No cabe duda de que los países del G-20 se han apoyado en los bancos centrales durante demasiado tiempo y deberían seguir adelante adoptando políticas fiscales sensatas si desean un crecimiento sostenible.
 
Hubo un momento hace un par de semanas cuando algunos comentaristas exagerados dijeron estábamos a punto de precipitarnos en otra crisis financiera. Las acciones de los bancos habían caído, los inversores temían que la economía se dirigiera a otra recesión y Japón sorprendió a todo el mundo adoptando tipos de interés negativos.  Esto se produjo hace escasamente dos meses, en un año en el que el mercado chino  ha colapsado, los precios del petróleo han descendido a nuevas profundidades, se ha debatido acerca de una nueva recesión en Estados Unidos y todo el mundo, tanto en los mercados financieros, como los dirigentes políticos, miran a los bancos centrales para que solucionen el problema.
 
La OCDE puso más malas noticias sobre la mesa cuando redujo más de lo que se pensaba el crecimiento económico mundial para este se año, situándolo al 3%. La organización con sede en París también instó a los líderes políticos a no confiar únicamente en sus bancos centrales para impulsar la débil demanda. Los agoreros son demasiado pesimistas, pero la OCDE tenía toda la razón. Desde la crisis financiera, una parte desproporcionada de la responsabilidad de relanzar de nuevo la economía global ha recaído sobre los hombros de los bancos centrales. Reuniones convocadas de manera urgente  por los líderes globales motivadas por la crisis condujeron a algunas políticas valientes. Pero desde entonces,  el impulso se ha debilitado. Los bancos centrales han recortado de forma adecuada los tipos de interés y han puesto en marcha programas de flexibilización cuantitativa. Muchos están instando ahora a los bancos centrales a renovar estos impulsos adoptando un ‘helicóptero monetario’ donde el nuevo dinero que se imprima se entregue directamente a los consumidores. Seguro que esto impulsaría la demanda, pero no solucionará el problema.
 
La eficacia y sensatez de estas políticas está siendo ampliamente cuestionada en la actualidad. Pero estos críticos (incluyendo a los políticos) no quieren darse cuenta de que las políticas monetarias de los bancos centrales deberían actuar al mismo tiempo que las políticas fiscales y de estímulo  de los gobiernos. Ahora es el momento de dar el último paso.
 
Un buen comienzo para las autoridades políticas sería rebajar los impuestos. Estos recortes deberían ir encaminados hacia las rentas más bajas, dado que este grupo tiende a gastar de forma más inmediata. Recortar los impuestos o aumentar los créditos fiscales distorsionaría la economía menos que otras políticas. O los gobernantes podrían también estimular sectores específicos como, por ejemplo, recortando el IVA de determinados artículos o impulsando el consumo discrecional.
 
Aumentar el gasto en infraestructuras puede incrementar los ingresos a nivel nacional más que los costes iniciales. También ayudaría a apoyar el crecimiento futuro. Es vital que el gasto en infraestructura sea hecho con una visión a largo plazo. Los gobiernos pueden aprovechar los tipos de interés ultra bajos para financiar los proyectos que necesitan mucho capital. Dado que tienen una posición de liderazgo pueden también animar a las compañías y consumidores a gastar, ya que en la actualidad están acumulando efectivo.  También podrían hacer más en el mercado laboral. Una medida que ayudaría sería financiar programas que reciclen a los desempleados y que les hagan adaptarse  más activamente a los vacantes disponibles.
 
Aquí en Reino Unido somos muy conscientes de que la vivienda nueva que se está construyendo no es suficiente.  Sin embargo, no somos los únicos y otros países necesitan más vivienda nueva. La eliminación de barreras para la construcción de viviendas nuevas ayudaría a estimular la economía, y a largo plazo, reduciría los costes de construcción si se hace a una escala lo suficientemente grande. 
 
Desafortunadamente, no hemos visto la  la acción que esperamos después de la reunión del G-20. Aumentar el gasto en proyectos de capital a largo plazo es un anatema para muchos partidos políticos del mundo desarrollado que han iniciado una gran cantidad de acciones en base a la idea de que la austeridad por sí sola devolverá la salud financiera a nuestras economías. No lo hará. Necesitamos acción y el gasto puede ser la única manera de salir de este malestar general.
  
Martin Gilbert, consejero  delegado de Aberdeen Asset Management