Ha pasado ya una década desde que los mercados emergentes se convirtieron en una clase de activo clave dentro de la industria de gestión de activos y hay varias razones para ello. 

En primer lugar, la evolución demográfica ha sido y está siendo favorable para los países emergentes, sobre todo, en términos de edad. La población joven está emigrando a zonas urbanas en busca de oportunidades de empleo, lo que constituye un ingrediente esencial para la modernización y la productividad. Asimismo, las reformas realizadas para fomentar el crecimiento e imponer una disciplina fiscal y monetaria, han sido fundamentales para aumentar el PIB real per cápita, pero también para mitigar los efectos de la inflación de los alimentos en los gastos de los hogares.

Además, los mercados emergentes cuentan ahora con un amplio historial en lo que respecta a las emisiones de bonos en moneda extranjera. A ello hay que añadir que durante la última década, las mejoras en sus fundamentales macroeconómicos y estructuras institucionales han permitido que los bancos centrales de estos países aumenten significativamente sus reservas de divisas y puedan emitir grandes cantidades de bonos en moneda local. Sin embargo, el tamaño del mercado de deuda emergente todavía es relativamente pequeño en comparación con su contribución al PIB mundial, lo que apunta a que aún tienen un gran potencial tanto en términos de tamaño de mercado, como de valoración.

En este contexto, la demanda de bonos en moneda local ha sido particularmente fuerte por parte de los compradores nacionales, como los bancos locales, compañías de seguros o planes de pensiones, que experimentan una rápida expansión. Pero, las políticas fiscales y monetarias también estimularon la demanda de los inversores extranjeros. Desde la perspectiva de los gobiernos y las instituciones de estas regiones, la emisión de deuda en divisa local ha reducido la exposición a los riesgos externos, así como ha permitido abordar los desequilibrios de financiación.

La crisis financiera mundial demostró que estos mercados todavía eran dependientes del capital extranjero para financiar su desarrollo de infraestructuras y el crecimiento económico. Debido a que aumentó la aversión al riesgo, el capital fluyó en búsqueda de seguridad hacia los bonos del Tesoro de Estados Unidos. Y como consecuencia, la diferencia entre la rentabilidad de los bonos de mercados emergentes y los bonos del Tesoro se amplió para reflejar este aumento de los riesgos. Sin embargo, cuando la crisis se intensificó con el colapso de Lehman Brothers en septiembre de 2008, las finanzas de los países emergentes se mantuvieron robustas y sus mercados no mostraron los problemas que habría podido esperarse. Asimismo, fueron capaces de sacar ventaja cuando regresó el apetito por el riesgo a principios de 2011 y lograron refinanciarse a tasas razonablemente bajas.

Las grandes salidas de dinero de estos mercados se produjeron, por el contrario, durante la ola de ventas del año pasado, procedentes en su mayoría de ETF y fondos de inversión. Los inversores minoristas y los fondos de fondos son extremadamente sensibles a la evolución de los mercados. Vamos a llamarlo "dinero volátil". Por el contrario, los inversores institucionales piensan en términos de asignación estratégica y cuentan con una perspectiva a largo plazo. Vamos a llamarlo "dinero estable".

El dinero volátil representa menos del 20% de la deuda de mercados emergentes, mientras que el resto está en manos de inversores estables. Y actualmente, el mercado disfruta de una posición robusta y sólida. La demanda institucional no ha disminuido, mientras que la salida del dinero volátil ya se registró durante en 2013. Estas circunstancias, combinadas con unas valoraciones más atractivas y unas cuentas externas menos desequilibradas, nos llevan a creer que a estos mercados les queda aún mucho camino por recorrer.

Y vemos mayor potencial en las emisiones en moneda local, ya que algunas divisas ofrecen tipos de interés reales elevados y baja volatilidad, todo ello en un contexto de baja participación extranjera en la deuda pública y de voluntad de las autoridades para impulsar reformas que fomenten la mejora de la productividad y saneen los presupuestos. Además, las rentabilidades que ofrece la deuda de los países emergentes es mayor que la de los mercados desarrollados. De media, el rendimiento real de los bonos a 10 años en estas regiones es del 1,46%, mientras que en EEUU es sólo del 0,62% (ajustado el efecto de la inflación en el periodo 2009-2015).