La compañía está prácticamente sola en el mercado de la dependencia tecnológica emocional, pero hay muchas dudas sobre su capacidad disruptiva. A pesar de ello, la incertidumbre no está en su potencial de rentabilidad.

Apple

A falta de otras noticias, el hit de los últimos días ha sido la capitalización de un trillón de dólares lograda por Apple en Wall Street. Se trata de un hito que sitúa a la compañía de Cupertino en una escala inalcanzable para otras compañías globales, aunque su utilidad – como tantas otras cosas – es sólo simbólica, y, además, sujeta a fluctuaciones en función de distintas condiciones.

No es el propósito de este artículo profundizar en los aspectos financieros de esta noticia, ni lo es, tampoco, inundar sus líneas de comentarios grandilocuentes acerca de la evolución del valor estrella del mercado tecnológico, en comparación con otras compañías de su sector. Haber alcanzado un valor bursátil de tal magnitud no era algo que fuera a sorprendernos demasiado de Apple, lo mismo que podría haberse producido con alguno de los otros componentes del quinteto de oro de las TI (Amazon, Alphabet, Microsoft, y, en menor medida, Facebook). La cuestión que cabe preguntar es si este mastodóntico atractivo está (y estará) sustentado por una capacidad sostenible para crecer y generar valor.

De entrada, y para no generar confusiones (y evitar relajamientos), Tim Cook ya dejaba claro el jueves, en la nota de felicitación enviada a sus empleados, que el valor de Apple no descansaba solamente en su cotización bursátil, sino en capacidad para innovar y colocar en primer plano a sus productos, sus clientes y sus valores.

Y bien, ¿Qué sombras pueden verse en la compañía californiana mientras sus directivos e incondicionales están descorchando botellas de champán estos días? Para empezar, las vicisitudes de sus productos. De acuerdo con los últimos resultados trimestrales, Apple estaría salvando la papeleta bastante bien con las ventas del iPhone, pero no tanto con el Mac, del que se habrían despachado menos unidades que en el período anterior (victima, aparentemente, de su falta de actualizaciones). No se puede negar el éxito del iPhone X, el modelo más vendido a pesar de su alto precio, el momento de su ciclo y su, para muchos, difícil coexistencia con el modelo 8, lo que demuestra hasta qué punto funciona bien para Apple la persistente atracción y demanda de fidelidad que ejerce sobre los entusiastas que pagan, y seguirían pagando sin límite aparente, lo que fuera por ellas.

Pero este no es el punto más importante. Apple, en suma, funciona y seguirá funcionando maravillosamente bien – y rompiendo una y otra vez récords de resultados - como fabricante de productos de consumo; o, más bien, como creador de paradigmas nuevos en el mercado doméstico y/o profesional. Pero es discutible que esa proyección se dé también en el mundo de la empresa (a cuya puerta lleva tiempo llamando, con éxito relativo), y, sobre todo, en el mundo de las innovaciones clave que vienen, reclamadas por la era de la transformación digital, las cuales se centran en los servicios en la nube, la inteligencia artificial, la revolución del transporte autónomo y de los dispositivos inteligentes, los contenidos audiovisuales…. todas apoyadas en el gran tesoro de nuestro tiempo tecnológico: la posesión, uso e interpretación de los datos, como herramienta para la mejora de los procesos empresariales y de la experiencia de usuarios y consumidores; unos consumidores cada vez menos dependientes de dispositivos concretos y más demandantes de que “alguien” lea sus intenciones, examine sus gustos y le facilite la vida, salvaguardando además su privacidad.

La inteligencia de los datos es uno de los grandes retos y asignaturas pendientes de Apple. Para otras compañías también, a juzgar por los recientes escándalos a propósito de la privacidad de sus usuarios, pero para los de la manzana (que, precisamente por lo apuntado, tal vez se auto restringen en el uso de la información que generan sus usuarios), su aparentemente débil estrategia y apuesta en este campo le puede estar retrasando en una carrera por la que todos los grandes jugadores de la escena de las TI están pugnando desde hace tiempo, en un contexto que podría estar apuntando al declive de los smartphones y tabletas, tal como los conocemos. Apple se ha dado cuenta de ello, y para pocos ha pasado desapercibido el fichaje, en abril de este año, de John Giannandrea, ex jefe de inteligencia artificial de Google. ¿Este movimiento, todo un golpe en la mesa de su eterno rival en el mundo de los smartphones, pasará de ser un mero golpe de efecto? Habrá que verlo.    

Apple se ve extraordinariamente grande como para sufrir ningún daño por las tendencias y la competencia… porque simplemente están virtualmente solos en el mercado global de la dependencia tecnológica-emocional. Y los fans y los analistas ayudan. Hasta el presidente Trump prometió recientemente que los iPhones ensamblados en China no tendrán que pagar el 25% de aranceles que exigiría al resto de productos procedentes de aquel país.

Todo seguirá igual probablemente, pero eso que llamamos mercado tecnológico (incluyendo el de la empresa, tan difícilmente separable ya de el del consumidor) está exigiendo no sólo innovación, sino disrupción en el mundo de la inteligencia de la información y de los servicios digitales. Apple ha logrado sorprender muchas veces, pero no tenemos muchos signos (simplemente, no los conocemos) de que la compañía continúe haciéndolo en un futuro.

Mientras tanto, ahí está su trillón de dólares.