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En enero de 1981, la oferta monetaria M2 estadounidense rondaba los 1,6 billones de dólares y la deuda federal, los 1,2 billones. Hoy hablamos de 23,2 y casi 40 billones, respectivamente. La Reserva Federal acaba de situar la M2 en 23,218 billones en julio de 2026. Es decir, la cantidad de dinero medida por este agregado se ha multiplicado aproximadamente por 14,5 en 45 años.
Y mientras tanto los precios, naturalmente, tampoco se han quedado quietos.
No hace falta doctorarse en economía. Imaginemos una isla en la que existen diez cocos y diez euros. Si mañana seguimos teniendo diez cocos, pero alguien duplica la cantidad de dinero hasta veinte euros, resulta bastante difícil sostener que el precio de los cocos no va a verse afectado.

Fuente: Carlos Arenas Laorga
La economía real, evidentemente, es bastante más complicada. Por eso multiplicar la M2 por catorce no significa que los precios tengan que multiplicarse exactamente por catorce. Pero la restricción monetaria sigue existiendo.
En enero de 1981 el IPC estadounidense estaba en 87 puntos. En julio de 2026 se sitúa en 333,918. Dicho de otra manera, una inflación acumulada cercana al 284%. Lo que costaba 100 dólares entonces cuesta, aproximadamente, 384 actualmente.
No parece precisamente que el dinero sea neutral para nuestro bolsillo.
La deuda pública ha pasado de unos 1,2 billones de dólares a finales de la etapa Carter a alrededor de 39,9 billones actualmente. La M2 ha recorrido al mismo tiempo un camino espectacularmente parecido.
La correlación entre la deuda y la M2 es de98,8%. Pero tampoco hace falta haber hecho este cálculo para darse cuenta de que ambas magnitudes avanzan juntas.
Que dos curvas suban durante 45 años no demuestra por sí solo que una esté provocando la otra. De hecho, en un análisis anterior sobre M2 e inflación ya vimos que la relación resulta mucho menos limpia cuando se estudian tasas de crecimiento, ventanas temporales y retardos. En aquel ejercicio, la M2 tendía a preceder a la inflación con desfases aproximados de entre tres y doce meses.
La deuda tampoco crea dinero automáticamente. El Tesoro emite bonos para financiar déficits y alguien debe comprarlos. Si ese endeudamiento se financia con ahorro existente, el efecto monetario es distinto que cuando coincide con una fuerte expansión del balance del banco central, creación de crédito bancario o programas fiscales que terminan convirtiéndose en nuevos depósitos.
El ejemplo más evidente lo vimos con la pandemia. El Gobierno estadounidense disparó el déficit, la Reserva Federal expandió enormemente su balance y buena parte del dinero terminó directamente en las cuentas de familias y empresas. La M2 saltó desde unos 15 billones antes de la pandemia hasta superar los 21 billones en muy poco tiempo.
Después llegó la inflación.
Hasta el Banco Central Europeo explicaba hace años que, a medio plazo, cuando la cantidad de dinero crece persistentemente por encima de la capacidad productiva de la economía, aparece inflación.
Una moneda que pierde capacidad adquisitiva convierte mantener permanentemente cantidades de efectivo en una decisión de inversión, aunque quien lo haga piense precisamente que no está invirtiendo. El dólar de 1981 conserva hoy aproximadamente una cuarta parte de su poder de compra original. El dinero también tiene riesgo: su riesgo es que cada unidad compre progresivamente menos cosas.
La inflación es más compleja que una sola línea en un gráfico. Pero tampoco conviene complicarla tanto que terminemos olvidando qué es el dinero y qué ocurre cuando su cantidad crece mucho más rápido que los bienes y servicios que pretende comprar.

