Como es bien sabido por todos, los resultados de las recientes elecciones de mitad de legislatura no fueron positivos ni para el Partido Democrático ni para el presidente Obama, y han traído consigo un cierto aire de inevitabilidad.
El consabido desgaste de la política en EE. UU. no es un fenómeno nuevo, y el electorado americano a menudo ha aprovechado la oportunidad de castigar a su comandante en jefe a los dos años de empezar su mandato.

En muchos aspectos, la reconquista republicana de la Casa Blanca nos devuelve al status quo de parálisis política en Washington, tras la singularidad de los dos años de monopolio democrático. No hay que olvidar que los presidentes americanos raramente disfrutan de un cuatrienio entero ejerciendo control tanto sobre el Senado como sobre la Cámara de Representantes.

Los mercados reaccionaron positivamente a las victorias republicanas, habiendo palpado durante los doce últimos meses un creciente desacuerdo y reivindicando que la incertidumbre política y económica había obstaculizado fundamentalmente los procesos de toma de decisiones. Un ejemplo concreto de cómo se ha manifestado esta confusión se encuentra en la falta de claridad en el tratamiento fiscal de los ingresos, plusvalías y dividendos en 2011. Por otra parte, los mercados se han animado más tras el anuncio de las medidas de inyección de liquidez por la Fed.

Como parte de la segunda oleada de “relajación cuantitativa” de la política monetaria, la Fed comprará 600.000 millones de dólares en bonos del Tesoro durante un periodo de 8 meses, ligeramente por encima de las expectativas del mercado de un programa de 500.000 millones de dólares. Al hacer esto, la Fed ha demostrado, una vez más, que hará todo lo que sea necesario para asegurar una vuelta al crecimiento y está preparada para cultivar un cierto grado de inflación para hacerlo.

Nick Cowley, gestor de renta variable americana en Henderson Global Investors