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La cuestión clave es si este movimiento al alza puede continuar y, aún más importante, si los mercados financieros y la economía en su conjunto pueden convivir con unos tipos de interés más elevados durante un futuro previsible.
Las fuerzas que están detrás de este reajuste de los tipos a largo plazo parecen tener un carácter cada vez más estructural. Los déficits fiscales siguen siendo elevados, sin apenas indicios de que vaya a producirse una reversión inminente. Al mismo tiempo, las persistentes presiones inflacionistas, los riesgos geopolíticos en torno al estrecho de Ormuz y el encarecimiento de la energía podrían seguir lastrando las perspectivas. La combinación de déficits más elevados y una inflación más persistente podría marcar los próximos años y reforzar potencialmente un reajuste de los tipos de interés de largo alcance y carácter generacional.
También conviene poner los niveles actuales en perspectiva. Una rentabilidad del 5% en el bono del Tesoro estadounidense a diez años no es especialmente elevada desde una perspectiva histórica. Si dejamos a un lado el periodo excepcional de la década de 2010 —caracterizado por la represión financiera y una intervención sin precedentes de los bancos centrales—, los tipos actuales siguen siendo bajos en comparación con buena parte de la historia de los mercados. Una economía que crezca en torno al 2–3%, acompañada de una inflación estructural situada entre el 2,5% y el 3,5%, no sería incompatible con unos tipos de interés nominales significativamente más elevados.
En este sentido, existe margen para que las rentabilidades sigan aumentando con el tiempo, y es posible que los inversores tengan que adaptarse a un entorno de tipos más normalizado.
El aspecto alentador es que las economías y los mercados pueden funcionar con tipos de interés más elevados. La historia demuestra que unas rentabilidades del 5% o superiores no impiden, por sí solas, que la actividad económica continúe ni que los activos financieros generen rentabilidad.
La cuestión más importante es la velocidad del ajuste y la volatilidad que lo acompaña. Un reajuste ordenado de los tipos de interés puede ser compatible con una evolución positiva de los mercados. El panorama cambia cuando el movimiento se acelera: históricamente, los periodos de rápido reajuste de los tipos han estado asociados a mayores tensiones en los mercados y a rentabilidades negativas.
Por tanto, los inversores hacen bien en mantenerse atentos. Unos tipos a largo plazo más elevados no implican automáticamente una peor evolución futura de los mercados. Sin embargo, una nueva aceleración —provocada por otro shock energético, efectos inflacionistas de segunda ronda más generalizados o una pérdida de confianza en la capacidad de los bancos centrales para contener la inflación— plantearía un entorno más complicado para los mercados. Este sigue siendo uno de los principales riesgos que los mercados deben vigilar.