Utilizado tradicionalmente como un indicador de riesgo, la volatilidad debe considerarse hoy como una clase de activos en sí misma que ofrece una diversificación adecuada ante las recientes turbulencias de los mercados financieros.
Relegada durante mucho tiempo a las salas de mercado, la volatilidad se ha convertido en un activo accesible para los inversores a través del lanzamiento de fondos dedicados, como los de la gama Amundi, y gracias al desarrollo de instrumentos financieros sofisticados como el VIX (que mide la volatilidad implícita del S&P500, es decir, la volatilidad anticipada por el mercado de opciones). De este modo, diversificar una cartera añadiendo una exposición a la volatilidad de los mercados de acciones permite amortiguar tanto la caída de estos mercados como el diferencial de los “spreads” de crédito. Este comportamiento proteccionista ha reforzado en gran medida el interés de los inversores por la volatilidad estos últimos años.

Sin embargo, una asignación pasiva sobre la volatilidad generalmente no crea valor a largo plazo, puesto que la volatilidad tiende a sobre-reaccionar al alza antes de volver a sus niveles medios; a título de ejemplo, el VIX ha recuperado su nivel precedente a la quiebra de Lehman-Brothers. Es necesario por tanto definir estrategias y gestionar activamente la volatilidad para generar rentabilidad a largo plazo.

Esta búsqueda de rentabilidad puede obtenerse a través de diferentes estrategias de inversión en Amundi. Una de ellas, llamada “direccional”, ofrece la oportunidad de obtener rentabilidad basándose en la compra o la venta de la volatilidad de los mercados de acciones con vencimiento a un año según el nivel de la misma. Otra estrategia, llamada de “arbitraje”, se basa en la divergencia que puede constatarse entre los niveles de volatilidad de dos activos subyacentes y explota el principio de que la volatilidad tiende a retornar a su nivel de valoración “normal”. Los arbitrajes más frecuentes se efectúan sobre acciones, opciones sobre índices de acciones, o incluso sobre obligaciones convertibles. En este último caso, la estrategia consiste en el arbitraje de cualquier desviación excesiva entre la volatilidad implícita de la opción de conversión en acciones de la obligación convertible y la volatilidad de una opción similar en los mercados organizados.

Las buenas rentabilidades obtenidas por estas diferentes estrategias durante la crisis financiera han reforzado el interés de los inversores por la volatilidad como una clase de activos diversificadora e innovadora. Muy centrada actualmente sobre los mercados de acciones, el desarrollo de instrumentos derivados sobre nuevos soportes, como tipos de cambio, tipos de interés o incluso crédito, ofrece nuevas posibilidades de diversificación y de arbitraje en la búsqueda de un retorno absoluto.



En los próximos meses posiblemente las incertidumbres seguirán siendo muchas, puesto que la crisis no parece haber terminado todavía. A nivel macro-económico, se prevén cambios en las políticas presupuestarias y monetarias, así como revisiones de las perspectivas económicas de los países desarrollados. Del lado de las empresas, es decir, a nivel micro-económico, existe también el riesgo derivado de la terminación de la etapa de “restockage” y sobre todo el derivado de la de atonía del consumo de los hogares norteamericanos y europeos. Por todo ello, no puede excluirse la posibilidad de recaída en recesión de las economías occidentales y todas estas incertidumbres no dejarán de crear volatilidad. Así, el entorno se mantendría favorable para los fondos de volatilidad.

Julia Kung
Especialista Global de Amundi en Fondos de Volatilidad