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Al mismo tiempo, los rendimientos de los bonos soberanos han repuntado con fuerza tanto en Europa como en Estados Unidos, aumentando el coste de financiación de los Estados y generando preocupación entre los inversores institucionales.

A esta presión se suma el fuerte aumento de la demanda energética vinculada a la inteligencia artificial y a la construcción de centros de datos. Aunque las renovables y el almacenamiento ganan peso, el documento señala que el gas, el carbón y otros combustibles fósiles seguirán siendo necesarios para cubrir una parte importante del crecimiento de la generación eléctrica. Europa aparece especialmente expuesta por sus bajas reservas de gas, su dependencia del gas natural licuado y unos precios energéticos muy superiores a los de Estados Unidos. Esta situación ya está provocando salidas de fondos de renta variable y una mayor rotación de carteras hacia sectores considerados más defensivos frente al actual entorno.

En este contexto, el sector energético está despertando un creciente interés entre los inversores. Los fondos de cobertura han incrementado notablemente su exposición a las compañías de energía, mientras que las mayores tensiones no se concentran tanto en el petróleo crudo como en productos refinados como el diésel, la gasolina y el combustible para aviones, cuyas existencias siguen en niveles reducidos. El texto plantea que las oportunidades podrían encontrarse precisamente en aquellas áreas de la cadena energética donde persisten la escasez, los cuellos de botella y una capacidad limitada de respuesta, en un momento en el que los sectores de petróleo y gas mantienen una tendencia bursátil positiva tanto en Europa como en Estados Unidos.