Portugal precisará del rescate europeo con una probabilidad extraordinariamente alta. Eso es lo que dicta la lógica, y, mucho más importante, es lo que descuentan los mercados, que hoy sitúan la rentabilidad de los bonos portugueses en máximos históricos desde que existe el Euro.
 El rendimiento del bono portugués a 10 años alcanza el 7,92%; a 5 años, el 8,35% (Grecia va a pagar el 5,2% en intereses por los fondos comunitarios recibidos, una diferencia sustancial).
A esto hay que añadirle el agravante de que la economía lusa se enfrenta a importantes vencimientos de deuda a corto plazo (8.300 millones hasta junio), lo que acrecienta la necesidad de intervención. Pero el factor más importante es de tipo político (el más transcendente en estos casos). La dimisión ayer del Primer Ministro Sócrates lleva incluida la responsabilidad política de la situación. De ese modo, los nuevos políticos que se hagan cargo del país podrán diluir el coste político de la intervención (este hecho retrasó mucho la solicitud de rescate por parte del anterior gobierno irlandés).
Por el lado de los rescatadores, el escenario también se presenta más proclive que en los dos rescates anteriores (Irlanda y Grecia). Pese a que en la anterior cumbre europea del 11 y 12 de marzo no se cerraron compromisos sobre el nuevo funcionamiento del Fondo de Rescate, y que el acuerdo final se ha aplazado hasta junio, la total predisposición de los países más solventes y principales prestamistas a mejorar las condiciones de los países rescatados (a cambio de contrapartidas en reformas políticas y económicas de los prestatarios) está siendo sobreponderada por los mercados, ahuyentando a los especuladores. La próxima ampliación y flexibilización del Fondo de Rescate (que permitirá hasta la compra de bonos como hace ahora el BCE), será el final de la inestabilidad provocada por la solvencia de los países sobre los que se ciernen las dudas.
Así pues, el escenario que se proyecta es el siguiente: Portugal solicitará acogerse a los fondos puestos a disposición por parte de los socios comunitarios, por los que pagará un tipo de interés mucho más razonable que lo que marcan actualmente sus bonos, a cambio de medidas similares a las últimas que pactó Sócrates en Bruselas (el pacto político de esas medidas frente a Europa antes que frente a los partidos y agentes portugueses ha sido lo que ha provocado la caída del Primer Ministro portugués). Este escenario no contempla el menor contagio a España, ni ningún tipo de quita en los bonos portugueses.
Este último factor es el que presenta una novedad: el enorme e inédito énfasis que hacen los mercados en separar la situación de España de la de Portugal, algo que no se hacía antes. Los bancos españoles, poseedores de 6.500 millones de euros en títulos de deuda portuguesa, y con una exposición de 70.000 millones a todo el sistema financiero luso, suben en bolsa. Con los anteriores rescates de Grecia e Irlanda (países en los que los bancos españoles apenas tenían intereses), las bajadas de las cotizaciones de los bancos fueron históricas. El Euro (que también sube) y los indicadores de deuda (Spreads y CDS) terminan de apoyar esta teoría, el día en que Moody’s baja el rating de 30 bancos y cajas españolas.
Tal vez, el contexto semanal en el que se ha producido esta crisis portuguesa (descontada ya en cierta medida) resulta propicio, con los mercados viendo la parte positiva del desastre del terremoto en Japón, en cuanto a posibilidades de reconstrucción, y la ausencia de noticias provenientes de Libia. Pero aún así, queda claro que la solvencia de España tiene poco que ver con la de Portugal.