El relanzamiento del estímulo fiscal en Japón de este mes supone el reconocimiento tácito por parte del primer ministro, Shinzo Abe, de que su plan para revitalizar la economía del país —la denominada Abenomics— estaba fracasando, si es que no lo había hecho ya.
 
 
 
Nada hasta la fecha —incluyendo unos tipos de interés negativos— había permitido alcanzar el objetivo de inflación del 2% del Banco de Japón y un crecimiento económico sostenido. Así que fue necesario replantear la cuestión y regresar al mismo plan de acción fiscal y monetaria coordinada que había acompañado al lanzamiento de la Abenomics en enero de 2013.
 
A comienzos de este mes, Abe presentó un paquete de estímulo por valor de 28 billones de yenes (278 000 millones de USD) que incluía unos 7,5 billones de yenes de inversión pública directa. Existían motivos para confiar en un enfoque renovado de la reforma estructural: medidas para mejorar las instalaciones portuarias con el fin de facilitar el acceso de los grandes cruceros; promoción de la construcción hotelera para impulsar el turismo; exploración de vías para aumentar las exportaciones agrícolas y pesqueras; y construcción de redes de transporte regional avanzadas. Esto es importante para mejorar la productividad y favorecer un crecimiento sostenido.
 
Es posible que estas medidas aporten 1,5 puntos porcentuales para impulsar el PIB en los dos próximos años. El programa ampliado del Banco de Japón para comprar fondos cotizados debería favorecer a los precios de las acciones y existen perspectivas de nuevas medidas de apoyo. Sin embargo, puede que el banco central haya admitido que el objetivo de inflación del 2% no se conseguirá para la fecha límite prevista de finales de marzo de 2018. 
 
A pesar de todo esto, el mercado no se dejó impresionar. El hecho de que estos estímulos monetarios y fiscales apenas hiciesen mella en los inversores dice mucho sobre la falta de confianza en los políticos (y sobre el escaso margen de maniobra del que dispone el Banco de Japón). El yen se ha venido apreciando cuando lo lógico sería que se estuviese debilitando.
 
Un motivo puede ser que cada vez resulta más evidente que a menos que Abe realice un progreso importante en las reformas estructurales, el estímulo no marcará una diferencia por sí solo. Japón, un país con un ratio de deuda neta/PIB del 160%, no tiene una solución fácil. El envejecimiento de la población provoca la contracción de los mercados domésticos y de la mano de obra.
 
El gobierno ha intentado incentivar el regreso al mercado laboral de las mujeres y los cuidadores. Otras medidas que las autoridades se podrían plantear incluyen permitir la libre entrada de mano de obra al país. Si Japón pretende hacerse con una mayor proporción de las exportaciones internacionales, debe aumentar su productividad y redescubrir la ventaja de la innovación por la que solía ser conocido.
 
Dicho esto, hay muchas empresas en Japón que ofrecen unos niveles de crecimiento y beneficios decentes. Se trata de empresas que aprendieron duras lecciones de fortaleza y resistencia durante más de dos décadas de estancamiento económico.  Muchas disponen de grandes niveles de efectivo: cuando la burbuja de los precios de los activos de Japón explotó hace unos 25 años, las fuentes de refinanciación de la deuda se agotaron y las empresas se vieron obligadas a priorizar la generación interna de efectivo para sobrevivir. Desde entonces estas empresas han reembolsado sus deudas y ahora muestran sólidos balances con un flujo de efectivo positivo.
 
Muchas de las mejores empresas han trasladado parte de sus operaciones al extranjero en busca de nuevos mercados y menores costes de producción, y no solamente firmas nacionales sino también proveedores y fabricantes especializados. Aquellas que operan en los mercados emergentes de crecimiento más rápido suelen estar en mejor disposición para beneficiarse de los cambios de dinámica del consumo mundial.
 
Por otra parte, las firmas japonesas se muestran ahora más receptivas a las buenas prácticas internacionales por lo que respecta al gobierno corporativo: los pagos de dividendos y las recompras de acciones han aumentado y algunos altos directivos se muestran más accesibles que en el pasado.  Confiamos en que nuestras posiciones con mayores niveles de efectivo distribuyan el excedente de capital a través de dividendos especiales y no de recompras, que aunque pueden favorecer al precio de las acciones a corto plazo, también pueden resultar una mala asignación del capital si las acciones se adquieren a valoraciones desfavorables.
 
Por tanto, con independencia de lo que haga el gobierno o el banco central, o de cualquier duda sobre el estado de la economía, nosotros seguimos encontrando oportunidades de inversión en este mercado. Las mejores empresas no están esperando por Abe y nosotros tampoco deberíamos hacerlo.
 
Kwok Chern Yeh,
Director de gestión de inversiones en renta variable japonesa
Aberdeen Asset Management