Cada vez que Donald Trump abre su “piquito de oro” pasan cosas: buenas, malas, pero rara vez neutras. El mercado vuelve a mostrarse dicotomizado. Trump ha afirmado que la guerra en Irán está prácticamente terminada, en un intento de enfriar el precio del crudo, algo que, a mi juicio, dista mucho de ser la cruda realidad. Irán, de hecho, ha señalado que el estrecho de Ormuz seguirá cerrado durante más tiempo. No sabemos quién tendrá razón. Es cierto que en un cara a cara Irán no tiene nada que hacer frente a Estados Unidos, pero ya hemos visto ataques contra bases militares de hasta nueve países, algunos de ellos aliados. Además, el riesgo del terrorismo no debe ignorarse, porque podría reactivar la tensión en los mercados.

Desde el lado de las commodities, el petróleo llegó a acercarse este fin de semana a los 120 dólares por barril y ahora se mueve en torno a los 92–93 dólares. El gas natural en los futuros TTF holandeses también alcanzó los 69,5 euros por megavatio hora. Es decir, gas y petróleo siguen mostrando una volatilidad extrema, incluso cuando el G7 y la Agencia Internacional de la Energía debatían liberar hasta 400 millones de barriles de reservas estratégicas, cerca del 30% del total. Este contexto explica la incertidumbre del mercado. Algunos sectores muy castigados, como turismo o aerolíneas, están rebotando, al igual que el sector bancario, ante la idea de que se alejan los riesgos de crisis energética, más inflación o cambios en la política monetaria. Aun así, creemos que es demasiado pronto para bajar los brazos y dar por hecho que el conflicto con Irán está resuelto.

A nivel bursátil, y teniendo en cuenta el sesgo geográfico, la mayor resistencia de Wall Street tiene una explicación bastante clara. El mercado está cotizando la guerra, sobre todo, como una crisis energética, y eso obliga a distinguir entre ganadores y perdedores. En este contexto, Europa —y especialmente países como España— sale más perjudicada, ya que es netamente importadora de energía, tanto de gas como de petróleo. Estados Unidos, en cambio, es exportador neto, por lo que incluso puede beneficiarse del aumento de los precios de estas materias primas. Es cierto que el consumidor estadounidense está pagando una gasolina más cara, lo que tiene un impacto inflacionista negativo. Pero, al mismo tiempo, el encarecimiento de la energía mejora las cuentas de exportación del país, lo que explica en parte la mayor fortaleza relativa de su mercado bursátil. En Europa, en cambio, el impacto es mayor. No tanto por el volumen concreto que pasa por el estrecho de Ormuz, sino por el propio encarecimiento global de las materias primas energéticas. A esto se suma que partíamos de valoraciones muy exigentes, con estimaciones de crecimiento del beneficio por acción superiores al 13% para 2026, cifras que ya parecían optimistas en un entorno de tanta disrupción. La crisis energética complica aún más ese escenario. Ya estamos viendo cómo sectores como el químico, industriales o automoción sufren tensiones en las cadenas de suministro y aumentos en los costes de los insumos. Estos incrementos acabarán trasladándose al cliente final, lo que implica dos consecuencias claras: más inflación y menor demanda.

Si esta situación se prolonga, el riesgo sería entrar en un escenario de desaceleración económica con inflación, el peor de los escenarios. Aún no estamos ahí, pero si el conflicto se alarga, ese riesgo aumentaría.  Ante esta incertidumbre, en nuestras carteras no hemos realizado cambios relevantes respecto al posicionamiento previo. Mantenemos exposición a los llamados “cíclicos pesados”, especialmente petróleo y gas, ya que el entorno actual sigue siendo favorable para estas compañías. Al mismo tiempo, reforzamos posiciones en sectores defensivos. En telecomunicaciones hemos incorporado a la cartera modelo compañías como Deutsche Telekom y Orange, que están mostrando un comportamiento sólido. También mantenemos utilities como Endesa, Enel o Iberdrola, además de National Grid en Reino Unido y algunas otras como Infrastrutture Wireless y compañías vinculadas a la gestión del agua. En conjunto, la cartera combina exposición a sectores que se benefician del encarecimiento del petróleo y el gas con valores defensivos. A ello se suma el sector de defensa, que sigue teniendo una gran visibilidad, ya que el incremento del gasto militar se ha convertido en una condición prácticamente imprescindible para Estados Unidos en su relación con sus aliados. En este contexto de incertidumbre, estos sectores siguen siendo, por ahora, los mejor posicionados para las carteras.