence Boone. En su opinión, los paulatinos levantamientos de las restricciones a la movilidad, requerirán de más apoyos fiscales y monetarios para facilitar el despegue y asegurar que la actividad se eleve con suficiente fuerza motriz. Porque el panorama desvela “incertidumbres excepcionales” que se irán despejando si, por ejemplo, las vacunas prueban su efectividad, sin que ocasionen efectos secundarios, la gran interrogante de la coyuntura inmediata, y se distribuye y se inocula con rapidez y eficacia. En su Outlook de comienzos de diciembre, la OCDE admite que la fragilidad de la confianza del sector privado y los hogares, podría dar al traste con la trayectoria de dinamismo e infligir retrocesos a los distintos ritmos de crecimiento nacionales”. Sus predicciones hablan de un alza del 4,7% para el G-20 -el club de potencias industrializadas y grandes mercados emergentes-; del 3,2% a EEUU, el 3,6% a la zona del euro y el 2,3% a Japón. Fuera de su órbita, apunta a un incremento del 8% para China, que aportará más de la tercera parte del dinamismo global, y del 7,9% para India. En función de la reanimación de la demanda mundial. 

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Para García-Herrero, destaca las cuatro razones esenciales por las que, a su juicio, el ciclo que surgirá tras el Covid traerá un crecimiento al ralentí. En primer lugar, porque las compañías serán menos rentables y su reacción será recortar sus activos fijos de capital. En segundo término, por el empeoramiento de la distribución de la renta en el mundo debido al deterioro de los ingresos en las empresas retraerá la vuelta a sus rentabilidades y beneficios, como ya ocurrió en 2008, por lo que tendrán que acometer expedientes de regulación de empleo y reducción de salarios, escenario que explica en otros términos: presiones a la baja sobre los costes laborales unitarios y, en consecuencia, pérdida de poder de adquisitivo y de compra de los hogares, alto inevitable, a lo que se añade la aparición de burbujas en el precio de activos en los mercados por las políticas ultra-laxas de las autoridades monetaria que, en su opinión, elevará el decalaje de ingresos entre las clases trabajadoras y los patrimonios que invierten en activos financieros. Un tercer factor al que acude en su radiografía de situación es la creciente intervención estatal en la economía, que está dando cobertura a una notable porción de firmas zombies. “El que los tipos de interés sigan siendo anormalmente bajos hace posible que los gobiernos puedan continuar financiando a las empresas improductivas y sus inadecuadas tasas de ahorro”. El telón de fondo del argumentario de la OCDE: “El objetivo de todos los gobiernos debería ser el de evitar una prematura y abrupta suspensión de los estímulos fiscales mientras persista un crecimiento frágil e incierto”, explican desde esta organización. El cuarto y último motivo de preocupación es la potencial inestabilidad financiera, de la que alertó el FMI en su último informe, de otoño, para justificar la continuidad de los programas de ayuda fiscal y monetaria. Debido -afirma- al repunte de la volatilidad en las economías emergentes y a las dudas sobre el papel del dólar como moneda de reserva. Porque la combinación de una ultra-abundante liquidez global y una aversión al riesgo que volatice los activos puede desencadenar episodios de suma inestabilidad en los mercados. Mientras China se ha enfrascado en una estrategia para disminuir la hegemonía del dólar -potenciando la divisa digital- y utilizando herramientas monetarias, con su banda de fluctuación fija para determinar el tipo de cambio del yuan y el paulatino recorte del peso del billete verde en la cesta de divisas de su banco central. 

Pero el agujero socio-laboral es aún peor. En el segundo trimestre, uno de cada seis jóvenes se quedó sin trabajo, las horas laborales cayeron a casi la tercera parte entre quienes siguieron en plantilla y, por primera vez en 50 años, la tasa de actividad de estadounidenses entre 25 y 54 años cayó por debajo del 70%, según la Organización Mundial del Trabajo. Mientras en Europa, sus cinco mayores economías dieron coberturas directas a más de 40 millones de trabajadores y, en EEUU, aumentó los beneficios a las personas que solicitaron subsidios por desempleo hasta superar sus ingresos salariales a más de dos terceras partes de los demandantes. Desde el Banco Mundial se alertaba en junio que las economías de rentas medias y bajas entraban en recesión por primera vez en 60 años y que 89 millones de personas, un 15% más, entrarían en niveles de extrema pobreza. La Reserva Federal y el BCE reiniciaban sus planes de compra de activos a las empresas y de deuda soberana y Alemania desplegaba casi una tercera parte de su PIB en avales y garantías crediticias a su sector privado. Nada de todo este arsenal será gratis. La consigna del FMI ha sido clara este año: gasten lo que necesiten, pero guarden la factura. En junio, la deuda de las economías avanzadas subió del 105% del PIB en 2019, al 125,5% que prevé para 2020, y que se incrementará hasta al 132% en 2021. Los escudos protectores de las economías para contener los daños colaterales de la crisis del coronavirus han dejado, pues, una montaña de endeudamiento de enorme dimensión y de inciertas consecuencias. En los nueve meses desde que, en marzo pasado, se activaron los primeros y billonarios programas de estímulo fiscal diseñados para apoyar la iniciativa privada y subsidiar la pérdida de capacidad adquisitiva, el volumen de endeudamiento soberano y corporativo se ha disparado. Hasta registrar una cota histórica, del 365% del PIB global. Periodo en el que la deuda acumulada ha sido de un tamaño similar al de la economía estadounidense, la mayor del planeta. En concreto, 19,3 billones de dólares. Y un salto que supone un aumento del 7,1%, tal y como recogen los cálculos del Instituto Internacional de Finanzas (IIF, según sus siglas en inglés), la patronal bancaria mundial. 

