Están sucediendo cosas importantes y no sé si nos estamos dando mucha cuenta. Dentro del mundo financiero, se está descomponiendo un modo de trabajar que ha durado cuarenta años; tiempo durante el cuál la industria de servicios financieros ha progresado descomunalmente, no tanto como sus clientes cuyo patrimonio financiero no ha crecido de igual manera.
Este modelo que ahora está muriendo se ha caracterizado por varios elementos. El primero es, en determinados momentos, la absoluta codicia de la industria frente a sus clientes. Ese problema de agencia ha provocado que los intereses de los clientes y de las entidades financieras fueran cada uno por su lado. Las segundas han obrado en su interés frente al de sus clientes incrementando sus ingresos vía comisiones u otros medios como la reacción de productos extraños que han detraído renta de los clientes. Éstos han sido los contribuyentes de semejante progreso con la compra de productos que no le interesaban, con el aumento de los costes derivados de la gestión de su dinero y con la asunción de deuda bancaria que no estaban preparados para tragar. En definitiva, los bancos han hecho lo que les interesaba y, en muchos casos, no lo que les interesaba a sus clientes. Y lo han hecho porque han podido.

El segundo está marcado por el llamado “juego suma‐cero”. La industria de servicios financieros ha promocionado una visión letal para el cliente que se basa en la idea de que en los mercados financieros se puede ganar dinero si se “mueven” las inversiones correctamente. Sólo a las entidades les interesa que los clientes muevan su dinero, cuanto más mejor, ya que si así lo hacen, generan muchas comisiones de las que viven las entidades y los mercados en los que se apoyan éstas. Los activos financieros tienen una revalorización propia según la naturaleza de su negocio. Si éste es un buen negocio, los títulos darán buenos dividendos, cupones y verán su precio subir de manera natural. Si las distorsiones exageradas y momentáneas provocan variaciones en los precios de los títulos y las personas “juegan” a aprendices de brujo con dicha evolución del precio, lo que ganen unos será lo que pierdan otros. Casos hay donde, al cabo de un año, el título apenas tenía valor y, entre medias, unos se forraron y otros se arruinaron. Mucha de la llamada gestión cuantitativa (hegde funds) bebe de esto. Unos señores muy sesudos buscan el patrón que los haga ganar dinero a costa de otros. En términos generales, la sociedad no se ve especialmente favorecida por esto.

En tercer lugar, se debe señalar el pernicioso papel que han desempeñado los derivados financieros en todo este periodo de cuarenta años. Nacen justo cuando cae el sistema monetario diseñado en Bretton Woods. Nixon impide la convertibilidad del dólar norteamericano en oro a principios de los años setenta y, con ello, el sistema “cambios‐oro” deja de existir. Justo en ese momento nacen los derivados financieros cuyo objetivo era cubrir el riesgo de tipo de cambio que empezaba a existir desde entonces. De esos polvos, estos lodos. Los derivados financieros tienen dos componentes que deben ser conocidas. Por un lado, otorgan crédito sin coste al que los utiliza. Si, por ejemplo, un usuario contrata futuros financieros, existirá un apalancamiento de aproximadamente 10 veces la cantidad desembolsada.

Dicho de otro modo, si deposito 10.000 euros, invertiré un nominal de 100.000 euros. Por otro lado, los derivados pueden ser adquiridos para cubrir un riesgo (su naturaleza original) o para especular, aunque la industria se cuida mucho de asumir esa palabra y lo denominan “inversión”. Con los derivados, se pueden tomar posiciones “bajistas” que ganan dinero si el mercado cae.Para aprovecharse de esto, se permite la venta de títulos simplemente depositando una fianza. Y a veces, ni eso hace falta. El problema existe cuando la cobertura no existe y “se invierte”. Si se adquiere un derivado sin una contrapartida en la economía real, esto equivaldría a contratar un seguro sin tener un coche. ¿Para qué hago esto?

Simplemente para especular, aprovechando el apalancamiento brutal que ofrecen los derivados. Esta especulación ha hecho que los mercados de derivados crecieran exponencialmente desde los años noventa y en la actualidad, la inversión nominal de los derivados supera en varias veces el PIB mundial. Detrás de este hecho, se enmarcan los CDS, los Hedge Funds, los productos estructurados y una patulea de productos cuyo principal fin ha sido extraer renta de los pobres usuarios financieros.

Además, los derivados financieros han sido elementos de “destrucción masiva” como los denominó Warren Buffet, excelente inversor con todo el sentido común. En 2007 y 2008, los productos estructurados y complejos creados por Wall Street (sobre todo los CDS o seguros de impago de deudas) estuvieron a punto de hacer quebrar a una de las más importantes aseguradoras de EE.UU. (AIG). Si no hubiera sido por el rescate del gobierno de EE.UU., esta aseguradora hubiera sido incapaz de pagar las pérdidas por la especulación con los CDS. De haber sido así, la industria de servicios financiera norteamericana hubiera quebrado, como así lo hizo Lehman Brothers. Otros tuvieron que ser vendidos o rescatados en última instancia (Merrill Lynch, Citigroup, Fannie Mae, etc.).

