El riesgo de «japonización» de las economías desarrolladas, y de Europa en particular, está en boca de todos. La impresión generalizada es que nuestros gobiernos se arriesgan a repetir el mismo error que cometieron las autoridades japonesas a principios de los años 90: subestimar tanto el riesgo de ralentización económica como las necesidades de capitalización del sector bancario.

Japón ha perdido el decenio de los años 90 porque el apoyo monetario y presupuestario ha sido vacilante y porque los balances de los bancos —afectados por el estallido de la burbuja inmobiliaria en el archipiélago— se han mantenido durante demasiado tiempo a un nivel suficiente para sobrevivir, pero insuficiente para sostener la reactivación económica de forma eficaz.

De cualquier manera, la extrapolación, por muy esclarecedora que sea, tiene sus límites. Japón sufrió realmente una ralentización prolongada de su crecimiento, pero su modelo se adaptó. Los ciudadanos japoneses aumentaron enormemente su tasa de ahorro reduciendo su ritmo de consumo, lo que ha permitido al gobierno financiar una deuda pública colosal. Al mismo tiempo, los exportadores japoneses, ya de por sí muy dinámicos, han sabido aprovechar las oportunidades que les ofrecía el resto del mundo (especialmente los Estados Unidos y Europa), que no sufría los mismos problemas que Japón.

El modelo europeo es completamente diferente a día de hoy: la mayoría de los grandes países necesitan la confianza de las entidades internacionales de crédito para financiar sus deudas, y los Estados Unidos (y Alemania) no pueden asumir el papel de locomotoras para las exportaciones europeas. Por consiguiente, las previsiones «a la japonesa» no pueden aplicarse tal cual a la situación europea. La zona del euro va a tener que encontrar sus propias soluciones.