General Motors advirtió de que había una creciente posibilidad de que se declarase en bancarrota en junio, mientras ejecutivos de Fiat y Chrysler se reunían para completar una alianza que el Gobierno estadounidense considera necesaria para que Chrysler sobreviva. Las acciones de la compañía  perdieron un 28 por ciento, sus bonos cayeron y el coste del seguro de su deuda subió, mientras los mercados comenzaban a descontar una bancarrota que podría destrozar a los accionistas y provocar fuertes pérdidas en otros acreedores, incluso bajo el proceso rápido y "quirúrgico" descrito por responsables estadounidenses.