Adicionalmente a lo anteriormente dicho, se debe añadir que el mundo ha vivido una explosión de crédito que ha hundido mucho dinero en promociones y viviendas que, una vez creadas, no aportan nada a la sociedad. Es dinero muerto a la espera de que alguien lo compre (éste era el objetivo fundamental de las promociones: Ser vendidas a un incauto que las comprara en un magnífico pase). Esa asignación de recursos vino fomentada durante los últimos diez años por una política financiera de tipos de interés bajos que, precisamente, España no necesitaba. Pero, en definitiva, eso se hizo y ahora tenemos que pagar por ello.

Superado este problema, el reto del país debe ser crear empresas y riqueza con nuestro trabajo competitivo bien hecho. Las entidades financieras se han subido a ese toro crediticio para aprovecharse de él y, al final, han sido empitonadas por su codicia de nuevo.

En definitiva, la industria financiera se ha sabido adaptar muy bien en este entorno y las consecuencias han sido que:

Ha extraído renta de sus clientes a través de comisiones y productos que no interesaban a éstos. Ha otorgado y se han beneficiado del crédito con codicia a través de su balance y del uso de los derivados. Ha creado productos indirectos (fondos de inversión y fondos de pensiones) que, a largo plazo y en promedio, quitan más de lo que dan.

Han arriesgado y, cuando les ha tocado perder, han creado un riesgo “moral” que no es otro que un rescate para evitar su caída. Cuando ganaban, nunca pensaron en repartir sus ganancias.

Se ha desarrollado una industria especialmente eficaz en la defensa de sus márgenes. En otras industrias, sobre todo en las de transformación, sólo la mejora del producto permite el incremento del margen por la ventaja competitiva o el ahorro de costes. En la industria financiera, los productos financieros han incrementado continuadamente sus márgenes sin incrementar la utilidad de sus clientes. Además, la competencia no ha provocado una lucha por el margen significativa ya que las entidades han sido especialmente hábiles creando nuevos servicios o productos que compesaran la caída de márgenes derivados, sobre todo, de la liberación del mercado a finales de los años ochenta.

Por último, la industria ha jugado un poder de seducción brutal sobre sus clientes. Con el uso de una jerga “sofisticada” intenta demostrar que aporta valor a sus clientes, cuando lo que realmente está haciendo en muchos casos es vender “motos” muy grandes a sus clientes. Las finanzas son sencillas en sí. La perversión del lenguaje y la seudo complejidad de sus ofertas casi siempre tienen el objetivo de marear al cliente y embaucarle para que se sienta satisfecho por lo que adquiere. La engañifla viene más tarde cuando el cliente se da cuenta de lo que efectivamente consigue. Algunos ni se dan cuenta de eso.

Por lo tanto, la industria de servicios financieros debería cambiar sus formas y maneras. Pero puede que no lo hagan porque sus clientes no sepan o no tengan los arrestos para preguntar.

Los servicios financieros deben estar al servicio de los clientes y no al revés. Si los clientes no entienden esto se enfrentan a graves riesgos, siendo el más importante la escasez de ahorro para afrontar una vejez en calma, sobre todo con los sistemas de previsión social en serio declive.

Por todo esto, las acciones que usted tiene para salir adelante pasan por: Preguntar lo que cuesta cada servicio financiero que se adquiere y qué tipos de riesgos conlleva.

Fundamentalmente, se debe preguntar cuándo y de qué manera rescato mi dinero y que gastos anuales me cuesta invertir. La simplicidad de los productos obrará a su favor. Si algo no entiende, pregunte hasta que le quede claro.

Realizar un presupuesto personal de ingresos y gastos y considere qué riesgos personales tiene (quedar desempleado, subida de tipos de interés de mi hipoteca, coberturas personales, accidentes, vida, etc.)

Invertir con una perspectiva de largo plazo. No entre en la ruleta del juego suma‐cero. Piense que a usted le irá bien si las empresas en las que invierte le va bien. Identifique que empresas o proyectos son e identifique de qué van (aunque sea un poco).

No concentrar en riesgo y diversifique entre varias opciones (acciones, bonos, fondos de inversión, inmobiliario, etc.)

Pedir consejo independiente. No se deje embaucar por asesores que dependen de una casa o de la venta de productos.

Considerar que lo que se gana en los mercados financieros no puede ser en promedio superior al 12% anual. Si tiene beneficios superiores de manera temporal, considérelos pasajeros. Todo revierte a la media (lo bueno y lo malo).

Finalmente, tiene que tener clara una cosa: Los mercados financieros no son un casino. Son un lugar donde depositar su patrimonio. Su revalorización a largo plazo será correcta y puede ser una buena manera de mantener su poder adquisitivo si obra con especial prudencia. Los suizos dicen que la banca no hace ricos a sus clientes; son ellos los que saben hacerse ricos a sí mismos. No se debe, pues, buscar en las finanzas un caldero mágico donde depositar dinero y verlo multiplicarse. Para eso, existe el Casino de Torrelodones que, además, es mucho más divertido.

Pablo Gaya Vellosillo
Director General Mirodinero