
Ambos comparten una misma misión estratégica: asegurar el suministro de minerales esenciales para la transición energética y la industria tecnológica global. Bienvenidos a la nueva carrera por África.
Lobito: el corredor occidental que mira al Atlántico
El llamado corredor ferroviario de Lobito representa una de las apuestas más ambiciosas del bloque occidental. Con una inversión estimada de hasta 6.000 millones de dólares y una finalización prevista para 2030, el proyecto contempla cerca de 1.700 kilómetros de vías destinadas a transportar cobre y cobalto desde la República Democrática del Congo y Zambia hasta el puerto angoleño de Lobito.
El plan no parte de cero. Se trata en gran medida de modernizar líneas existentes y ampliar infraestructuras para elevar la capacidad anual hasta 4,6 millones de toneladas métricas. El objetivo es claro: reducir la dependencia de cadenas logísticas dominadas por Asia y garantizar que minerales estratégicos lleguen a Europa y Estados Unidos con mayor rapidez y menor riesgo geopolítico.
La financiación procede en gran parte de capital estadounidense y europeo, combinando inversión pública, apoyo institucional y participación privada. El mensaje político es evidente: Occidente quiere recuperar terreno en África tras décadas de presencia dominante china.
TAZARA: la ruta oriental con sello chino
En dirección contraria se sitúa la rehabilitación del histórico ferrocarril TAZARA, una línea de 1.860 kilómetros que conecta Zambia con el puerto de Dar es Salaam, en Tanzania. Construido originalmente con apoyo chino en los años setenta, este corredor vuelve a situarse en el centro de la estrategia asiática.
La inversión prevista ronda los 1.400 millones de dólares y busca incrementar la capacidad hasta 2,4 millones de toneladas anuales. Para Pekín, la ventaja es doble. Por un lado, consolida una infraestructura que ya forma parte de su esfera de influencia. Por otro, garantiza tiempos de navegación más cortos hacia los mercados chinos y del sudeste asiático.
China no solo financia. Sus empresas participan en la exploración, construcción, operación y transporte de los minerales, ofreciendo un modelo integral que ha demostrado rapidez de ejecución y coordinación técnica.
Los minerales estratégicos, el verdadero botín
El trasfondo de esta competencia es la explosión de la demanda global de minerales críticos. El cobre resulta imprescindible para redes eléctricas y vehículos eléctricos. El cobalto es esencial para baterías de alto rendimiento. El hierro de alta calidad alimenta industrias clave para infraestructuras y fabricación pesada.
África concentra algunas de las mayores reservas mundiales. La República Democrática del Congo produce más del 70% del cobalto global y posee enormes recursos de cobre. Guinea alberga el gigantesco yacimiento de hierro de Simandou, que alcanzará una capacidad de 120 millones de toneladas anuales y cuyo desarrollo ha sido revitalizado gracias a inversión china tras años de parálisis bajo operadores occidentales.
Dos modelos de influencia en competencia
Las potencias occidentales suelen apostar por estructuras de financiación mixtas, con operadores privados y asociaciones público-privadas que distribuyen riesgos. En foros como la conferencia Mining Indaba celebrada en Ciudad del Cabo, representantes estadounidenses han promovido garantías de compra y apoyo financiero para incentivar nuevas explotaciones.
China, en cambio, ofrece un enfoque más integrado y directo. Sus empresas estatales o vinculadas al Estado participan en todas las fases del proceso, desde la mina hasta el puerto. Este modelo reduce la fragmentación y acelera la ejecución, aunque ha generado debate sobre el equilibrio real de beneficios para los países africanos.
A diferencia del periodo colonial, los países africanos disponen hoy de mayor margen de decisión. Pueden negociar condiciones, exigir transferencia tecnológica y maximizar ingresos fiscales.
Si gestionan adecuadamente esta competencia entre potencias, podrían beneficiarse de mayores inversiones, empleo y desarrollo de infraestructuras.
Sin embargo, persisten desafíos estructurales. Falta de coordinación política, marcos regulatorios inestables y problemas de gobernanza pueden debilitar la posición negociadora. La historia demuestra que la abundancia de recursos no garantiza prosperidad si no va acompañada de instituciones sólidas.
¿Hay espacio para todos?

