En estos momentos una de las prioridades del gobierno español es balancear las cuentas fiscales en medio de un entorno económico desfavorable, con tensiones recesivas y presiones externas.

En la actualidad España, al igual que Argentina en el 2000, no tiene el recurso de la devaluación al pertenecer a la UME como tampoco el país latinoamericano poseía esta herramienta de política monetaria ya que mantenía su divisa en paridad con el dólar debido a que la mayoría de sus pasivos, públicos y privados, estaban denominados en esta moneda.

Cuando ya se ha cumplido el décimo aniversario del famoso corralito argentino, se siguen repitiendo las mismas pautas por las autoridades europeas que antaño se llevaron a cabo al otro lado del charco. En un primer momento, se tomaron una serie de medidas para recuperar la confianza, que en ambos países resultaron insuficientes. En segundo término, se llevaron a cabo medidas fiscales. En el caso español es cierto que ya se han tomado algunas, como por ejemplo, la reducción o congelación de los salarios públicos y la postergación de la edad de jubilación. El nuevo gobierno se plantea realizar un verdadero plan fiscal, en donde sí se repiten las mismas pautas que en la economía argentina, no servirá más que para agravar la situación, volviendo a la recesión y exasperando a la sociedad. Si concurre este escenario recesivo y de desesperanza, las autoridades se darán cuenta, como lo hicieron sus homólogas argentinas, de que hubiese sido mejor una reestructuración de la deuda pública a tiempo. Con esto no estamos diciendo que la consolidación fiscal no sea necesaria, sino que Ésta no debe ser reduciendo el gasto y aumentando los impuestos sin baremo alguno. Se tiene que hacer en base a lo que necesitamos potenciar para seguir produciendo y volver a la senda del crecimiento. Así conseguiremos reducir la elevada tasa de paro española que supera el 20% y afrontar nuestros compromisos futuros de deuda sin perder competitividad y sin renunciar a los servicios públicos básicos que deben estar garantizados.

Por tanto, creemos que la salida del euro con la consecuente devaluación de la peseta con respecto a la moneda única no es viable. La vuelta a la peseta sería muy costosa para el contribuyente y previa a la devaluación se fijaría la figura del corralito para evitar la huida de capitales, lo que supondría la paralización de los depósitos. La conversión de los activos y pasivos financieros a la moneda nacional causaría presiones inflacionistas, afectando al poder adquisitivo de las familias de manera exacerbada.

El nuevo gobierno español debe tener un “plan B” ante las presiones sobre la deuda, es decir, un plan por si las cosas empeoran en términos de deuda o por si se convierten en insostenibles los tipos de interés exigidos por los inversores. Se debe planear una reestructuración de deuda, anticipándose a las posibles presiones futuras. Si bien es cierto que España no supera el 100% de deuda sobre PIB como en el caso italiano o heleno, sí que debe estar preparada y llegar a acuerdos con el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) para que en el caso de ser necesario, ya se tenga una resolución cerrada, con una cantidad asignada. Creemos que no está demás anticiparse, en un escenario de tanta volatilidad, en el que se rompen los esquemas macroeconómicos y necesitamos nuevas ideas. Solo debemos acudir al pasado para recoger lecciones, no debemos aferrarnos a él, porque lo único que conseguiremos será reproducir errores. Hay que romper esquemas y construir medidas útiles y ordenadas, con lo que conseguiremos no permanecer expectantes a lo que ocurrirá mañana para decidir la postura a tomar, es decir, no esperemos a que el ojo del huracán se coloque encima de nuestro país porque en ese momento no habrá decisión óptima posible.

En nuestra opinión, el ajuste fiscal y la flexibilidad laboral son completamente necesarios para que nuestra deuda sea sostenible y que nuestro sistema funcione. Pensamos que hay que tomar diversas medidas de urgencia entre las que se encuentran las siguientes:
1) Reducir el gasto, con la eliminación de las duplicidades en la Administración pública. No podemos gastar más de lo que ingresamos, ni seguir dando cuartelillo a las administraciones regionales y locales, para que sigan con sus políticas deficitarias. Si se quiere conseguir una verdadera consolidación fiscal a nivel europeo ¿por qué no empezamos por unificar la fiscalidad sin conceder a las comunidades autónomas privilegios históricos que hoy ya no tienen ningún sentido?

2) Aumentar impuestos aunque con criterios que permitan el menor perjuicio a nuestro tejido productivo. Se hace necesario el aumento del IVA, lo que posiblemente lastrará el consumo, pero si junto a esta medida restrictiva la acompañamos de ayudas a los emprendedores y a las PYMES a través de la reducción de la cuota a pagar a la Seguridad Social por sus empleos, incentivaremos la contratación y aliviaremos la mortalidad empresarial, cada vez más creciente en nuestro país. Complementariamente se hará necesario subir los impuestos del tabaco, alcohol y petróleo aunque si bien es cierto se podría introducir algún paliativo para que las empresas de transportes no tuvieran que afrontar tal subida o al menos no en su totalidad.

3) Flexibilizar el mercado laboral, crear una reforma laboral efectiva, con la que podemos aumentar la productividad vía incremento de la producción y no como venimos registrando los últimos años, vía descenso de número de trabajadores. El paro juvenil está en el 45% se tiene que buscar cabida para los nuevos profesionales, ahora mismo, el mercado laboral y productivo no se ajusta a la formación de los mismos con lo que están se están buscando oportunidades en otros países. Así mismo, las universidades están lejanas del tejido productivo, acerquemos a empresarios y a estudiantes, así incentivaremos el sentimiento emprendedor. Ayudemos a la formación y la investigación, con eso nuestras empresas serán más competitivas a nivel internacional.

4) Potenciar nuestros sectores estratégicos, como por ejemplo el turismo, que sigue tirando a pesar de la crisis en la que estamos inmersos y ayudemos a despegar a otros, como las energías renovables y otras fuentes. El crudo no tiene futuro y nosotros lo importamos a precios cada vez mayores, busquemos nuevas vías de suministro de energía que nos ahorren costes a medio y largo plazo.

Es hora de estructurar un país, que el fracaso de una administración lastrada por su dependencia al sector inmobiliario, busque nuevas vías de escape, que sea consciente de que estamos ante una oportunidad de salir de esta crisis, y fortalecidos, siempre y cuando hagamos las cosas de manera ordenada, pensando en los verdaderamente importantes, los ciudadanos.

Los paralelismos entre la economía española en 2011 y la argentina en 2000, son evidentes. Con ello, no estamos diciendo que se produzca el escenario de estrés que supondría el corralito y una devaluación de la peseta. Sino que con una útil y organizada consolidación fiscal y flexibilizando el mercado laboral, además de reestructurar nuestra deuda a tiempo si fuese necesario, nos ayudaría a conseguir el mismo efecto en la economía real que una devaluación y sin riesgo inflacionista.