Lecturas desde el mercado a Biden sobre las nuevas (y peligrosas) tensiones geopolíticas

La cotización de las bolsas y el precio de los bonos parecen operar en modo random en fechas recientes, pero su comportamiento volátil encierra significados de alta precisión sobre el estado del mundo. Porque, detrás de las prospecciones financieras y empresariales de las compañías y de la durabilidad del actual ciclo de negocios post-Covid, con todos los fenómenos, conflictos y valoraciones de mercado que han acontecido desde la Gran Pandemia, la predisposición y los movimientos de los inversores dejan traslucir importantes mensajes sobre el orden mundial y la estrategia que, por ejemplo, modula y forja la Administración Biden como representante de la mayor potencia económica, tecnológica y militar del planeta. Un reciente análisis de la revista Foreign Policy así lo atestigua y revela cinco de esas lecturas del mercado a los observadores de la geopolítica internacional. 

Resulta evidente que los mercados de capitales no tienen la capacidad de resolver todos y cada uno de los grandes interrogantes globales. Ni siquiera, por separado, las dinámicas económicas y sociales del momento. Incluso llegan a distorsionar la realidad -admiten los autores del texto- como cuando el propio presidente de la Reserva Federal en el periodo del cambio del milenio, Alan Greenspan, mencionó su famosa proclama de la “exuberancia irracional” para describir la euforia alrededor de la conocida como la primera generación de firmas puntocom que hicieron estallar la burbuja de Wall Street entre 2000 y 2002 en EEUU -y en 2003 en Europa, sobre todo, en Alemania- y que, de nuevo, parece haber resurgido en los parqués bursátiles en los dos años de pandemia actuales. 

Los abundantes 230 billones de dólares que atesoran los mercados de valores y de bonos hacen preguntarse a fondos y bancos de inversión, pero también a analistas en geoestrategia y política exterior, si la aleatoriedad inversora del momento dirige al mundo en la dirección errónea o en la correcta. En los matices y pormenores que deberá plasmar Joe Biden en su discurso sobre el Estado de la Unión para actualizar la estrategia de seguridad nacional estadounidense al clima de los negocios y de las bolsas en los primeros derroteros del ciclo de negocios post-Covid. Fase confusa, no sólo por las embestidas sanitarias y económicas del Covid-19, sino también por la elevada confusión y las amenazas disruptivas de lo que los expertos en diplomacia global llaman la post-post-Guerra Fría, una etapa en la que los flujos de capital se manifiestan especialmente sensibles a la conflictividad geopolítica y un asunto que debería estar en las agendas de Biden y del resto de líderes internacionales, explicita sin ambages la publicación especializada en política exterior. En la que se destacan cinco acontecimientos volubles, a tenor de la interpretación del mercado; en la actualidad. 

1.- América es todavía el actor dominante. Una versión no completamente obvia en términos democráticos desde el asalto al Capitolio el 6 de enero del pasado ejercicio. Instante en el que se puso en tela de juicio, de manera interna, el liderazgo estadounidense y, externamente, con la debacle del aeropuerto de Kabul tras la salida del contingente militar de EEUU en Afganistán. Las nuevas prioridades exteriores de Biden minaron la confianza en América del resto de socios y aliados. Pero, tras esta doble distorsión, los inversores estuvieron dispuestos a pagar a lo largo del año 21 veces las ganancias de las compañías del S&P500, frente a las 15 veces del Euro Stoxx y las 18 del índice Nikkei japonés. Mientras los bajos tipos de interés sobre los bonos del Tesoro americano sirvieron para capear el temporal, absorber intensos flujos de capital exterior y para revertir en altas recompensas y bajo riesgo el impulso inicial de fugas de inversión generalizadas. 

2.- China continúa con su ‘decoupling’ económico. La segunda mayor economía del planeta sólo representa el 4% del MSCI All Country World Index, el indicador ponderado de indicadores y de activos, esencialmente por las barreras de acceso a su mercado y a sus compañías. La volatilidad de las cotizaciones globales ha ejercido de azote al extraordinario desarrollo económico chino. Por el desigual comportamiento de las cuentas corporativas del país, los estrechos márgenes de beneficios de sus cotizadas y las nuevas y más restrictivas regulaciones sobre el capital foráneo. Una compleja atmósfera a la que se unen los obstáculos de integración financiera del país y con los mercados internacionales. De hecho, incluso con China siendo el PIB que más crece entre las potencias más avanzadas, cada vez depende más de su demanda interna que de las inversiones exteriores o de su sector exportador. Washington prosigue con su estrategia de aumentar la lista de cargos y acusaciones contra un amplio abanico de políticas económicas y financieras de Pekín -desde la horquilla que mueve y controla el tipo de cambio de su moneda hasta quejas oficiales de dumping comercial, entre otras- y de tensión geopolítica -con el apoyo a Taiwán como asunto de mayor enjundia-, pero los mercados reflejan con claridad su interpretación de que China elige su propio camino y tiene músculo suficiente para ir por libre. 

