Cada vez que la Reserva Federal se encierra para debatir el devenir de la economía americana, Wall Street contiene la respiración.
Cada seis semanas, los miembros del Federal Open Market Committee, capitaneados por Janet Yellen, se reúnen en el Eccles Building, en Washington DC, y durante dos días deliberan sobre el rumbo de la política monetaria en una atmósfera de máxima confidencialidad.

A su conclusión se emite una nota, apenas un folio, que en el mercado se analiza a fondo. Se interpreta cada palabra, cada coma. Se busca entre líneas anticipar futuras decisiones del banco central. En la actualidad es tal la obsesión, que se llegan a buscar pronósticos bursátiles hasta en el número de palabras del comunicado.

No es de extrañar que hoy en día las decisiones de la Fed acaparen la atención de los agentes en el mercado. La razón es sencilla: en la actualidad existe una extraordinaria dependencia de las políticas de la Reserva Federal. Esto de por sí, sin entrar a analizar los motivos, ya es un síntoma que debería preocuparnos. Una economía capitalista jamás debería depender demasiado de un solo agente, sea quien sea.

Este hecho vuelve a la economía esencialmente frágil, muy vulnerable a decisiones, problemas o errores que pueda cometer ese agente. Lo ideal, siguiendo teorías como la de Nassim Taleb, sería justo lo contrario: que sea antifrágil. Que los shocks no la debiliten, sino que la refuercen. Pero hoy por hoy la Fed tiene ese gran poder sobre qué rumbo debe tomar la política monetaria. Al mercado no le queda otra que, a lo sumo, tratar de anticiparse a las decisiones que la Fed vaya a tomar.

La pasada semana hubo reunión del Federal Open Market Committee, y tras la ya clásica inquietud previa a la resolución, se decidió proseguir con el tapering al ritmo esperado. Se reducen en 10.000 millones de dólares las compras mensuales de activos. Los miembros de la Fed decidieron ignorar el muy preocupante dato de crecimiento económico trimestral publicado ese mismo día, que pese a esperarse en el entorno del 1,2% fue de tan sólo un 0,1%.

El tercer programa de flexibilización cuantitativa, o QE3, ha caído ya desde los 85.000 millones mensuales iniciales hasta los actuales 45.000 millones. Del total, 25.000 millones seguirán siendo empleados en monetizar deuda pública americana y los restantes 20.000 millones para adquirir titulizaciones hipotecarias (Mortgage-Backed Securities). En total, un decreciente pero aún importante chorro monetario mensual que se espera que llegue a su fin en octubre de este año.

Desde que estalló definitivamente la crisis financiera, a mediados de 2008, la Fed lleva casi seis años aumentando la masa monetaria con la idea de que esa es la solución a los problemas de la economía americana. El balance de la Reserva Federal se ha disparado en estos seis años desde un trillón de dólares a más de cuatro trillones, nada más y nada menos.

Esta política busca “estimular” artificialmente la actividad mediante el aumento de la masa monetaria y el crédito. Lo cierto es que cuando muchos agentes están hiperendeudados y no pueden asumir más crédito para consumo y nuevas inversiones, lo normal es que dicho efecto positivo a corto plazo siempre sea menor de lo esperado. Como suele decir el economista Juan Ramón Rallo, se puede llevar el caballo al río, pero no se le puede obligar a beber.

De lo que no cabe duda es que a corto plazo esta política puede provocar una cierta sensación de alivio entre muchos agentes que de lo contrario deberían reestructurarse. Esto es lo que persigue la Fed cuando procura que sus inyecciones monetarias terminen en los balances de los bancos. Pretende, por un lado, que se sigan refinanciando los proyectos que sin asistencia serían inviables. Y por otro lado, trata de reinflar mediante el crédito el gasto de familias y empresas para que sigan manteniendo viva la antigua estructura productiva.

En mi opinión esto es un error. La recesión es precisamente la fase de saneamiento de los excesos y las distorsiones causadas durante la fase de la burbuja. Cuando la burbuja estalla se hace evidente que una parte de la estructura productiva no correspondía a las verdaderas demandas de los consumidores y es necesario que se reajusten. La crisis termina cuando la estructura productiva se ha saneado, los factores productivos se han reorganizado y se puede volver a crecer sin estímulos. Inyectar dinero, reinflar el crédito y reducir los tipos de interés sólo tiende a alargar la agonía. Pospone y ralentiza el momento de la recuperación.

La Fed no lo puede todo, y pese a la política monetaria muchas empresas y familias sí que se están reestructurando. Esa es la buena noticia. La mala es que otros muchos siguen viviendo del oxígeno crediticio del banco central. Son como drogadictos que, en lugar de desintoxicarse del exceso de crédito, siguen enganchados a la droga de la Fed. No es de extrañar, por tanto, que las decisiones de la Reserva Federal paralicen Wall Street, que cobre una enorme relevancia anticipar adecuadamente el rumbo de sus políticas.

Esa ansiedad, esa inquietud entre empresarios e inversores en cada anuncio de la Fed, no es otra cosa que una manifestación del síndrome de abstinencia que provoca la progresiva reducción de la dosis, y que subirá de nivel tarde o temprano en forma de subida de tipos. Entonces, quienes siguiendo la política de la Fed aún dependan del crédito artificialmente barato, volverán a la casilla de salida. Como decía Warren Buffett, cuando baja la marea es cuando se descubre quién nadaba desnudo. Y es que un problema inicial de distorsiones por exceso de crédito no se resuelve con adicionales manguerazos masivos de crédito.

@ignaciomoncada

Ignacio Moncada es analista financiero de inversiones en Nueva York. Es miembro del Instituto Juan de Mariana y del Ludwig von Mises Institute.