Los países emergentes deben conseguir gestionar con éxito la delicada situación de ralentización de sus economías.
Este es especialmente el caso de China, donde las autoridades han conseguido frenar la amenaza inflacionista, pero a costa de una considerable ralentización de las inversiones inmobiliarias a la que se añade a día de hoy el descenso de las exportaciones hacia el mundo desarrollado.

Pero las autoridades chinas, mediante intervenciones selectivas (bajada del impuesto a los distribuidores, aceleración de los proyectos de infraestructura, descenso de las reservas obligatorias para los bancos, ayudas directas para la compra de vehículos en el sector del automóvil, etc.) gestionan eficazmente esta ralentización. En estos tiempos, la evolución de los hábitos de consumo, vinculada con el aumento del nivel de vida de las clases medias, representa más que nunca el núcleo del reajuste de la economía.

Por ello, las desgracias de la zona del euro deben verse en perspectiva. Si, a corto plazo, los habituales movimientos de capitales que provoca el aumento de la intolerancia al riesgo pueden ser una fuente de volatilidad, no hay que perder de vista las tendencias más amplias de la economía real.

Esto concierne también a las materias primas cuyos precios se resienten debido a la ralentización económica global, pero cuyas restricciones de producción siguen siendo la clave de las perspectivas a medio plazo. Y esto incluye también al oro, última herramienta de gestión del riesgo, que nos protegerá frente a la tendencia de pérdida de valor del papel moneda de las regiones sobre endeudadas.