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La evolución del euríbor hasta niveles del 3% refleja un cambio de expectativas que tiene su origen, principalmente, en la inflación. El euríbor es uno de esos tipos de interés que se anticipan a lo que el mercado espera que haga el Banco Central Europeo (BCE) con sus tipos oficiales. Y, en estos momentos, las perspectivas apuntan a una política monetaria más restrictiva de lo que podía preverse antes del inicio del conflicto en Oriente Próximo.
El elemento determinante vuelve a ser la evolución de los precios. La prolongación del conflicto ha provocado importantes distorsiones en el comercio de petróleo y gas y un aumento del coste de la energía. Durante los primeros meses, los países consiguieron contener parcialmente sus efectos mediante distintas medidas, como reducciones fiscales o la búsqueda de proveedores alternativos. Sin embargo, cuanto más se prolonga la situación, más difícil resulta evitar que ese encarecimiento termine trasladándose al conjunto de la economía.
El primer impacto de una energía más cara se produce sobre el transporte y sobre otros productos y materias primas. Posteriormente, esa presión acaba llegando a los bienes de consumo. Por el momento, la inflación subyacente, que excluye los alimentos no elaborados y los precios energéticos, sigue mostrando un comportamiento más favorable, pero la presión inflacionista de los próximos meses parece difícil de evitar.
Incluso en el supuesto, hoy complicado, de que el conflicto terminase de forma inmediata, el efecto sobre la inflación no desaparecería al mismo tiempo. Existe un desfase entre el aumento del precio de la energía y su transmisión a otros productos. Por eso, cabe esperar todavía dos o tres meses de inflación elevada incluso en ese escenario más favorable. Si el conflicto continúa y persisten los problemas en el transporte y las limitaciones de la oferta energética, la presión sobre los precios podría prolongarse durante más tiempo.
Esta situación modifica necesariamente las expectativas sobre la actuación del BCE. Cada vez vemos más cerca no solo una subida de tipos antes de final de año, sino probablemente dos, o una subida de 50 puntos básicos en lugar de 25.
El euríbor está recogiendo por adelantado precisamente esa expectativa. Las hipotecas son una de las vías más inmediatas a través de las que las familias perciben este cambio. Quienes afronten una revisión de una hipoteca variable lo harán a tipos superiores a los que tenían hace 12 meses, mientras que las nuevas operaciones parten también de unas condiciones de financiación más elevadas. Pero la transmisión irá más allá: también cabe esperar un aumento del coste de los créditos al consumo y de la financiación de las empresas, tanto a través de préstamos como de pólizas de crédito. Para las entidades financieras, el dinero también tiene un coste y, cuando este aumenta, acaba repercutiendo en el precio de la financiación.
El impacto no se limita al mercado hipotecario. Unos tipos más elevados para combatir la inflación tienen consecuencias sobre el conjunto de la actividad económica. El endurecimiento de las condiciones financieras puede terminar provocando una desaceleración, al tiempo que encarece progresivamente el acceso al crédito.
El escenario tiene, sin embargo, una lectura distinta desde el punto de vista del ahorro. Para el ahorrador más conservador, unos tipos de interés más altos pueden traducirse en mejores remuneraciones en productos como depósitos o cuentas. La situación del ahorro destinado a inversión es diferente: si los tipos elevados terminan enfriando la actividad económica, también podría producirse presión a la baja sobre los mercados bursátiles.
Por tanto, el comportamiento del euríbor durante los próximos meses estará estrechamente ligado a la evolución de la inflación y, en último término, a cuánto se prolonguen las tensiones geopolíticas y energéticas. Mientras esa presión persista, seguirá existiendo un riesgo elevado de tipos de interés más altos y de unas condiciones financieras más exigentes para familias y empresas.

