Finanzas públicas saneadas, reformas estructurales, altos niveles de liquidez y auge económico... La deuda emergente ya es una clase de activo protagonista en el universo de la renta fija.

Desde hace 15 años, los países emergentes han acometido ajustes macroeconómicos que, combinados con el auge económico de la zona, les permiten exhibir unas finanzas públicas con una salud excelente que hace palidecer a los países desarrollados, que luchan desde la crisis de 2008 con la necesidad de reducir su ingente endeudamiento, un fenómeno del que Grecia se ha convertido en máximo exponente. Así, según el Fondo Monetario Internacional, la relación deuda pública-PIB se sitúa por encima del 90% en 2010 en los países desarrollados, frente a menos del 40% en los países emergentes.

Por otra parte, los grandes países emergentes han aplicado reformas estructurales durante los últimos diez años que han reducido los riesgos de índole política. Estas reformas han sido a costa de crisis a veces muy graves (México en 1995, Asia en 1997, Rusia en 1998), pero han servido para aprender lecciones.

El saneamiento de los sistemas bancarios y la creación de fondos de pensiones privados también han fomentado el desarrollo del mercado de la deuda en divisa local. Los inversores institucionales internacionales se han sumado a esta tendencia y han aumentado progresivamente su exposición tomando posiciones en deuda exterior (emitida en dólares o en euros), en divisas y, por último, en la deuda emitida en monedas locales. Esta última representa ya la mayor parte del mercado de renta fija emergente (87%, frente al 74% en 1998).