Ese alguien es… sí, Donald Trump, quien dice que "el 0% sobre los ingresos está más cerca”. Una frase de locos, deliberadamente exagerada, pero no surge de la nada. Se apoya en la One Big Beautiful Bill (OBB), la gran reforma fiscal que entró en vigor en 2026 y que, sin eliminar formalmente el impuesto sobre la renta, empieza a vaciarlo por abajo. De nuevo, a título personal, me muero de envidia con lo que ocurre al otro lado del Atlántico. 

Conviene insistir en esto, porque ahí está la clave. La OBB no deroga el IRPF federal, ni elimina los tramos progresivos, ni convierte a Estados Unidos en un paraíso fiscal de un día para otro. Lo que hace es algo mucho más sutil y, a largo plazo, lo cual siempre es mucho más potente: reduce de manera estructural la base sobre la que se aplica el impuesto al trabajo

De momento, el sistema fiscal federal exime desde este año el IRPF sobre las propinas y las horas extra, que tienen un importante peso en las clases trabajadoras. Además, eleva de forma significativa la deducción estándar y refuerza los beneficios fiscales para determinados colectivos, especialmente los mayores de 65 años. El resultado práctico es que una parte muy relevante de los trabajadores queda fuera del IRPF federal, no por ingeniería fiscal, sino por diseño legal.

Eso es lo que Trump señala cuando habla de un IRPF al 0%. No se refiere a la desaparición del impuesto en términos jurídicos, sino a una tendencia. El impuesto sigue existiendo, pero cada vez gravará menos. Se niega a tener un estado financiado con los impuestos a los sueldos. Esa es la dirección.

Un mensaje de fondo inequívoco y contrario al imperante en Europa: el salario de cada uno no debe ser el pilar del Estado, aunque hoy sea casi la mitad de los ingresos en EE UU. Trump quiere liberar fiscalmente los salarios. Quiere buscar recaudación en otros lugares: comercio, aranceles, impuestos indirectos, crecimiento económico.

El reto es grande, claro, porque plantear que los aranceles reemplacen al IRPF es un bombazo estructural.  

La comparación con Europa vuelve a ser incómoda, tal como señalábamos antes. En Estados Unidos, incluso antes de la OBB, el IRPF federal tenía tipos marginales más bajos que en la mayoría de países europeos, mínimos exentos elevados y una presión efectiva moderada sobre amplias capas de la población. 

Con la nueva ley, esa distancia se amplía. En España, en cambio, el IRPF alcanza tipos marginales cercanos al 50%, con cotizaciones sociales que actúan como un impuesto adicional sobre el empleo. La presión fiscal sobre el trabajo es estructuralmente alta y creciente, y la renta disponible del trabajador se estrecha año tras año.

El asunto es doblemente sangrante. El espíritu original de la integración europea iba justamente en la dirección que ahora Estados Unidos explora. La Comunidad Económica Europea se concibió como un gran mercado común financiado en buena medida por impuestos indirectos, con el IVA como figura central, a cambio de ir retirando peso a los impuestos directos sobre el trabajo y el capital. Menos fricción en la producción, más neutralidad fiscal, para más crecimiento.

Lo que ha ocurrido desde entonces es bien conocido. Europa no solo no ha reducido los impuestos directos, sino que los ha reforzado. IRPF alto, cotizaciones elevadas, fiscalidad creciente sobre el ahorro y el capital, y además IVA alto. Todo al mismo tiempo. El resultado es una presión fiscal en torno del 40% del PIB y niveles de deuda pública que se asumen como permanentes, superiores al 100%. ¿Alguien se acuerda de los criterios de Convergencia

La OBB, en este contexto, no es una excentricidad americana. Es un recordatorio incómodo de que existen otros caminos. El IRPF al cero no llegará mañana, ni siquiera está claro si sería buena la desaparición de facto. Lo que sí está claro es que bajar impuestos sobre el trabajo de forma sostenida dinamiza economías maduras, mejora incentivos y amplía la base de crecimiento a medio plazo.

Trump ha puesto ese horizonte sobre la mesa. Con ese tono de quien siente que no debe perder el tiempo (el que empleaban o emplean Botín, Roig; seguro que Amancio Ortega…), pero también con una ley concreta que ya cambia las reglas del juego. 

Europa, mientras tanto, sigue instalada en el modelo opuesto: financiarlo todo gravando la nómina. Recaudando por todas partes con la “consolidación fiscal” por bandera. Asfixiándonos a regulación. Controlando los bizum. Diseñando el euro digital. Queriendo saberlo todo de todos. ¿La tiranía está sólo en Venezuela?

En fin… algunas diferencias explican por qué unas economías crecen y mantienen el liderazgo mundial, mientras otras se resignan.