Un ‘road map’ de largo recorrido en marcha

La Gran Pandemia no debe ocultar el agotamiento del patrón de crecimiento global. Ha aireado la necesidad de cambios. El Covid-19 ha hecho emerger con más virulencia las fuerzas que están dinamitando el orden internacional y que han acelerado transformaciones en el comercio y los flujos de capitales, en tecnología, finanzas y política económica. Desde el inicio del siglo se han sucedido tres grandes acontecimientos que generaron otras tantas crisis económico-financieras. La integración de China en el sistema de comercio mundial -su ingreso en la OMC en 2000- que trajo el tsunami de las punto-com en 2003, la quiebra de los activos tóxicos bancarios que hizo surgir el credit-crunch de 2008, y la digitalización, la Revolución Industrial 4.0 que ha antecedido a la mayor recesión global en tiempos de paz, durante la cual se ha intensificado como nunca en el tiempo un proceso de reconversión tecnológica sin precedentes por su dimensión. Factores que han agitado la globalización. Los baratos productos made in China, fabricados por la masiva migración de sus ciudadanos del ámbito rural a las fábricas, sin apenas elevar sus ingresos, han propiciado que sus mercancías fluyan con solvencia hacia los mercados occidentales, en paralelo a un viaje de retorno de los activos financieros de estas latitudes hacia el Este. Fenómeno que ha creado en las potencias industrializadas baja inflación y tipos de interés y la pérdida de sus otrora ricos empleos manufactureros. Con posterioridad, la crisis bancaria causó el colapso de la demanda, deprimió el precio del dinero hasta casi regalarlo y estancó la globalización. Por su parte, el boom tecnológico ha contribuido a declinar la competencia, interrumpir los beneficios empresariales y a reducir las rentas per cápita de trabajadores y naciones, así como la llegada de oligopolios y monopolios sectoriales.    

Puede entenderse que el Covid-19 es el colofón. O el cuarto pilar de este big shock, reconocen en The Economist. Porque el bloqueo de la demanda global ha superado con creces la depresión en la que quedó sumida en la crisis financiera de finales de la década pasada. Las tasas de ahorro de hogares y empresas podrían exigir años de recuperación. Con tipos de interés bajos e, incluso, negativos, para acompañar la reactivación de las economías. Mientras el sector privado tendrá que abordar retos de reestructuración de sus cadenas productivas, que han mostrado fragilidad para adecuarse a las nuevas percepciones de consumo y de gasto individual o contratos en los casos de clientes empresariales. Porque la epidemia ha activado la digitalización. La inclinación del consumo hacia el e-commerce ha dado un salto impetuoso. También los servicios sanitarios y educativos online. El precio de los activos de los gigantes tecnológicos ha dirigido el recorrido alcista en los mercados durante el Covid que ha registrado meses de ebullición en los que parecía haberse desligado de la realidad económica. El New York Stock Exchange FANG + -un indicador tecnológico de referencia- llegó a producir tasas de retorno de inversiones del 60% interanuales en septiembre. Las compañías se han adaptado al teletrabajo con una inusitada rapidez; incluso paralizando inversiones para acelerar su actividad en remoto.     

