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Aunque EE. UU. explota casi el 77 % de los satélites operativos en el mundo, sobre todo gracias a la constelación Starlink, frente a tan solo el 9 % de China (según el barómetro de geopolítica espacial de Le Point y Look Up), este último país ha puesto en marcha una estrategia espacial bien engrasada: aceptar un retraso inicial, invertir masivamente aprovechando los avances tecnológicos existentes y, después, producir a gran escala a menor coste.

Así, en diciembre de 2025 China presentó ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) solicitudes para desplegar casi 203 000 satélites, tal y como recoge Global Times. Para concretar esta ambición, China está avanzando rápidamente en el ámbito de los vehículos de lanzamiento reutilizables. En 2026, el país superó un umbral simbólico: primero el grupo CASC y después el grupo LandSpace completaron con éxito las primeras recuperaciones de lanzadores reutilizables chinos, replicando de este modo la tecnología sobre la que ha cimentado su éxito SpaceX. La brecha con el líder estadounidense sigue siendo importante, pero la entrada de China en la era de los cohetes reutilizables refuerza considerablemente su potencial espacial.

Sin embargo, el principal escollo podría estar en otra parte, ya que la carrera espacial ya no es solo una competición por la observación, las comunicaciones o incluso el armamento. Está convirtiéndose progresivamente en una carrera por la energía y, en este ámbito, China dispone de grandes bazas.

Su meta es producir electricidad en el espacio gracias a inmensos paneles solares en órbita y después utilizar esta energía para alimentar centros de cálculo espaciales destinados a la inteligencia artificial o bien para abastecer futuras infraestructuras lunares o para enviarla a la Tierra en forma de microondas.

En esta carrera, la ventaja china podría ser considerable. El país ya es el gran dominador de la fabricación mundial de paneles fotovoltaicos terrestres y podría capitalizar este liderazgo para desarrollar los futuros sistemas espaciales, sobre todo los basados en la perovskita, un mineral que está alumbrando una nueva generación de materiales fotovoltaicos más ligeros y potencialmente más eficientes que el silicio tradicional. He ahí un baza determinante cuando cada kilogramo que se pone en órbita, cuenta.

Es cierto que los desafíos siguen siendo numerosos. Por ejemplo, actualmente no existe ninguna central solar espacial de uso comercial y los costes de lanzamiento, el montaje en órbita, la transmisión de energía y el mantenimiento de los equipos representan obstáculos considerables, tanto en el plano tecnológico como económico. Así pues, el momento de la producción a gran escala sigue estando lejos, pero las grandes rupturas tecnológicas rara vez siguen una trayectoria lineal. Hace 15 años, pocos observadores imaginaban que China dominaría los paneles solares, las baterías o los vehículos eléctricos. Actualmente, el país aspira a reproducir este modelo en el espacio.

Europa, a menudo ausente de los relatos simplificadores, no está fuera de juego. Con Ariane 6, Galileo, Copernicus o incluso IRIS, sigue siendo una potencia espacial destacada. Sin embargo, su ritmo parece muy diferente. Ningún vehículo de lanzamiento europeo es reutilizable actualmente, lo que constituye un obstáculo competitivo de primer orden.

Por lo tanto, el futuro del espacio se anuncia como una nueva carrera tecnológica entre China y EE. UU. y aunque los norteamericanos mantienen actualmente una clara ventaja en los satélites y los lanzadores, el capítulo de la energía solar espacial podría terminar escribiéndose en chino.

Una nueva pugna por la soberanía está dirimiéndose sobre nuestras cabezas.