Tras varios meses, por no hablar de años, en los que los dirigentes europeos se han negado a enfrentarse a los graves desequilibrios de la zona del euro, durante estas últimas semanas no les ha quedado más remedio, en un sorprendente y acelerado giro de los acontecimientos, que pensar en lo que hace poco era impensable.

El palo que metió en las ruedas del G20 el primer ministro griego Yorgos Papandreu el 3 de noviembre en forma de proyecto de referéndum obligó a Angela Merkel, Nicolas Sarkozy y, con ellos, a los mercados a considerar seriamente la salida de Grecia de la zona del euro. Ciertamente, los mercados reaccionaron con fuerza, pero esta «metedura de pata» también consiguió mutar un escenario percibido hasta entonces como tabú en una hipótesis de trabajo extrema.

También cabe temer que ahora los soberanistas y otras corrientes de pensamiento asimiladas puedan encontrar ahí más argumentos para hacer avanzar sus ideas en el debate político que va a acompañar a los diferentes procesos electorales nacionales que se avecinan en la zona del euro. Si se considera que este escenario sería efectivamente devastador para la estabilidad económica de la zona, entoncesconvendría que otros supuestos que apoyamos y que son mucho más constructivos pierdan también y rápidamente su condición de tabú: un papel de prestamista de último recurso para el BCE, el fin de la esterilización de la masa monetaria creada con motivo de las compras de deuda pública, una política monetaria abiertamente favorable a la reflación de la economía de la región y al debilitamiento del euro, la emisión de deuda pública con el aval conjunto de los países de la zona... muchos son los escenarios cuya mera consideración sin tabúes enfriaría los ánimos de los especuladores, a quienes nada les gusta más que poner a prueba la pusilanimidad de los dirigentes políticos. Como bien saben los ajedrecistas, la amenaza de una jugada es a menudo más fuerte que su ejecución.