“Los expertos frecuentemente tienen más datos que juicio”. Colin Powell
 
¿Qué tienen en común Harry Markowitz y George Akerlof, además de ser ambos reputados economistas merecedores del Premio Nobel de Economía?

De acuerdo a su propio reconocimiento, recogido en un artículo publicado por Los Ángeles Times hace algunos años, el que -siendo ambos especialistas en temas económicos- fueron ineficientes en el diseño de la planeación de ahorro para su retiro.

En el caso de Markowitz, siendo el padre de la teoría moderna del portafolios, al planear la inversión para su retiro utilizó una muy simple y rudimentaria versión de sus propias teorías; dividiendo la mitad en un fondo de acciones y la otra mitad en un la inversión conservadora y de bajo rendimiento.

Akerlof, quién ganará el premio por su modelo de información asimétrica para entender el comportamiento de mercados cuando quienes compran y quienes venden no tienen la misma información, canalizó sus inversiones para el retiro a productos financieros de muy bajo retorno.

¿Por qué con el conocimiento que ambos claramente tienen tomaron decisiones, si no malas, por lo menos no plenamente eficientes? Y más allá de ello, si este par de expertos tomaron decisiones inadecuadas, ¿qué podemos esperar de nuestra capacidad de decisión financiera quienes con mayor o menor conocimiento de los temas, no tenemos un Premio Nobel que nos respalde?

Son muchas las explicaciones que se han dado a este fenómeno pero me referiré particularmente a dos temas que, si entendemos su impacto concreto, pueden ayudarnos a mejorar en algunos casos nuestra capacidad de decisión.

En primer lugar, conviene destacar la diferenciación que hace Dr. Itiel Dror, entre tipos de conocimiento. En su colaboración “La Paradoja de la Pericia (expertise) humana. Por qué los expertos se equivocan”, el Dr. Dror apunta que existen dos clases de conocimiento. El primero es el relacionado con el “qué” de las cosas; nos permite entender la naturaleza de los fenómenos, sus características y relaciones y de él se deriva una conceptualización de los fenómenos que estudiamos.

El segundo es el conocimiento del “cómo”; centrado más en un entendimiento de los procesos y condiciones que permiten que las cosas y los fenómenos funcionan de una manera determinada. Este segundo se trata con frecuencia y un conocimiento más práctico.

Tratándose de temas financieros, esta distinción es relevante. Un avanzado nivel de un tipo de conocimiento sobre un tema, no necesariamente garantiza tener un nivel igualmente elevado en la segunda forma de conocimiento.

Claramente los dos premios Nobel antes mencionados tenían un conocimiento profundo de “él que” de los fenómenos que estudiar; siendo débiles en cuanto al conocimiento procedimental que les permitiera, en primera persona, traducir esos conceptos mejores decisiones (el cómo) para su conducta financiera.

Un segundo elemento importante se refiere a la capacidad que tenemos las personas para procesar información. Cuando se trata de un experto abordando un tema determinado, se puede recurrir a un análisis detallado de múltiples factores que pueden incidir en la decisión; pero tratándose de temas puntuales financieros, estos datos con frecuencia nos presentan información no coincidente, lo que nos obliga a hacer un ejercicio de discriminación, con frecuencia eliminando toda la información que no se ajuste a nuestro modelo de explicación.

Pero cuando se trata de decisiones cuyo impacto es personal, el proceso no es tan simple. En escenarios donde las personas nos saturamos de información por nuestra percepción o sesgos de conducta, podemos descartar información que si es relevante o caer en “parálisis por análisis”, evitando tomar cualquier decisión o postergándola hasta que afectamos su eficacia.

De ahí que uno de los ejercicios que se recomiendan para disminuir este potencial efecto es la despersonalización inicial del diagnóstico. Si me considero un experto en un tema financiero, antes de tomar decisiones que me atañen de forma directa, construyo escenarios neutros y es a partir de esos escenarios por default que modelo mis decisiones personales. La práctica es difícil, sin duda pero puede paulatinamente ayudarnos a disminuir parte de los sesgos que nos impiden, a pesar del conocimiento que tenemos sobre estos temas, tomar mejores decisiones en beneficio de nuestro patrimonio.

El autor es politólogo, mercadólogo, especialista en economía conductual, profesor de la Facultad de Economía de la UNAM y Director General de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo.

Síguelo en Twitter @martinezsolares