
Añadir Estrategias de Inversión en Google
La comparación impresiona todavía más al alejar el foco. En enero de 1871, la rentabilidad por dividendo era del 5,86%. Durante amplios periodos de la historia bursátil estadounidense se movió entre el 4% y el 7%, superó el 10% en los peores momentos de la Gran Depresión y todavía rondaba el 5% a comienzos de la década de 1980. Hoy, por cada 10.000 dólares expuestos al índice, el flujo anual equivale aproximadamente a 109 dólares antes de impuestos y comisiones.
Sin embargo, no significa que las compañías hayan dejado de remunerar al accionista. Los dividendos están creciendo. En diciembre de 2020, el dividendo acumulado era de 58,28 puntos y en junio de 2026 alcanzaba los 81,03, un avance cercano al 39%. Durante el mismo periodo, el índice pasó de 3.695 a 7.450 puntos; prácticamente se duplicó. El numerador ha subido, pero el denominador lo ha hecho mucho más deprisa.

Fuente: Carlos Arenas Laorga
La misma divergencia aparece desde diciembre de 2023: los dividendos avanzaron algo más de un 15% hasta junio de 2026, mientras el precio aumentó alrededor de un 59%. Así, la rentabilidad descendió desde el 1,50% hasta el 1,09%. No estamos ante una crisis del dividendo, sino ante una expansión muy intensa de las valoraciones. S&P Dow Jones Indices calculaba en abril de 2026 un 1,12%, mínimo desde 2002 en su comparación y muy inferior al promedio del 1,83% utilizado por la propia entidad.
La historia también enseña a leer correctamente los movimientos en sentido contrario. Una rentabilidad por dividendo muy alta no siempre es una buena noticia. En septiembre de 1929, antes del desplome, el índice cotizaba en 31,30 puntos y pagaba 0,94 en dividendos, lo que ofrecía un 3%. En junio de 1932, el precio se había hundido hasta 4,77 puntos y el dividendo había bajado a 0,66. Como la cotización cayó mucho más que el pago, la rentabilidad por dividendo se disparó hasta el 13,84%, el máximo de la serie. Aquel rendimiento era el reflejo de un mercado que descontaba quiebras, depresión y nuevos recortes de beneficios y dividendos.
Algo parecido, aunque a una escala mucho menor, sucedió durante la gran crisis financiera. La rentabilidad por dividendo pasó del 1,77% en octubre de 2007 al 3,60% en marzo de 2009. El aumento se produjo fundamentalmente porque el precio se desplomó.
El mínimo de 2026 tiene además una explicación estructural. Las compañías devuelven cada vez más capital mediante recompras, que no aparecen en el dividend yield. En los doce meses terminados en septiembre de 2025 el S&P 500 distribuyó un récord de 664.900 millones de dólares en dividendos, pero la suma de dividendos y recompras alcanzó 1,685 billones. Las recompras pueden elevar el beneficio por acción al reducir los títulos en circulación, aunque su efecto depende del precio al que se ejecuten.
También ha cambiado la composición del índice. Las grandes compañías tecnológicas, que concentran una parte elevada de la capitalización, suelen repartir una proporción menor de sus beneficios mediante dividendos que los bancos, las eléctricas, las petroleras o las empresas de telecomunicaciones. Algunas generan cantidades extraordinarias de caja, pero combinan dividendos modestos con recompras, inversión y adquisiciones. Cuanto mayor es su peso, menor puede ser la rentabilidad por dividendo agregada, incluso aunque el conjunto de las empresas pague más dólares que nunca.
¿Significa este mínimo que el S&P 500 está a punto de caer? No necesariamente. Una variable de valoración nunca proporciona por sí sola una fecha para salir del mercado. El retorno procede del dividendo, del crecimiento de los beneficios y del cambio en la valoración que los inversores están dispuestos a pagar. Un dividendo bajo no impide obtener una buena rentabilidad si los beneficios crecen lo suficiente, pero deja una parte mayor del resultado dependiendo del crecimiento y del precio de venta.
El inversor que compra hoy el S&P 500 recibe menos renta inmediata que en cualquier otro momento de los últimos 155 años. A cambio, el mercado le está pidiendo que confíe en que las empresas mantendrán un crecimiento elevado, que las recompras seguirán creando valor y que las valoraciones no sufrirán una contracción importante.

