
El ejemplo de esta semana es perfecto. El Gobierno habría desviado otros miles de millones de fondos europeos (8.500, dice El Mundo), teóricamente destinados a competitividad, transición industrial o modernización, algo que empieza a sonar a cháchara buenista, para pagar pensiones e Ingreso Mínimo Vital. Es decir: dinero concebido para fortalecer la economía termina absorbido por gasto corriente estructural.
Esto es la fotografía exacta de Europa y las soluciones de politicastros: fabricar redes clientelares con cargo a no se sabe muy bien qué. A los impuestos y a la deuda. La elegía impositiva que hay es dramática. Se pintan los inagotables impuestos como algo bondadoso y caritativo, cuando se han convertido ya en una maquinaria coercitiva de confiscación no ya de nuestra prosperidad, sino de nuestra vida misma. Un tobogán hacia la pobreza igualitaria. Eso sí es terminar con “la desigualdad”.
La deuda ya no se usa para financiar el crecimiento, sino para sostener el tinglado.
Las pensiones se revalorizan automáticamente aunque las cuentas no cuadren; ni ganas de mirarlas. Se multiplican subsidios, rentas garantizadas y estructuras administrativas mientras el aparato público sigue creciendo hasta cifras mastodónticas. España ya supera ampliamente los tres millones y medio de empleados públicos mientras cientos de miles de personas opositan buscando que les mantenga el estado, como único objetivo. El dinero es lo de menos, siempre hay.
El problema es que el sistema ya parece diseñado para albergar a todo y a todos, lo cual sólo garantiza una cosa: pobreza.
Al otro lado, evidentemente, aparece una Hacienda absolutamente agresiva, desesperada por recaudar, con sus inspectores bien bonificados. Lees la prensa y cada semana surge una nueva medida, un nuevo control, una nueva vuelta de tuerca recaudatoria. Ayer mismo era la negativa a aliviar el IVA trimestral a autónomos. Otro día son embargos más rápidos. Otro, más obligaciones de información en tiempo real. Otro, que no valen determinadas deducciones… El mensaje de fondo siempre es el mismo: el Estado necesita más y tú no tienes derecho a lo tuyo.
Esto es parte del problema europeo pero el otro es el miedo a reformar.
Reformar implica decir cosas desagradables y a continuación, implementarlas. Supone decir que no toda prestación es universal. Que el estado no puede absorber cada vez más espacio económico sin deteriorar aquello que lo sostiene. Que no se puede pretender cobrar un sueldo público si no existe realmente la necesidad, la rentabilidad. Y, por supuesto, tampoco es de recibo la garantía del mismo.
Pero, sobre todo, reformar implica perder poder, ya que conlleva la reducción de estructuras, cargos, redes clientelares y ámbitos de control político. Significa devolver soberanía al individuo, algo a lo que se ha renunciado de una manera dramática.
La Biblia, ese gran catálogo de actitudes humanas, lo recoge en el caso del plato de lentejas: la gente prefiere vender su vida por un puñado de legumbres.
La deuda tiene una ventaja extraordinaria desde el punto de vista político: aplaza el coste. Cada reforma genera perjudicados visibles hoy, mientras la deuda genera perjudicados difusos mañana, normalmente vía inflación, menor crecimiento o empobrecimiento gradual. Es tan absurdo (y tan humano, claro) como preferir que una enfermedad avance porque la medicina sabe mal. Como el drogadicto que, en lugar de pasar el mono, prefiere otro chute.
Eso es exactamente lo que parece estar haciendo Europa con mención especialísima a España, que llama derechos sociales al tobogán a la pobreza.
El problema es que las matemáticas no negocian. Son incontables ya las advertencias de expertos económicos que señalan que la crisis de deuda es ingestionable, de la misma manera que todo aquel que sabe sumar dice que las pensiones no son sostenibles.
Una de mis frases favoritas, que uso a menudo, es la que pronuncia el jefe de John Travolta en Fiebre del sábado noche, cuando este quiere gastarse todo el dinero y el jefe le recomienda ahorrar para el futuro.
¡Que se joda el futuro!
Hijo, no puedes decir que se joda el futuro, porque el futuro viene y te jode a ti.

