A principios de los años 90, un célebre banco francés transformó este eslogan en estrategia agresiva de desarrollo. Esa voluntad de prestar “a toda máquina” llevó al venerable establecimiento al borde de la quiebra algunos años después con la recesión, el vuelco del mercado inmobiliario y unas inversiones cuanto menos arriesgadas en el cine o la industria.

Hoy en día, la situación ha cambiado mucho y podríamos reprochar al sector bancario que no financie bastante la economía. Esta vez no es la voluntad lo que falta, sino que es más bien el impacto del refuerzo de las normas de prudencia el que disminuye singularmente la capacidad de los bancos para proporcionar créditos. Por consiguiente, las empresas se han orientado lógicamente hacia el mercado obligacionista para garantizar su financiación. El éxito no se ha hecho esperar entre los suscriptores y Danone, por ejemplo, ha podido obtener recientemente 500 M€ por una duración de 5 años a un interés apenas superior al 1%, mientras que Basf lograba fácilmente 1 Md€ al 2% a 10 años. Los compradores son fondos de renta fija, banqueros privados e incluso particulares que prefieren prestar sus ahorros a las “firmas” conocidas en lugar de dejarlos dormir en los mercados monetarios. Lo irónico es que las distintas reformas pasadas de los mercados de capitales habían excluido progresivamente a todos estos inversores individuales del mercado de deuda.

Para hacer frente a la explosión de sus déficits, los poderes públicos han favorecido ampliamente, desde hace 30 años, el desarrollo de los seguros de vida, un marco fiscal formidable que ha permitido orientar lo esencial del ahorro hacia la deuda estatal. Más allá de esta fiscalidad favorable, el método particular de valoración de los seguros de vida (esencialmente en intereses devengados y no al valor instantáneo del mercado) ha creado sobre todo una atracción magnética hacia un producto “que no baja nunca”. Un movimiento que ha quitado a los inversores finales las ganas de detentar obligaciones de empresas directamente.

El movimiento de balancín se invierte de nuevo, en el momento en que la duda se instala en los espíritus de los ahorradores en cuanto a la solidez de los bancos y a la capacidad de los Estados para reembolsar sus deudas. De repente, los mercados tan desprestigiados desde la crisis financiera recuperan hoy un papel esencial: poner en contacto a los prestatarios y a los prestamistas.

Las empresas que siguen intentando financiar sus inversiones y su crecimiento, así como diversificar sus fuentes de financiación lo han entendido bien. Las sociedades de todos los tamaños disfrutan de ahora en adelante de esta renovación del mercado obligacionista: así, Bollore, Rallye o Plastic Omnium acaban de obtener crédito directamente de los inversores que prefieren ahora la legibilidad de un balance empresarial o de una actividad industrial a la relativa opacidad de las cuentas de un Estado o un banco.

El mercado de las obligaciones “corporate” está hoy en plena mutación en Francia y en Europa. Al ritmo del desinflado de los balances bancarios, éste reduce poco a poco su retraso en el de Estados Unidos, donde el mercado financia más de 2/3 de las necesidades de las empresas. De esta forma, la gama de obligaciones en las que invertir se amplía para gran satisfacción de los inversores en empresas, que recobran “el poder de decir sí” a la financiación de los mejores proyectos. ¡Qué excelente noticia!