En definitiva, la pandemia ha engendrado un punto de no retorno en el orden geopolítico y en el económico-financiero. El ciclo que emergerá de la crisis sanitaria global será más competitivo, y se regirá por criterios de alta productividad. En medio de nuevas tensiones entre EEUU y China, que no desaparecerán. Las disputas comerciales seguirán planteando batallas. El rechazo de la Casa Blanca al 5G made in China estará en el escrutinio de los inversores y no se puede descartar la imposición de sanciones. Los flujos de capital chinos en EEUU han colapsado y se ha instalado un clima de mutua desconfianza y suspicacias. Horizonte que la Gran Pandemia ha enturbiado aún más. La yuxtaposición de economías débiles y altos precios de los activos con bajos tipos de interés podría generar protestas sociales; sobre todo, si los índices de desempleo se prolongan durante algún tiempo. El status quo de las potencias industrializadas se tambaleará. Con déficits y deuda pública -también la corporativa, la de entidades financieras y la de hogares- entrando en un periodo de necesaria consolidación una vez se inicie la recuperación. Todo ello provocará intentos de reeditar los contratos sociales de cada país. Es decir, revisiones de los patrones de crecimiento. Con otro componente adicional, la necesidad de reflexionar y modificar el curso de la globalización, sometida a dos profundas crisis en el último decenio. A lo que se suma el riesgo de presión sobre los sistemas liberal-democráticos. Todo ello requiere de agendas estructurales de calado. El restablecimiento del comercio y la adecuación de los organismos multilaterales y el final del unilateralismo y el proteccionismo serán determinantes en esta transición, escribe el seminario británico. Porque, de lo contrario, la vuelta a la prosperidad será incierta, y el elenco de riesgos futuros, podría convertirse en crónico.

   

El FMI comparte esta visión panorámica. Los efectos a largo plazo del Covid-19 dejarán secuelas. El PIB per cápita global en 2025 será más bajo que el registro de comienzos de 2020. Entre otras razones, porque en los cinco ejercicios venideros, el crecimiento mundial será del 4,7%, un punto por debajo de las alzas anuales registradas entre 2000 y 2019. Los expertos del Fondo atribuyen esta ralentización de la prosperidad a varios factores. Entre los que resalta, por encima de todos, la estructura de la economía global que surgirá tras la Gran Pandemia. Con hábitos de consumo distintos, centros de trabajo adaptados a nuevas reglas de distanciamiento social e industrias como la turística con necesidades de reanimación urgentes. La recolocación laboral y del capital desde sectores especialmente dañados a otros con constantes vitales llevará tiempo y no pocos sacrificios. Dado el esperado repunte del desempleo -sin las medidas de protección en curso- y de las bancarrotas empresariales. En un reciente coloquio, el FMI incide en los peligros latentes de la nueva e inminente era post-Covid. Daniel Susskind, investigador en Balliol College, de la Universidad de Oxford y autor de Un Mundo Sin Trabajo, dice que la economía global “ha estado bordeando los riesgos más de medio siglo”, pero que la Gran Pandemia “ha sacado a relucir su fragilidad y vulnerabilidad”. El mundo que surgirá “será significativamente diferente, y obligará a aplicar cambios substanciales para abordar y resolver los peligros hacia la prosperidad”. James Manyika, presidente de McKinsey Global Institute, incide en que las tendencias surgidas todavía como señales antes de la epidemia se van a acelerar por el impacto de la crisis sanitaria. Muy en especial, en el ámbito de la economía digital. Pero también en la regionalización de las cadenas de valor o en la explosión transfronteriza de datos. La amplificación de estos cambios pondrá en revisión aspectos trascendentales. Se primará la eficiencia, se cuestionará el capitalismo como se entiende en la actualidad, y las estructuras económicas- También las políticas industriales. Y se demandarán acciones colectivas para combatir futuras pandemias y el cambio climático. A su juicio, el retorno del multilateralismo requiere una reforma de Bretton Woods, el tratado que dio carta de naturaleza al FMI y el Banco Mundial tras la Segunda Guerra Mundial. Una tesis que comparte Sharan Burrow, secretaria general de la Confederación del Comercio Internacional. En su opinión, el shock externo de la pandemia “ha cogido a demasiados países sin protección social universal, sin sistemas públicos de salud robustos, sin planes de emisiones netas cero para 2050 y sin una estrategia económica sostenible capaz de crear puestos de trabajo de calidad”. Bretton Woods “ocurrió hace demasiado tiempo”, en un escenario post-bélico: “Hay que reconstruir las alianzas multilaterales porque la cooperación internacional es la mejor garantía de la fluidez de los capitales, del comercio, de los servicios sanitarios y de la economía global”. Es un factor más que decisivo, crucial para concretar políticas laborales y salariales y para reanimar la demanda y elevar las rentas disponibles de los hogares y las inversiones de las empresas. 

