
Durante décadas, entrar en una de las "Big Three" —McKinsey, BCG o Bain— justo después de graduarse de un MBA de élite era el equivalente corporativo a ganar una medalla de oro olímpica. El trato era implícito y sagrado: el joven consultor entregaba 80 horas semanales de su vida a cambio de un aprendizaje acelerado, un salario envidiable y la promesa de convertirse en un maestro del análisis de datos y la estructuración de diapositivas.
Sin embargo, en este inicio de 2026, los pasillos de las facultades de negocios y las oficinas de McKinsey & Company están enviando una señal clara: el modelo del "ejército de juniors" se ha roto. La inteligencia artificial no solo ha llegado para ayudar al consultor; ha llegado para absorber las funciones que justificaban la existencia de los perfiles de entrada.
La revolución silenciosa de "Lilli" y el fin del trabajo mecánico
El cambio de paradigma tiene un nombre propio en McKinsey: Lilli. Lo que comenzó como una plataforma interna de gestión del conocimiento se ha convertido en el cerebro operativo de la firma. Lilli es capaz de sintetizar décadas de propiedad intelectual, casos de estudio y bases de datos globales en segundos.
Tradicionalmente, un consultor junior dedicaba sus primeros dos años a lo que en el sector se llama grinding: limpiar bases de datos, realizar investigaciones de mercado primarias y diseñar laboriosamente presentaciones de PowerPoint. Hoy, una IA generativa avanzada realiza el 80% de esa labor de síntesis en el tiempo que tarda el consultor en servirse un café.
"Ya no necesitamos a alguien que sepa picar datos en una hoja de cálculo; necesitamos a alguien que sepa qué preguntas hacerle a la máquina para que el dato tenga sentido estratégico", comentaba recientemente un socio de la firma en un foro en Harvard.
Pensemos que el futuro líder de MBA debe pensar más en la "productividad" y abandonar la "actividad".
El nuevo perfil del MBA
Este fenómeno ha obligado a las escuelas de negocios a reescribir sus currículos de la noche a la mañana. Si la IA puede realizar el análisis financiero y la proyección de mercados, ¿qué valor aporta un graduado de 25 años?
La respuesta reside en la transición del Consultor Ejecutor al Arquitecto de Prompts y Criterio. Las escuelas de élite están dejando de evaluar la capacidad de cálculo para centrarse en la curaduría de soluciones. El consultor junior de 2026 debe ser, ante todo, un gestor de la ambigüedad. Mientras la IA es excelente encontrando respuestas en el pasado (datos históricos), el ser humano sigue siendo el único capaz de navegar las "incógnitas desconocidas" del futuro geopolítico y social.
Aquí reside el gran dilema para McKinsey y sus competidores. El trabajo "pesado" que antes hacían los juniors era, en realidad, su campo de entrenamiento. Al eliminar las tareas básicas, las firmas corren el riesgo de perder el relevo generacional. Si un joven profesional no aprende a construir un modelo financiero desde cero porque la IA lo hace por él, ¿tendrá el criterio suficiente para auditar ese mismo modelo cuando sea Gerente o Socio?
Para solucionar esto, McKinsey está pivotando hacia un modelo de mentoría de alta intensidad. Los roles de entrada están siendo redefinidos como "Copilotos Estratégicos". Ya no se espera que pasen la noche en vela formateando gráficos, sino que se incorporen desde el día uno a las reuniones de toma de decisiones con clientes, centrando su esfuerzo en la empatía, la negociación y el diseño de la experiencia del cliente.
El mercado laboral para los graduados de MBA es ahora más exigente que nunca. El "Consultor Junior" ha muerto para dar paso al "estratega aumentado". Las empresas ya no están dispuestas a pagar las astronómicas tarifas por hora de un analista que solo procesa información; exigen pensamiento crítico que la IA aún no puede replicar.
En conclusión, estamos presenciando el fin de la consultoría como una meritocracia basada en la resistencia física y el dominio de herramientas técnicas. La nueva era pertenece a aquellos que logren dominar el binomio hombre-máquina. Para McKinsey, el reto es integrar a Lilli sin deshumanizar el proceso; para el estudiante de MBA, el reto es demostrar que su juicio vale mucho más que el algoritmo más potente del mundo.
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