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3.- Rusia se mantiene como potencia regional. Las intensas advertencias occidentales para que el Kremlin retire las tropas que ha desplegado a la frontera con Ucrania y desista de cualquier intento de invasión de su vecino del sur hizo retroceder en casi un 20% el indicador de la Bolsa de Moscú alguna de las jornadas de finales de enero. En el transcurso de la dialéctica prebélica, el precio del petróleo -principal rúbrica exportadora de Moscú- repuntó más por los temores a Ómicron que por posibles disrupciones de suministro calibrados por las opciones de estallido de un conflicto armado. Mientras la cotización de las firmas rusas y el rublo se desplomaban. Aun así, la escalada geoestratégica puede seguir generando no pocas consecuencias sobre los precios energéticos. Sin embargo, los mercados le dicen a Biden que Rusia es una amenaza seria, aunque no global. 

4.- El liderazgo internacional no es lo suficientemente serio para combatir el cambio climático. Mientras se alcanzaba un principio de acuerdo para poner coto al precio del carbón, el 80% de las emisiones de CO2 permanecen sin regulación de topes máximos. Los economistas del FMI sugieren que las potencias industrializadas necesitan aumentar en al menos 73 dólares la carga fiscal por cada tonelada de combustibles fósiles para acelerar la transición energética hacia las renovables. Sin embargo, la presión impositiva promedio sobre los gases con emisiones globales de carbono es de apenas 4 euros. El liderazgo político mundial habla de “crisis existencial”, pero se va a necesitar algo más que retórica convincente para cambiar el designio de los mercados en favor de la sostenibilidad. Transformación que no depende sólo de los criterios ESG que han espoleado los activos durante la Gran Pandemia. Sino también y, sobre todo, de que se empiece a poner precio sobre los carburantes contaminantes.   

El renacimiento de la cotización de los precios energéticos se ha asentado sobre un periodo de infra-inversiones sobre la producción de gas y de petróleo. En parte por la fuerte presión de los capitales verdes para recortar el suministro de combustibles fósiles. Pero, sea como fuere, se ha desatado una preocupación por la desatada demanda global, de un lado, y por la capacidad de suministro a largo plazo, que hace que la sostenibilidad haya encarecido su presencia en el ciclo económico futuro. El actual encarecimiento del crudo, sin embargo, ha tenido mucho más que ver con la rápida recuperación de la demanda que con los intentos fructíferos de la OPEP de dar una vuelta de tuerca a la gestión de la oferta en el mercado. Incluso la escalada del gas en la UE guarda más relación con las limitaciones de los inventarios que con la posibilidad de que el flujo gasístico pueda interrumpirse durante algún tiempo por indicación de Moscú.

5.- El cambio de paradigma tecnológico no ha hecho más que empezar. Los temores a subidas de tipos de interés en las recientes semanas han precipitado la cotización de criptomonedas y de activos tecnológicos, aunque los inversores todavía pagan un premio por Microsoft, Apple y otras bigtechs. Este escenario deja constancia de un exacerbado sentimiento disruptivo entre el accionariado de componente digital, que oscila al alza o a la baja sin remedio. Debido a un cóctel de acontecimientos, desde el teletrabajo, hasta activos aún por debajo de su valor de mercado, inversiones en redes móviles (5G) o los rápidos avances de la Inteligencia Artificial en el modelo de negocio de las empresas. 

Por supuesto, también se ha conjugado la creciente demanda de materias primas y de bienes y servicios industriales, así como productos de consumo, de cuyo éxito empresarial dependerá la apuesta real y efectiva de proyectos de inversión en alta tecnología. El uso telemático y digital va a determinar la evolución del sector privado. Al igual que el Big Data que también forma parte de lo que los economistas describen como factores determinantes en la Revolución Industrial 4.0 para la década en curso. Ante esta tesitura, el mensaje de los mercados a Biden gira en torno a la necesidad de que su administración comprenda los riesgos de ciberseguridad, de garantías a la privacidad, de salvaguardas a la libre competencia y de apoyo a la innovación en sus acciones legislativas y ejecutivas.  

Para ser justos -admiten en Foreign Policy- no siempre los mercados anticipan de forma correcta las amenazas geopolíticas. Hubo una prima de riesgo inversora en las últimas tensiones entre Irán e Israel en el Estrecho de Ormuz, vía obligada de salida del crudo de la Península Arábiga, o en la crisis nuclear desatada por Corea del Norte en los últimos años. Porque calibrar catástrofes nunca es sencillo. Y menos vincularlo a posibles e hipotéticos retornos de beneficios. Aunque, en ocasiones, el análisis correcto está a simple vista y refleja verdades geoestratégicas que desde la Casa Blanca están en la obligación de revisar, sopesar y poner en marcha.