Ian Bremmer, politólogo, experto en riesgo político, fundador y presidente de Eurasia Group, da otra clave. El orden mundial estaba en estado de mutación antes del Covid-19. Por tres factores incuestionables. El primero, “una tendencia a la desglobalización, como se ha comprobado por las dificultades logísticas y las necesidades urgentes de las empresas en reconfigurar sus cadenas de valor”; en paralelo, el asentamiento del nacionalismo y su concepto de “primero, mi nación”, y que ha presionado a las compañías a seleccionar centros operativos en sus territorios de origen y, finalmente, el ascenso geopolítico de China, de mayor impulso que en cualquier otro instante de las últimas tres décadas, como consecuencia de su cambio de patrón de crecimiento, hacia una economía digital y basada en la demanda interna; es decir, el consumo privado y la inversión empresarial. La integración de Pekín en el multilateralismo exige que se acabe con la retórica de la Administración Trump, que convirtió a la Gran Factoría global en foco de su táctica electoral. El coronavirus ha coronado a China como potencia emergente y dirigido al mundo a una nueva Guerra Fría; en esta ocasión, entre las dos mayores economías del planeta.   

Desde el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales -CSIS, en inglés- sus expertos acaban de dar carta de naturaleza a estos cambios. El orden económico internacional ha mutado tras la crisis sanitaria de 2020, explican apuntalando la teoría de Bremmer. El consenso de Washington o alianza de criterios entre el FMI -y su institución hermana, el Banco Mundial, con sedes en la capital estadounidense-, la Reserva Federal y el Tesoro americano ha dejado de funcionar. Desde la crisis asiática de 1997, las economías que devaluaron competitivamente sus monedas se han convertido en impulsoras de la cooperación continental. Asia ya no necesita el recetario de las instituciones de Bretton Woods. Han dado pasos decididos de integración regional. EEUU y sus aliados europeos no pueden seguir ejerciendo de prestamistas de última instancia capaces de establecer planes de desarrollo con fondos billonarios. La crisis subprime estadounidense y de la deuda en Europa sepultaron su hegemonía. Los BRICS se han hecho un hueco en el liderazgo. Mientras las potencias occidentales abren frentes comerciales -a instancias de la Casa Blanca- y geopolíticos de prolongada resolución y confusos efectos -Brexit-, en Asia se han asentado los vínculos interregionales. Con tratados comerciales e inversores alejados de todo proteccionismo como el Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP), Trans-Pacific Partnership (TPP) o el Trans-Atlantic Trade and Investment Partnership (TTIP). 

La reforma del sistema mundial debería enfocarse hacia tres direcciones. La primera, que EEUU acepte su pérdida de liderazgo. Cimentada en un retroceso de su músculo económico -el cetro pasó a la UE en 2003- y frente al PIB mundial, ya que pasó de significar el 30,6% en 2000 al 24,3% en 2015. Aunque también por la irrupción del euro en el ámbito monetario, que le ha ganado terreno al dólar como divisa de reserva y de inversiones y comercio internacionales. “EEUU no puede abanderar el crecimiento global y trasladar sus crisis domésticas para tratar de mantener su competitividad exterior” en un momento de “repuntes de desempleo” provocadas, en cierta medida, por el perjuicio que su diplomacia económica ha creado en el orden internacional y en su propio liderazgo. La segunda hoja de ruta debería “incorporar a las naciones en desarrollo a la gestión de la gobernanza de la globalización”, si se desea avanzar hacia un modelo “elástico y estable”. Justificada por otra cuestión de 'realpolitik', por la fuerza de los acontecimientos: el PIB del G-7 ha pasado de suponer el 43,43% de la riqueza global en 2001 al 31,5% en 2015. Intervalo en el que los BRICS han elevado del 19,3% al 30,8% su cuota económica. El club más selecto del planeta lleva años sin poder ejercer su influencia sin el beneplácito del G-20 -desde el inicio del credit-crunch de 2008-, foro en el que están integrados, junto a ellos, los principales mercados emergentes. La tercera senda a sondear y reflexionar sobre el sistema económico liberal global. Tras décadas de globalización a gran escala, con medidas de mercados abiertos y el manejo de los asuntos internacionales de manera coordinada, que condujo a políticas efectivas, ha surgido desequilibrios, desigualdad, conflictos sociales y, los efectos de las crisis financieras, han creado tensiones sectoriales y geopolíticas en regiones y países. EEUU dejará de ser la mayor economía del planeta en 2024. Cetro que cederá a China. De manera que el orden económico mundial se adentra en una fase de fragmentación. Las líneas crediticias del Asian Infraestructure Investment Bank y la Belt Road -la nueva Ruta de la Seda china- ha redibujado el mapa del dinamismo de la actividad mundial. Con Pekín reconociendo su objetivo de reemplazar a EEUU en el liderazgo de la arquitectura económica y financiera internacional. El futuro -advierten desde el CSIS- debería perfilarse bajo parámetros de mayor justicia social en la distribución del consumo y de la riqueza. En un clima pacífico de alta competitividad, pero con mayor tolerancia al desarrollo de los países, lo que implica acabar con el “autoritarismo absoluto” del modelo. Es decir, unas economías más inclusivas. Con compromisos, obligaciones y responsabilidades.

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