En la lista de las frases fetiche de los participantes del mercado hay como mínimo dos dedicadas a las estadísticas: la sempiterna «Las cifras son mejores de lo previsto» y su equivalente negativo «Las cifras son inferiores a lo previsto».
Si entra en una sala de negociación un viernes hacia las 14:30 horas, cuando caen las cifras del empleo en Estados Unidos, seguro que oye una de estas dos frases… a veces acompañadas de un exabrupto o de un sonoro «yes!». Y por poco que China haya anunciado otra cifra algo antes ese mismo día, sin duda habrá podido escuchar la inevitable «you cannot trust Chinese statistics» (muchos operadores son anglosajones).

Si todo el mundo da por sentado que «uno no puede fiarse de las estadísticas chinas», ¿acaso podemos fiarnos de las demás? ¿Acertamos al otorgar tanta importancia a los datos macroeconómicos y a cómo deben integrarlos los mercados? Todas estas delicadas preguntas son objeto de un sólido estudio publicado por el banco UBS.

Este problema de ajuste de los mercados a las publicaciones reviste, sobre todo, un carácter emocional: la publicación de un dato genera un sentimiento en los consumidores o en los inversores que provoca una reacción. UBS ha modelizado este sentimiento a través de su «barómetro de la apatía». La idea estriba en comparar la «volatilidad de los sentimientos» con la volatilidad real de los datos macroeconómicos subyacentes. La conclusión es indiscutible: el barómetro de la apatía registra tal agitación que podríamos rebautizarlo como el «barómetro del nerviosismo». Desde hace dos años asistimos cada vez con más frecuencia a una reacción exagerada de los mercados ante los estímulos macroeconómicos. Los últimos meses, en los que la renta fija, la renta variable y los tipos de cambio han experimentado fluctuaciones en algunos casos nunca antes vistas, representan un claro ejemplo.

No cabe duda de que los mercados reaccionan de forma exagerada a los datos macroeconómicos porque los agentes de bolsa les otorgan una grandísima fiabilidad. De hecho, cabría pensar que en la actual era de los «macrodatos» disponemos de datos cada vez más seguros. Por desgracia, la realidad no es tan sencilla.

Pensemos en el caso de los datos sobre el consumo: mientras que las encuestas al respecto obtenían tasas de respuesta del 85% en los años ochenta, ahora han caído al 65% y a menudo las respuestas están sesgadas. Los estadísticos tratan de sortear este descenso yendo a buscar los datos directamente en la red pero, al hacerlo, introducen un sesgo al infraponderar el consumo realizado al margen de Internet. De los «macrodatos» a los «malos datos»; la línea que los separa es muy fina. Además, nos enfrentamos a una paradoja evidente: aunque hoy en día la granularidad de los datos resulta mucho mayor, ello no significa que la fiabilidad final de las cifras haya aumentado.

En el mismo orden de ideas, observemos lo que sucede al otro lado del canal de la Mancha. El Banco de Inglaterra, siempre ejemplo de pragmatismo, publica ahora varios datos en forma de horquilla en lugar de indicar cifras exactas. Decir que en 2015 el crecimiento inglés fue de entre el 2 y el 3% parece menos ambicioso que afirmar que fue del 2,5%, si bien sin duda es más sincero desde el punto de vista intelectual.

Relativizar las estadísticas tomando como referencia estas consideraciones debería ayudar a los inversores a conseguir algo de serenidad. Del mismo modo que la observación de estadísticas quizá no tan conocidas pero a veces más pertinentes. Por ejemplo, hoy en día el 50% de los habitantes de Shanghái ya no se prepara la comida, sino que pide comida a domicilio. Esto dice mucho más que un PIB incierto, lo que aporta tranquilidad, tanto al respecto de la transformación de la economía china hacia una economía de servicios como sobre las perspectivas de crecimiento de la segunda economía del mundo.