En términos generales, la percepción acerca de Latinoamérica ha sido siempre la de una región llena de sistemas políticos débiles, hiper inflación y economías dependientes de las materias primas y de Estados Unidos para sobrevivir. 
De hecho, Latinoamérica, al igual que otros mercados emergentes, tuvo su parte de crisis en lo que se ha denominado el “Efecto Tequila”, con la devaluación de las monedas latinoamericanas provocada por la caída del peso mexicano en 1994, la crisis de divisas en Brasil en 1999 y las quiebras de Argentina y Ecuador.

A nivel corporativo, las compañías latinoamericanas han tenido la reputación de ser ineficientes, monopolios manejados por el Estado o negocios controlados por familias, marcados por una gestión oscura y un gobierno corporativo pobre. Como resultado, los inversores se han mostrado reacios a reconocer la existencia de oportunidades de inversión a largo plazo en la región. En su lugar, han vuelto los ojos hacia Asia como la principal fuente de retorno en los mercados emergentes.

Sin embargo, hay determinados aspectos que han ido cambiando. Como consecuencia de todas las crisis, no sólo en Latinoamérica, sino en otras regiones emergentes, los gobiernos han reconocido la necesidad de poner en práctica profundas reformas políticas fiscales y monetarias.

Así, varios bancos centrales han pasado de una política de tipos de cambio fijos a otra de tipos de cambio fluctuantes y han comenzado a seguir objetivos de inflación. Asimismo, la región ha introducido prácticas bancarias más conservadoras. Los bancos no se han apalancado tanto como los bancos de las economías desarrolladas y no han tenido apenas ninguna de las inversiones tóxicas que han caracterizado a sus homólogos de los mercados desarrollados.

Estas medidas han supuesto que muchos países de la región hayan sido capaces de salir relativamente indemnes de la crisis de crédito global. A pesar de la actual debilidad macroeconómica, Latinoamérica se encuentra en mejor forma que en otros períodos anteriores de ralentización económica, con bajos niveles de deuda externa y una exposición más baja a divisas extranjeras.

Además, no se trata sólo de la economía, las compañías también han mejorado. Los niveles de deuda corporativa y de productividad son mejores que los de otros mercados desarrollados. Teniendo todo esto en cuenta, las compañías han reconocido la necesidad de adoptar las mejores prácticas a nivel global para competir de manera efectiva.

Por último, tampoco se puede olvidar que a largo plazo Latinoamérica se beneficiará de tendencias demográficas favorables, de una población joven y creciente con una mayor aportación al PIB, y de una tendencia continua de urbanización e industrialización, lo cual está llevando al desarrollo de las clases medias y a un aumento de la demanda interna. A pesar del decrecimiento cíclico actual, esperamos que esta tendencia continúe, lo que implicara incrementar los niveles de consumo y de inversión doméstica.