
Por supuesto, la cascada de adjetivos que se le dedica como sustitutivo es en realidad una sustantivación, que convierte el calificativo en categoría.
Digo esto, a raíz de una conversación que escuche al azar hace poco y no precisamente en un barrio marginal:
- “Pero este Elon Musk ¿quién es?”
- “Buf, un gilipoooollaaaaas…” (con perdón).
Y nada más.
Se me quedó la reflexión en la cabeza, porque esto no es un caso aislado, realmente es un patrón de comportamiento humano: ante la dificultad de comprensión... insulto. Vienen bien, siempre, cuestiones superficiales: el tupé, la forma de hablar, las filias...
¿Quién es realmente y por qué suscita esa reacción, canalizada, por ejemplo, en un proceso global de boicot global a Twitter, con lanzamiento incluso de una red alternativa?
Elon Musk y yo nos llevamos apenas unos días de diferencia de edad, lo cual hace que, sin otro motivo, le vea con cierta simpatía. Compañeros de generación, de año… Buena cosecha, me digo inconscientemente.
Desde la distancia, y estando seguro de que hay mil matices que desconozco, es un tío que:
- Ha fundado una fintech que se fusionó con PayPal y desde ahí, ayudó a llevar los pagos digitales a una escala global cuando todavía no existía la idea de “dinero como software”. No inventó el dinero, pero sí contribuyó decisivamente a desacoplarlo del banco tradicional y del espacio físico. Con seguridad en la transacción. Todos usamos o hemos usado PayPal. Funciona de maravilla.
- Entró en Tesla, con los beneficios de PayPal al ser vendida a eBay. En ese momento, era una empresa fundada por los ingenieros Martin Eberhard y Marc Tarpening, con la idea casi naïf de hacer un Lotus eléctrico, y la convirtió en algo radicalmente distinto: un proyecto industrial y sobre todo tecnológico que no solo ha empujado la electrificación del automóvil, sino que ha redefinido el coche como objeto. Tesla no es solo un vehículo eléctrico; es un ordenador con ruedas, permanentemente conectado, actualizable, que aprende. Sobre todo, es el primer experimento serio de conducción autónoma a gran escala, algo que hoy damos por descontado y que hace quince años sonaba a ciencia ficción. Igual quiebra, pero el papel como pionero es incuestionable. Curiosamente, el coche que anda solo es uno de los preferidos por los taxistas. Ahora, creo que andan con camiones… vete a saber.
- Ha creado una empresa aeroespacial; SpaceX, que consiguió lo que durante décadas parecía imposible o, al menos, antieconómico: que los cohetes aterricen solos. No como exhibición estética, sino como condición necesaria para abaratar costes, escalar lanzamientos y convertir el espacio en una infraestructura industrial, no en un ritual científico patrocinado por estados. A todos nos parecía un desperdicio que los cohetes se perdieran o aterrizaran en el mar. A él, también.
- Desplegó una red de satélites dentro de SpaceX que proporciona conectividad a Internet sin necesidad de infraestructura terrestre, ya sea en alta mar, en la montaña o en plena selva, alterando de paso equilibrios geopolíticos y demostrando que la soberanía en comunicaciones ya no es exclusivamente estatal. Al ejemplo de Irán me remito, donde, en plena crisis, ha facilitado conexión gratis a la población, pese a la censura. Dicho de otro modo: conectividad global, incluidos los datos móviles. Ha puesto una guindilla en el trasero a todas las compañías de telecomunicaciones del mundo. Veremos cómo está el sector dentro de unos años.
- Compró Twitter —hoy X—, despidió a la mayor parte de la plantilla, después de mapear la organización y ver muchos puestos de trabajo sin valor añadido, sobrevivió al escándalo, al boicot, a la histeria colectiva, y la plataforma sigue funcionando igual o mejor. Pero no solo eso: introdujo mecanismos de corrección de información (que no control) basados en consenso transversal, algo que, guste o no, ha resultado sorprendentemente eficaz y, sobre todo, fiable. Sin ministerio de la verdad, sin árbitro moral central, sin discurso político: si alguien suelta una manipulación muy fácil de comprar, aparece debajo el facilitador de contexto, danto la información pertinente.
- Está invirtiendo en inteligencia artificial, no desde la torre de marfil académica, sino incrustándola en el flujo real de conversación, con todas sus imperfecciones, contradicciones y asperezas. Grok funciona bastante bien en X.
- Ha entrado incluso en el terreno de la neurociencia aplicada, con Neuralink, un ámbito donde la frontera entre lo posible, lo ético y lo inquietante todavía no está clara.
Y, por si fuera poco, habla abiertamente de Marte no como metáfora, sino como horizonte operativo. No mañana, no pasado mañana, pero sí dentro de una planificación que excede el ciclo político, mediático y empresarial habitual. Es un tío que va muchos años por delante.
Ah, Tesla vale en el mercado bastante más que toda la Bolsa española junta (1,4 billones de dólares, es decir, como el PIB nacional) y está en ciernes la colocación en el mercado de valores de Space X, la de los cohetes.
Con todo eso sobre la mesa, la pregunta vuelve con más fuerza:
¿Qué es Elon Musk?
Sabemos insultarle, y creo no pecar de fanatismo si digo que casi todas las descalificaciones vienen por parte de quien le saca de la zona de confort. El insulto es una solución lingüística de bajo coste, no explica nada, pero cierra la conversación. Rellena la falta de sustantivos. Convierte la cualidad en identidad completa de quien la desconoce. “Es un gilipollas.” Porque despidió gente en Twitter o levantó el brazo. O porque dice que los estados pueden funcionar con muchísima menos estructura. “Es un gilipollas”. Caso cerrado.
No importa lo que haya hecho, lo que esté haciendo o lo que intente hacer. El adjetivo ya se ha sustantivado.
Ese insulto puede sublimarse, como fue aquella campaña de boicot a Twitter, con el lanzamiento de Blue Sky, red en claro declive de actividad después del boom, mientras X va como un tiro.
Todo esto no es nuevo. A lo largo de la historia, cuando alguien se adelanta demasiado, rompe marcos y ridiculiza estructuras que otros consideran intocables, la reacción rara vez es un debate sereno. Antes fue el hereje, el sofista, el loco, el masón. Hoy es el gilipollas, el facha, el friki, el peligro público. El delito no es moral. Es intelectual.
También se ajustició, física o moralmente, a Sócrates, Galileo, Wegener, Pasteur… o a Paco Paramés, cuando decía en 1999 que no invertiría en ninguna puntocom que no facturase y ganase dinero. Los muchachos del barrio le llamaron loco… poco tiempo antes de que se convirtiera en el gestor más rentable de Europa.
La naturaleza humana resulta profundamente irritante. Los que somos conscientes de nuestro escaso talento, pero buscamos al que lo tiene, no tememos admirarlo. Pero, sobre todo, deseamos que sea la gente talentosa quien guíe nuestros destinos. Casi nadie es capaz de adjudicarle un sustantivo a Musk, pero deberíamos cuidamos algo más a la hora de descolgarnos con un adjetivo sustantivado. Ya que entender su figura requiere plantearse cosas, (lo cual supone avanzar como persona), el insulto es una manera estupenda de zanjar la cuestión. Aunque todos sepamos que dentro de 200 años se seguirá hablando de él. Seguramente, no tan mal como ahora.

