Añadir Estrategias de Inversión en Google

Rob Almeida, estratega de inversión global y gestor de carteras, ha comenzado la jornada cuestionando la idea de que las economías de rápido crecimiento generen una alta rentabilidad en renta variable. Al comparar el crecimiento del PIB en las economías avanzadas con la rentabilidad obtenida en los cinco años siguientes, se observa que prácticamente no existe correlación alguna.

“El cerebro humano está programado para buscar patrones, incluso donde no los hay, y la economía es uno de los ámbitos más tentadores en los que buscarlos”, afirmó Almeida. “La rentabilidad duradera no proviene de predecir el ciclo, sino de identificar empresas capaces de crear valor a lo largo del tiempo”. E indicando como anécdota que el cerebro humano procesa, cada día entre 74 y 75 gigabites. 

Lo que importa es el retorno del capital: los márgenes en EE. UU. y en los mercados desarrollados internacionales se sitúan muy por encima de las medias a largo plazo. Los inversores están pagando por una rentabilidad que, según sugiere la historia, es poco probable que persista.

El capital se atrae en el momento de máxima confianza y máxima vulnerabilidad, cuando los retornos son altos y los precios están subiendo”, afirmó Almeida. “A continuación, surge la competencia, los retornos caen, los actores más débiles quiebran y la confianza toca fondo, que suele ser el momento en el que la rentabilidad empieza a recuperarse. El ciclo es predecible, pero los inversores siguen equivocándose sobre el momento oportuno”.

Ese ciclo está cambiando. Durante una década, las empresas redujeron su base de capital en lugar de desarrollar capacidad productiva, y el capital barato impulsó tanto los retornos como las valoraciones. Ahora, el capital se está redirigiendo hacia inversiones tangibles y su coste está aumentando. La rentabilidad ya no evoluciona de forma homogénea, y esa dispersión es lo que hace que la propiedad vuelva a cobrar importancia.

El capital es como el colesterol. Es esencial, fluye hacia donde se necesita y, cuando está desequilibrado, se refleja en un indicador cuantificable”, añadió Almeida. “En la economía, ese indicador son los tipos de interés. Los inversores tratan los tipos como la palanca que controla el capital, cuando en realidad son un síntoma de la demanda del mismo. Esperar a que bajen los tipos es esperar a que cambie el síntoma mientras la afección no lo hace”.

La inteligencia artificial intensifica la presión. Los mercados la consideran una oportunidad para mejorar los márgenes, cuando es igual de probable que se convierta en un problema: la capacidad de computación que exige encarece los costes, mientras que la tecnología reduce las barreras de entrada y amenaza los precios.

El aumento de los costes y la caída de los ingresos suponen una presión, no una ganancia inesperada. Antes, el capital barato hacía que bastara con tener exposición y que se superasen los índices de referencia; ahora, el aumento de la intensidad de capital, los costes y la competencia de la IA premian la toma de decisiones, y contar con auténticas ventajas competitivas es lo que marca la diferencia en los resultados.

La escasez fue uno de los ejes de la visión de Pilar Gómez-Bravo sobre los mercados de renta fija, tanto en lo relativo a los recursos físicos y la infraestructura necesaria para el desarrollo de la inteligencia artificial como, cada vez más, a la comunicación de la Reserva Federal.

La energía, el agua y el espacio se están convirtiendo en recursos cada vez más escasos para el desarrollo de la IA, precisamente en un momento en el que sus necesidades de capital siguen aumentando. La financiación fuera de balance de los principales hiperescaladores ha pasado de 162.000 millones de dólares en 2022 a casi 3 billones de dólares en el segundo trimestre de 2026.   

“La expansión de la inteligencia artificial seguirá dependiendo de los mercados de capitales, y la magnitud de esa demanda es suficientemente relevante como para tener implicaciones para los inversores en renta fija”, afirmó.

“La cuestión ya no es si se puede recaudar el dinero, sino a qué precio, quién acaba asumiendo el riesgo y qué parte queda fuera de los balances y, por tanto, resulta menos visible”.

Esas necesidades de financiación ya están transformando los mercados. El aumento de la inversión empresarial compite con la emisión de deuda pública en los plazos largos, mientras que la disminución del ahorro en EE. UU. obliga a la inversión nacional a recurrir cada vez más al capital extranjero.

“El ahorro y la inversión siempre acaban equilibrándose. La verdadera pregunta es a qué precio”, afirmó. “La escasez de capital está obligando a reajustar el precio de los bonos a escala global, razón por la cual los rendimientos a 10 años han subido en todos los mercados desarrollados desde febrero y los inversores exigen una remuneración cercana a los máximos históricos para prestar a largo plazo. Si a esto le sumamos la volatilidad en el segmento corto y las dudas sobre la independencia de los bancos centrales, nos encontramos con un segmento largo que insiste en recibir una remuneración adecuada por asumir ese riesgo”.

En el mercado de crédito, su mensaje fue de cautela más que de pesimismo. Los diferenciales están ajustados, pero el carry defensivo sigue ofreciendo rendimientos atractivos y cierta protección frente a cualquier ampliación provocada por los tipos de interés o los diferenciales. Las mayores oportunidades se encuentran fuera de los índices, donde la aparente estabilidad oculta una dispersión significativa, especialmente entre los activos de menor calidad.

“Los diferenciales parecen estables, pero en el fondo existe una auténtica distorsión, y ahí es precisamente donde la selección de valores demuestra su valía”, afirmó. “La gestión activa y la selectividad son fundamentales”.

Da prioridad a la liquidez y la calidad frente a la beta, recomienda cautela con respecto a la duración en los mercados desarrollados y apuesta por sectores defensivos, como los servicios públicos y los no cíclicos, junto con la energía y la banca, mientras que determinados mercados locales emergentes ofrecen un carry atractivo.

Ambos inversores llegaron a la misma conclusión: un índice de referencia incorpora todos los resultados, tanto los buenos como los malos, mientras que los gestores activos pueden seleccionar las oportunidades que consideran más atractivas. A medida que aumenta la distancia entre ganadores y perdedores, esa capacidad de selección vuelve a convertirse en un factor determinante para la rentabilidad.