
La guerra vuelve a escribir su relato en los mercados. A miles de kilómetros de los parqués financieros europeos y americanos, el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán ha devuelto al petróleo al centro de la escena económica mundial. Esta semana el barril del crudo de referencia global, el Brent Crude Oil, se ha movido de nuevos en los 100 dólares después de que Irán intensificara sus ataques contra infraestructuras energéticas y buques en la región. La amenaza de interrupciones en el suministro a través del estratégico Strait of Hormuz —por donde circula una parte esencial del petróleo que consume el mundo— volvió a encender las alarmas. Al mismo tiempo, el crudo estadounidense West Texas Intermediate también subía con fuerza, reflejando el temor de los mercados a que el conflicto se prolongue y mantenga tensionada la oferta energética global.
Sin embargo, los mercados financieros rara vez reaccionan de forma lineal. Mientras el petróleo escalaba posiciones, las bolsas intentaban recomponerse. En Estados Unidos, el índice S&P 500 logró rebotar tras apoyarse en la zona de soporte de los 6.600 puntos. No fue tanto una señal de mejora económica como un cambio en el sentimiento inversor. La moderación temporal del petróleo y la entrada de capital en niveles técnicos clave permitieron a Wall Street respirar. Indicadores de amplitud muestran que una parte importante del mercado sigue cotizando por encima de sus medias de medio y largo plazo, lo que da cierta consistencia al rebote. Y en ese movimiento de capital hay una dirección clara: el dinero, dentro del propio mercado estadounidense, vuelve a concentrarse en las grandes tecnológicas que dominan el índice Nasdaq 100.
Ese desplazamiento del capital no es casual. En el fondo, los inversores siguen mirando más allá de la guerra y del petróleo hacia la gran narrativa tecnológica de esta década: la inteligencia artificial. La carrera por dominar la IA se asemeja cada vez más a unos Juegos Olímpicos geopolíticos entre Estados Unidos y China. Las compañías estadounidenses —como NVIDIA, Google o Meta Platforms— lideran el desarrollo de modelos avanzados y el despliegue de grandes infraestructuras de centros de datos. China, por su parte, ha optado por un enfoque distinto: modelos más eficientes y de menor coste, capaces de competir en mercados emergentes con menor inversión. Pero más allá de quién gane esta carrera, los inversores empiezan a fijarse en los cuellos de botella del sistema: semiconductores, redes ópticas, energía o centros de datos, los verdaderos pilares físicos de la revolución digital.
Mientras tanto, en Europa, y particularmente en España, el impacto del conflicto y del petróleo se filtra de manera más matizada en la bolsa. El Ibex 35 ha vivido episodios de volatilidad, pero también ha mostrado que algunos valores pueden resistir incluso en escenarios de tensión energética. Entre ellos destaca Enagás, cuya red de infraestructuras de gas y regasificación la convierte en una pieza clave para la seguridad energética del país. También sobresale Sacyr, cuyo modelo concesional proporciona ingresos previsibles incluso en ciclos turbulentos. Y en un entorno de materias primas más caras, gigantes industriales como ArcelorMittal pueden incluso beneficiarse de su capacidad para trasladar costes al precio final del acero.
En realidad, el comportamiento de estas compañías refleja un cambio más profundo dentro del tejido empresarial del sector industrial y de infraestructuras. El tradicional sector de materiales, industria y construcción —donde conviven empresas como Acerinox, Aperam o CIE Automotive— sigue siendo muy sensible al ciclo económico, al precio de la energía o a la evolución del dólar. Sin embargo, muchas compañías han aprendido a sobrevivir en entornos complejos diversificando negocios, reforzando balances y apostando por actividades con ingresos más estables. En construcción, por ejemplo, empresas como Ferrovial, ACS, FCC o Acciona han dejado de ser meras constructoras para convertirse en gestoras globales de infraestructuras, energía y servicios.
Pero no toda la resistencia proviene de los grandes grupos industriales. En la bolsa española también existen negocios más silenciosos, menos expuestos a las sacudidas del comercio global. Empresas como MERLIN Properties, Laboratorios Rovi o Ebro Foods basan su estabilidad en la demanda doméstica y en productos esenciales. A ellas se suman compañías de servicios regulados como Redeia o promotoras residenciales como Neinor Homes, cuyos ingresos dependen mucho más de la economía local que de las rutas comerciales internacionales.
En ese mismo proceso de transformación se mueve también el sector farmacéutico español. Por ejemplo, la empresa Reig Jofre atraviesa una transición estratégica hacia la biotecnología. Tras un año marcado por inversiones y ajustes productivos, la compañía busca ahora posicionarse en el desarrollo de biosimilares y productos biotecnológicos de mayor valor añadido. La apuesta refleja una tendencia global: la industria farmacéutica se desplaza progresivamente hacia modelos más científicos y tecnológicos, donde la innovación pesa tanto como la producción.
Y, en paralelo a todas estas historias empresariales, hay un activo que vuelve a ganar protagonismo cada vez que la incertidumbre se intensifica: el oro. Paradójicamente, el conflicto no altera la lógica que impulsa su precio; más bien la refuerza. Cuando la inflación se acelera por el encarecimiento de la energía y los bancos centrales tienen menos margen para subir tipos, los rendimientos reales de los activos financieros tienden a comprimirse. En ese contexto, el coste de oportunidad de mantener oro disminuye y su papel como refugio se fortalece. A ello se suma otro factor estructural: las guerras rara vez se pagan con impuestos inmediatos, sino con deuda pública creciente, lo que alimenta la percepción de inflación futura.
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