Es difícil escapar a la sensación de historia que se percibe en Estambul mientras se conduce desde el aeropuerto, a lo largo de la costa y hacia el centro de la ciudad. La gran variedad arquitectónica –desde lo resplandeciente a lo antiguo- refleja la extensa historia de la ciudad, nexo de unión entre Europa y Asia.
 
El propio aeropuerto, que lleva el nombre del primer presidente del país, será reemplazado pronto por el enorme Nuevo Aeropuerto de Estambul. Sus seis pistas de aterrizaje y capacidad para 200 millones de pasajeros anuales harán de este aeropuerto uno de los más grandes del mundo, algo que dice mucho de las ambiciones del actual presidente, Erdogan.
 
Una de las ventajas de pasar tiempo en otros países es que se tiene una visión mucho más clara de lo que pasa sobre el terreno. Desde fuera, el golpe de Estado de julio parecía ser una verdadera amenaza a la autoridad de Erdogan. Pero la sensación entre las compañías, economistas e inversores consultados era diferente. La sensación es que nunca tuvo posibilidades de triunfar y que el país no le hizo ningún caso. El ambiente ha creado cierto aire de solidaridad entre Erdogan y la población turca y una distensión entre su gobierno y la oposición. Muchas personas creen que el golpe aplaza las ambiciones de Erdogan para centralizar aún más poder e influencia en torno a su figura. Esto estaba provocando nerviosismo entre los inversores y legisladores tanto en Turquía como en el extranjero, por lo que es un hecho positivo.
 
Está claro que la economía se desacelerará durante la segunda mitad del año. El país ya se estaba enfrentando a un periodo lleno de desafíos antes de que se produjera el golpe de Estado. Los ingresos del turismo han caído debido a los atentados terroristas, como el que tuvo lugar en el aeropuerto de Estambul a comienzos de año, y la producción agrícola se ha reducido tras la buena cosecha de 2015. También existe el riesgo de que las medidas adoptadas tras el golpe de Estado afecten a las compañías y no animen a los turistas a regresar.
 
Habrá cierta sorpresa en torno a la decisión de Moody’s de rebajar la calificación crediticia del país. Después de todo, el sentimiento durante nuestro viaje fue que era poco probable que ocurriera. El principal impacto en los bancos turcos se centrará en la ponderación del riesgo de sus activos porque la deuda soberana que poseen será considerada de mayor riesgo. Pero el regulador bancario turco permite a los bancos elegir la agencia de calificación que utilizan para determinar el rating de sus bonos. No hace falta decir que todos los bancos escogen Fitch Ratings, por lo que el impacto de la rebaja de Moody’s no será masivo. Esto podría desencadenar una reacción exagerada de los mercados que puede ser una oportunidad de compra. La mayoría de las principales compañías están registrando una buena evolución en general, sin deterioros significativos en su valor fundamental.
 
Gran parte de la fortuna de Turquía dependerá de la geopolítica y los deseos de su presidente. El país se encuentra en una posición geográfica complicada, ya que supone la principal vía de entrada de los migrantes a Europa, comparte frontera con Siria y se enfrenta a una nueva guerra con los rebeldes kurdos. Esto probablemente continuará irritando a Erdogan y distrayendo a la economía. Pero el cese de sus intentos de centralizar más poder en torno a su figura debería ser bien recibido, mientras dure. Mientras tanto, los inversores seguirán recurriendo a los bonos tanto soberanos como corporativos como fuente de rendimiento en un mundo con hambre de retornos.
 
Anthony Simond, gestor, y Henrique Morato, Analista de Investigación