La gravedad de la crisis europea puede analizarse como la conjunción de dos circunstancias incompatibles: unas deudas públicas insostenibles y un sector bancario insuficientemente capitalizado para poder reconocer este importante lastre en sus balances.

La primera parte de la ecuación tiende a empeorar: a modo de ejemplo, Portugal sufre una carga de intereses sobre su deuda que asciende al 4,2% del PIB, mientras que su déficit primario asciende al 1,5% y su economía se contrae un 2%. En consecuencia, Portugal empezará el año 2012 a un 7,7% del equilibrio presupuestario que le permitiría empezar a devolver su deuda. Esta situación afecta a la mayoría de los países europeos, aunque con diferente intensidad, y se agravará con la ralentización económica.

En cuanto a los bancos, su dinámica también es preocupante, ya que para apuntalar sus balances, se esfuerzan por reducir su endeudamiento y minimizar sus riesgos. Con este comportamiento, precipitan el giro económico a la baja y pierden todo el interés por los títulos de deuda pública... La concesión por parte del BCE a finales de diciembre de cantidades masivas de liquidez a tres años y a un tipo del 1% supone para los bancos un bienvenido respiro. Esta esperada iniciativa reduce sus costes de financiación y los libra del riesgo de la falta de liquidez.

Pero no sobreestimemos su alcance: por una parte, la cantidad neta adicional concedida, exceptuando el reciclaje de las líneas de financiación a corto plazo existentes, es tan solo de aproximadamente 180.000 millones de euros, según nuestros cálculos. Y ya solo las necesidades de refinanciación de deuda de los gobiernos en el primer trimestre ascienden a 650.000 millones de euros. Por otro lado, se trata efectivamente de una respuesta al riesgo de liquidez de los bancos, pero en ningún caso de una respuesta a la insolvencia de los estados. La crisis europea no ha perdido, pues, un ápice de su gravedad a comienzos del año 2012.