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Conviene empezar explicando qué significa ser pobre en estas estadísticas. No hablamos necesariamente de no tener qué comer. La pobreza monetaria es relativa: se considera en riesgo a quien vive en un hogar cuya renta equivalente es inferior al 60% de la mediana. Es una medida de la distancia económica respecto al conjunto de la sociedad.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, datos de FEDEA
Hecha esta precisión, el dato sigue siendo bastante demoledor. En 2008, el 19,8% de la población española estaba por debajo de ese umbral. En 2025, el porcentaje era del 19,5%. Diecisiete años, una crisis financiera, una pandemia, una recuperación del empleo y varias etapas de crecimiento después, la tasa prácticamente sigue donde estaba.
Pero debajo de ese aparentemente aburrido 19% ha ocurrido algo mucho más interesante: la pobreza ha cambiado de generación.
En 2008, el 25,3% de los mayores de 65 años estaba en riesgo de pobreza. En 2025, el porcentaje había bajado al 16,4%. Las pensiones han actuado como una red de protección muy eficaz. Mientras tanto, la pobreza entre los menores ha pasado del 27,1% al 28,3%. Y entre los jóvenes menores de 30 años ronda ya el 25%.
Hemos protegido mucho mejor la renta de nuestros mayores que la de quienes están empezando su vida adulta y formando una familia.
Entre los hogares monoparentales, la tasa AROPE alcanza un espectacular 50,3% y la pobreza monetaria el 41,2%. En las parejas con tres o más niños, el AROPE llega al 46,8% y la pobreza al 42,6%. En cambio, una pareja con un solo hijo presenta un AROPE del 22,7%.
No parece que el problema sea simplemente tener hijos. El problema es tenerlos cuando todavía se dispone de poca renta, poco patrimonio, escasa estabilidad financiera o cuando toda la carga económica descansa sobre un único adulto.
Una vez controlados factores como renta, empleo y características sociodemográficas, tener menores en casa se asocia de media con 1,15 puntos porcentuales adicionales de probabilidad de sufrir carencia material y social severa. Pero en los hogares jóvenes la diferencia llega a 7,26 puntos, entre seis y diez veces más que entre hogares de mayor edad.
La juventud importa. El patrimonio acumulado importa. La estabilidad laboral importa. Y vivir con uno o dos salarios también importa mucho.
El módulo infantil de la Encuesta de Condiciones de Vida permite mirar qué cosas concretas no pueden pagar algunas familias españolas. En 2024, el 2,72% de los menores de 16 años no podía permitirse comida con proteínas, un 2,43% no podía acceder adecuadamente a fruta o verdura, un 2,52% carecía de calzado apropiado por motivos económicos y casi un 5% no podía permitirse ropa nueva. No son porcentajes enormes. Pero estamos hablando de una economía rica, en teoría, claro.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, datos de FEDEA
Trabajar es fundamental para escapar de la pobreza, pero tener un empleo no garantiza automáticamente una situación financiera holgada cuando el salario debe sostener a varias personas y pagar vivienda, alimentación, transporte, colegio y conciliación.
Todo esto tiene una consecuencia financiera de la que hablamos poco. Es muy difícil convertir a un ahorrador en inversor cuando primero hay que conseguir que pueda ser ahorrador.
Una familia joven que consume prácticamente toda su renta disponible en vivienda, comida, transporte y crianza carece del colchón necesario para afrontar imprevistos, y mucho más para construir una cartera de inversión. Pedirle que piense en interés compuesto cuando apenas llega a final de mes es empezar la casa por el tejado.
Debemos dejarnos de titulares gloriosos sobre lo bien que lo está haciendo España, remangarnos y ponernos manos a la obra. Y no se trata solo de ponerles las pilas a los políticos, sino de responsabilidad personal. Los valores de esfuerzo, trabajo y constancia deben volver porque parece que hace años que se han debilitado más de lo que habríamos podido imaginar.

