En esta orilla del charco, las perspectivas para 2013 son menos inciertas, lo cual no constituye necesariamente una buena noticia. En efecto, la continuación del esfuerzo de consolidación fiscal va a hacer pasar a la zona euro otro año de recesión (hipótesis más probable) o de estancamiento (hipótesis optimista).


La subida de impuestos, la congelación o los recortes salariales, los recortes del gasto público y el aumento del paro van ha seguir ejerciendo una fuerte presión sobre los hogares. De hecho, la caída de la confianza de los consumidores en 2012 y el retroceso de las ventas al por menor durante los últimos 18 meses ilustran bien el descalabro de la demanda interna provocado por el régimen de austeridad presupuestaria, una situación que no parece que vaya a cambiar en 2013.

Los únicos factores alentadores de las últimas semanas proceden de los indicadores de actividad, que parecen haber dejado de deteriorarse desde el final del verano. Parece que la decisión del BCE de asumir la función de “prestamista de último resorte” para los estados miembros de la unión monetaria ha atajado a espiral bajista activa desde principios de 2011, tanto en materia de índices de confianza de los empresarios como de índices de actividad (tipo PMI). Pero no nos llevemos a engaño: parece muy prematuro hablar de “rebote”, y mucho menos de “recuperación” de la actividad en la zona euro. Se trata solamente de una estabilización al nivel actual, que sigue siendo de recesión bastante acusada en el sur de Europa y de estancamiento en el norte.

A diferencia de la Fed en Estados Unidos, el BCE ha terminado el año 2012 sin modificar su política monetaria. Cierto es que anteriormente ha estado bastante activo, con el apoyo aportado al sector bancario (a través de LTRO, inyecciones masivas de liquidez) y luego con la implantación de un programa que impide el desmembramiento de la unión monetaria (gracias a la posibilidad de financiar indirectamente a los estados). Sin duda Mario Draghi y sus homólogos esperan no tener que intervenir tanto en 2013. Quizá este nuevo año, sus intervenciones apunten a palancas más “convencionales” de la política monetaria, con por ejemplo una nueva rebaja del tipo principal de Refinanciación (actualmente en el 0,75%). En cualquier caso, la reciente revisión a la baja de las perspectivas de actividad y de inflación despeja el camino a esa posibilidad: el banco central prevé una variación del PIB de entre un -0,9% y un +0,3% para 2013 (después de un -0,5% en 2012), acompañada de una inflación próxima o inferior a su objetivo (previsión de entre +1,1% y +2,1% en 2013).

Un recorte de tipos por el BCE no cambiaría fundamentalmente la situación macroeconómica en Europa, pero sí que podría contribuir a estabilizar la dinámica de crecimiento y, llegado el caso, a favorecer un fortalecimiento de la actividad en las economías que parecen haber dejado atrás lo más duro del programa de austeridad (Alemania, Italia). En España, en cambio, es muy probable que una nueva vuelta de tuerca de rigor presupuestario amplifique la recesión en la que ya está sumida la península ibérica. En cuanto a Francia, después de retrasar al máximo la cita, finalmente se ha tenido que resignar también ella a imponerse un régimen de austeridad presupuestaria que probablemente sofoque cualquier veleidad de crecimiento en 2013. Pero a pesar de los esfuerzos realizados por los Estados Miembros de la zona euro, los objetivos de reducción de los déficits presupuestarios para finales de 2013 aún parecen imposibles de cumplir. Y no se puede descartar el riesgo de un repunte de las tensiones en el frente de las deudas soberanas, aunque los “cortafuegos” instalados por el BCE en 2012 deberían evitar que la zona euro vuelva a encontrarse al borde del abismo en 2013, como ha sucedido en demasiadas ocasiones durante estos últimos años.