Según ha adelantado el medio de comunicación Bloomberg citando a fuentes de la Casa Blanca, Donald Trump estaría a punto de firmar una orden ejecutiva que instruiría al Pentágono a adquirir electricidad procedente de centrales térmicas de carbón.
La medida, eso sí, se enmarca en una estrategia que vincula directamente la política energética con la seguridad nacional.
De confirmarse, el anuncio supondría un giro significativo en un momento en el que el peso del carbón en el mix energético estadounidense ha caído de forma sostenida durante la última década. Sobre todo, durante la época del expresidente Biden.
Datos de la Administración de Información Energética indican que esta fuente representa actualmente menos de una quinta parte de la generación total del país, muy lejos de los niveles que superaban el 40% a comienzos de la década pasada. Sin embargo, el argumento de la Casa Blanca apunta a la fiabilidad como prioridad estratégica.
Seguridad energética como eje político
La orden ejecutiva estaría respaldada por la Ley de Producción de Defensa de 1950, una norma que permite al presidente dirigir industrias privadas cuando lo considere necesario para proteger los intereses nacionales.
Bajo este paraguas legal, el Departamento de Defensa podría priorizar contratos de suministro eléctrico con instalaciones de carbón consideradas críticas para garantizar estabilidad en situaciones de emergencia.
La Administración ha defendido que la resiliencia de la red eléctrica es fundamental ante fenómenos climáticos extremos y tensiones geopolíticas.
Durante recientes tormentas invernales, varias regiones experimentaron picos de demanda que pusieron a prueba la capacidad de generación disponible en EEUU. Por lo que el carbón actuaría como una fuente de carga base capaz de operar de forma continua, independientemente de las condiciones meteorológicas.
Inversión federal para reforzar centrales existentes
Además del mandato dirigido al Pentágono, el plan incluiría la distribución de 175 millones de dólares en fondos federales destinados a modernizar seis centrales ubicadas en Virginia, Virginia Occidental, Kentucky, Ohio y Carolina del Norte.
Estas mejoras estarían orientadas a extender la vida útil de las instalaciones y optimizar su rendimiento técnico.
El discurso presidencial ha insistido en la necesidad de recuperar una industria que, según Trump, fue marginada por políticas energéticas previas. En declaraciones realizadas durante la firma de otra orden ejecutiva vinculada al sector, defendió el concepto de carbón limpio como elemento clave para sostener empleo y competitividad.
Un sector en transición
El movimiento se produce en un contexto de transformación estructural del sistema energético estadounidense. El gas natural y las energías renovables han incrementado su participación en el mercado gracias a avances tecnológicos y a la reducción de su coste operativo.
No obstante, algunas compañías eléctricas han reconsiderado planes de cierre de instalaciones térmicas ante el aumento de la demanda eléctrica y la necesidad de garantizar suministro estable.
La Autoridad del Valle de Tennessee anunció recientemente que revisa su decisión de desmantelar dos plantas previstas para clausura en 2035.
El organismo argumentó que el crecimiento del consumo obliga a analizar todas las opciones disponibles para mantener electricidad fiable y asequible a millones de clientes. Esta postura refleja un debate más amplio sobre cómo equilibrar transición energética, estabilidad de red y competitividad industrial.
El eventual respaldo federal al carbón plantea interrogantes sobre el rumbo energético del país. Mientras parte del sector apuesta por acelerar la descarbonización, otros actores subrayan la importancia de mantener fuentes tradicionales como garantía frente a crisis imprevistas.
En el centro de esta discusión se sitúa la relación entre independencia energética y estrategia de defensa.

