
Y resulta que no. La desigualdad no deprime y la ciencia entierra un dogma ideológico muy fuerte. Ahora bien, no hay peor ciego que quien no quiere ver, así que dan igual las evidencias. Pero resulta que el peor enemigo no es la desigualdad, sino la inflación.
La obsesión por redistribuir está enfermando a la gente, no ayudándola.
Figuras como Wilkinson y Pickett han seducido a las masas (y a los políticos) con ideas que pueden parecer incluso razonables —por eso también las han vendido de forma más sencilla— como que cuanta más desigualdad, peor vive la gente.
Un cuento de buenos y malos que justifica toda intervención política bajo el mantra de que la igualdad cura. Pero este nuevo estudio, con una potencia estadística no vista, demuestra que esa esta historia era profundamente ideológica.
Los autores analizan más de 11 millones de personas en 31.433 unidades geográficas, abarcando diferentes países, regiones, contextos políticos y niveles de desarrollo. Además, aplican herramientas técnicas de altísimo rigor.
El resultado de todo esto es una contundente verdad empírica contra la hipótesis de que la desigualdad afecta negativamente al bienestar psicológico. Ni rastro de efecto negativo robusto y generalizado.
Una de las conclusiones más impresionantesdel estudio está reflejado en el gráfico que pongo a continuación. Se analiza el impacto del cambio en el coeficiente de Gini dentro de un país a lo largo del tiempo y cómo esto afecta a la satisfacción vital dependiendo del nivel de inflación. Por simplificar. Cuando hay baja inflación, un aumento de la desigualdadmejora ligeramente la satisfacción vital. Ojo, no es que sea efecto nulo, sino que incluso mejora. En momentos de inflación alta, ese mismo aumento de desigualdad reduce la satisfacción vital.

Fuente: Sommet, N., Fillon, A.A., Rudmann, O. et al. No meta-analytical effect of economic inequality on well-being or mental health. Nature 649, 926–937 (2026).
La interpretación es brutal. La desigualdad no es intrínsecamente mala, pero cuando hay inflación, se percibe como más dolorosa. No porque aumente objetivamente la pobreza, sino porque se erosiona el poder adquisitivo y con él, la percepción de justicia.
Lo que alimenta la mala salud mental es el fracaso de la política monetaria, no la desigualdad.
Hay otra conclusión que me parece impresionante y que desmonta décadas de políticas públicas que han puesto el foco en la igualdad como objetivo en sí mismo. Porque si la desigualdad no afecta negativamente al bienestar en entornos de precios estables, entonces la redistribución pierde su principal justificación emocional.
Es más, si el crecimiento económico mejora la vida incluso en contextos desiguales, como demuestra el análisis, entonces apostar por la redistribución es una tontería.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, basado en el estudio de Sommet, N., Fillon, A.A., Rudmann, O. et al. No meta-analytical effect of economic inequality on well-being or mental health. Nature 649, 926–937 (2026).
Lo que realmente mejora la salud mental es salir de la pobreza absoluta, no que el rico de tu barrio gane menos. De hecho, si tú pasas de 500€ a 2.000€, tu bienestar mejora, aunque el vecino pase de 10.000€ a 1.000.000€. Lo que importa es tu nivel de vida, no la comparación.
Otra —y muy interesante, por cierto— de las grandes aportaciones del estudio de Sommet et al. es que pone en evidencia cómo los estudios anteriores estaban sesgados ideológicamente. Muchos de ellos solo se publicaban si mostraban efectos alarmantes, como un mayor riesgo de depresión en sociedades desiguales. Los datos que no vendían no veían la luz.
Este sesgo de publicación ha creado durante años una ilusión empírica. Parecía haber consenso porque solo se escuchaban los estudios que confirmaban esa tesis. Ahora se demuestra que no. Y el resultado es nítido: no hay efecto generalizado de la desigualdad sobre la salud mental.
Además, el estudio rescata un concepto interesante como el del tunnel effect. La desigualdad, en sociedades móviles, puede verse como una señal positiva. Si ves que otros prosperan, tú también puedes hacerlo.
Lejos de frustrar, esto puede generar motivación y energía. El problema no es que haya ricos, sino que tú no puedas aspirar a mejorar tu situación. Cuando hay movilidad, la desigualdad se convierte en un incentivo, no en una condena.
Ya terminando para no aburrir, quiero resaltar también que el estudio lanza un torpedo a la línea de flotación del pensamiento económico intervencionista. La idea de que el estado debe intervenir para igualar es ahora científicamente más débil (por no decir destruida). Es más, en términos emocionales o de salud mental, es una pésima política. Peor aún, incluso puede estar tapando el verdadero problema, que es el encarecimiento de la vida por culpa de políticas monetarias laxas, deuda pública desbocada y gasto improductivo. Amén de bajadas artificiales de tipos de interés.
La inflación —no el mercado libre— es el verdadero enemigo del bienestar. Pero curiosamente, quienes más hablan de igualdad suelen ser los mismos que toleran o provocan la inflación con sus políticas de gasto masivo.
Este estudio no sugiere que debamos abandonar a los pobres. Al contrario, señala que habría que erradicar la pobreza absoluta. Pero no con subsidios o controles de precios —que empeoran la inflación—, sino creando condiciones de crecimiento real, inversión, productividad y libre competencia.
Menos redistribución, más oportunidad. Menos burocracia, más emprendimiento. Menos política, más mercado.
A ver si algún político lee esto: si quieres una población más feliz, protege su poder adquisitivo, no su ego comparativo.
Cada vez es más difícil, hasta de parte de la salud mental, justificar el hiperestado. “Our results suggest that income inequality does not exert a consistent and generalized detrimental effect on subjective well-being or mental health.”
No es la igualdad lo que cura. Es libertad, estabilidad y crecimiento. El resto es ideología.
Mi agradecimiento al psiquiatra Dr. Pablo Andrés Camazón por facilitarme el texto del artículo.

